MÉDICOS DE LA DOCTORES

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Las calles de uno de los barrios más representativos de la capital mexicana están dedicados a médicos ilustres del siglo XIX. Casi no hay citadino que no haya oído alguno de sus nombres, pero ¿quiénes fueron?, ¿qué hicieron?

PAG-RIOLOZA

Dr. Río de la Loza

La calle que le rinde homenaje es la segunda más antigua de la colonia Doctores, luego de la Calzada de la Piedad (actual Avenida Cuauhtémoc) que ya existía como prolongación del Paseo de Bucareli y conectaba con el pueblo de La Piedad.

Su nombre original fue Callejón de Nava, pero en la primera década del siglo XX se decidió dedicarla a Leopoldo Río de la Loza Guillén, médico quimicofarmacéutico y botánico nacido en 1807 en la Ciudad de México. El interés por la química le vino por herencia pues su padre Mariano Río de la Loza poseía una pequeña fábrica de productos químicos en la que éste perdió la vida al preparar bicloruro de mercurio, cuya explosión causó un incendio tras el que Leopoldo, siendo un niño de ocho años, quedó afectado de por vida de sus vías respiratorias, con una tos crónica que se convirtió en involuntario distintivo personal.

Inició estudios preparatorios en el Colegio de San Ildefonso para poder ingresar, en 1822, a la Escuela de Cirugía del Hospital Real. Simultaneamente se inscribió en cursos de química del decano Manuel Cotero y de mineralogía (con Andrés Manuel del Río) que se impartían en la Escuela de Minas, así como de botánica con el profesor Vicente Cervantes, quien tenía bajo su cargo el Jardín Botánico de la ciudad.

En 1827 se graduó primero como cirujano en los hospitales de Jesús y San Andrés (donde fue discípulo de Joaquín Villa), luego en 1828 como farmacéutico y en 1833 obtuvo el título de médico en la Escuela de Medicina, obteniendo dos años después una plaza como profesor en el Establecimiento de Ciencias Médicas, así como un cargo como inspector de botánicas y medicinas en el mismo.

En 1833 debió enfrentar unos de sus primeros grandes retos al formar parte del equipo que libró batalla contra la epidemia de cólera morbus que atacó al país, despertando en él su interés epidemiológico.

Como químico, fue el primer mexicano que obtuvo oxígeno puro en laboratorio, así como anhídrido carbónico y nitrógeno. Como botánico, fue también pionero en el estudio de plantas y vegetales endémicos (su descripción del ácido pipitzoico —extraído de la planta Pipitzahuac— le valió ser reconocido en 1856 con la medalla de la Sociedad Universal Protectora de las Artes Industriales de Londres). Por su formación multidisciplinaria, fue el primero en nuestro país en promover la vinculación de la química en campos afines como la medicina, la farmacia, la ingeniería o la agronomía, por lo que no resultaba extraño encontrarlo dando cátedra tanto en la Escuela de Medicina como en el Colegio de Minería, la Academia de San Carlos o la Escuela Nacional de Agricultura.

Durante la invasión estadounidense de 1847 sintió el llamado de la Patria y se puso al frente de la línea de batalla, formando con maestros y alumnos de su facultad una compañía médico militar que asistió a los heridos en combate, y cuando hubo de ser necesario, no dudó en empuñar el fusil contra el enemigo, enrolándose en el Batallón Hidalgo, conformado por civiles.

Fue autor de más de 60 artículos de carácter científico, así como del libro Introducción al estudio de la química (1850), también coautor de dos obras fundamentales: Farmacopea mexicana (1846) y Nueva farmacopea mexicana (1874).

Hizo además carrera como funcionario del gobierno mexicano, al ejercer los cargos de miembro de la Junta Municipal de Sanidad de la Ciudad de México y fundador del Consejo de Salubridad del Departamento de México, así como inspector de medicinas y compuestos en la aduana capitalina.

A su muerte en 1876, fue sepultado con total discreción en una fosa de segunda clase como había sido su voluntad expresa. Su cuerpo fue cubierto con una capa que se había vuelto su atuendo para impartir clases.

PAG-LAVISTA

Dr. Lavista

Rafael Lavista y Rebollar nació en Durango, Dgo., en 1839. Para estudiar el bachillerato, su familia optó por mandarlo a la Ciudad de México, donde continuó su preparación en la Escuela Nacional de Medicina, en la que se graduó en 1862. Casi de inmediato se incorporó a la planta docente de su facultad y para 1872 asumía la dirección del Hospital de San Andrés, la institución médica más importante de la capital en su momento, misión que emprendería hasta su muerte en 1900.
Destacó especialmente como cirujano gracias a que la prensa de la época seguía de cerca sus hazañas en el quirófano y, en concordancia con su apellido, en algún momento de su carrera comenzó a especializarse en la cirugía oftálmica, en mucho gracias a que “heredó” el instrumental quirúrgico del doctor Agustín Andrade, quien falleció cuando tenía a su cargo el Instituto Valdivieso, instalado en los bajos del Hospital San Andrés y consagrado a enfermedades de los ojos.

Lavista también ganó mucha experiencia en ginecología —siendo pionero en México en la práctica de la histerectomía abdominal—, así como en el campo neurológico, donde efectuó arriesgadas cirugías cerebrales para curar las lesiones causadas por la epilepsia jacksoniana.

Su desempeño en la cirugía despertó en él otra de sus facetas: la de inventor, ya que las situaciones y necesidades específicas que se le presentaban en el quirófano le llevaron a desarrollar instrumentos quirúrgicos especiales, como un dilatador de esófago diseñado para extraer cuerpos extraños del mismo, sin riesgo de desgarre. Asimismo, estaba pendiente de los avances que en la materia aparecieran en otras partes del mundo. Todo ello le llevó a ser reconocido como una autoridad en el ramo de la medicina operatoria.

Como docente, la primera cátedra a su cargo fue la de Patología Externa, a la que siguió la de Clínica Quirúrgica, que impartía con tal ahínco que le llevaron a ser admitido en 1867 en la Academia Nacional de Medicina, de la que se volvió su presidente en 1881, repitiendo en el puesto en 1895.

Entre muchos otros de sus logros destaca la creación del Museo Anatomopatológico en el Hospital de San Andrés, en el cual impulsó la carrera del doctor Manuel Toussaint, considerado el primer anatomopatólogo mexicano científicamente formado. El museo se transformó años después y a iniciativa suya en el Instituto Patológico Nacional.

PAG-PASCUA

Dr. Pascua

Ladislao de la Pascua y Martínez nació en la Ciudad de México en 1815. Comenzó sus estudios superiores en el Colegio de San Ildefonso, ciclo al término del cual optó por la carrera de ingeniero en minería, para lo que se inscribió en el Seminario Nacional de Minería, graduándose en 1831, tras lo cual ejerció su profesión por un muy corto tiempo, ya que dos años más tarde decide estudiar medicina, inscribiéndose casi a fines de 1833 en el Establecimiento de Ciencias Médicas, entonces recién creado a partir de la unificación de las carreras de Cirugía y Medicina, que hasta entonces estaban separadas. Es altamente probable que esta circunstancia haya sido la que motivó el súbito interés de Ladislao por las ciencias de la salud.

Ahí tuvo por maestros a Manuel Carpio, Pedro Escobedo y al considerado último protomédico, Casimiro Liceaga, quien era también el primer director de la institución, misma que al año siguiente pasó a denominarse Colegio de Medicina, con sede en el Convento de Belén y posteriormente en el del Espíritu Santo, en el que se graduó en 1837.

Sus primeros artículos científicos publicados versaron sobre el tema de la viruela, al que continuó el que se considera el primer trabajo mundial sobre lepra, publicado en 1844 bajo el título de “Elefanciasis de los griegos”, en el que describe una enfermedad de la piel a la que se refería como “forma manchada y dolorosa”, a cuyos pacientes afectados se les daba el nombre de “lazarinos” (dado que se les atendía en el Hospital de San Lázaro). Un análisis más extenso y detallado de este padecimiento dermatológico correspondió hacerlo a sus colegas mexicanos Rafael Lucio y Eugenio Latapí, en cuyo honor la enfermedad se conoce como Lepra lepromatosa difusa de Lucio y Latapí.

Se sabe que por esos años enviudó inesperadamente, entrando en una depresión que lo llevó a refugiarse en la religión, inscribiéndose en un presbiterado que incluso lo llevó a ser párroco en una iglesia de Tacubaya. Lo anterior no obstó para que tomara las armas en defensa de México durante la intervención estadounidense de 1847.

Fue el penúltimo director del Hospital de San Lázaro y cofundador del hospital de San Pablo (que dirigió de 1833 a 1842), llamado Hospital Juárez a partir de la muerte del Benemérito en 1872.

Su carrera como docente incluyó no sólo enseñanzas en materia de medicina sino también de materias tan aparentemente alejadas de su profesión como la física —de la que incluso escribió su célebre Introducción a la física en 1853—, que impartió en el Colegio Militar, la Escuela Nacional Preparatoria y el Colegio de las Vizcaínas, entre 1838 y 1872, retirándose de la docencia al año siguiente para consagrarse a sus actividades sacerdotales hasta su fallecimiento en 1891.

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