El actor y el virus

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Max California

Las revelaciones hechas a un noticiero televisivo por Charlie Sheen -célebre actor que en su momento fue el mejor pagado de la televisión con dos millones de dólares de salario por episodio semanal en la serie Two and a half men-, cuando dejó claro que es portador del VIH, representan un capítulo más dentro de la historia de las celebridades que enfrentan una enfermedad devastadora, misma que en su momento cargó un pesado estigma.

Sheen no es el primer famoso en aceptar su condición ni mucho menos en revelarla, en este caso lo hizo para evitar un supuesto chantaje que ya no quiso seguir pagando. Por ello prefirió revelar su estado de salud. Esto puede traerle innumerables consecuencias, desde demandas de sus examantes hasta que pierda contratos laborales, que mucho se habla de aceptación y comprensión pero a la hora de asuntos de trabajo, las frías letras negras diminutas pueden decir otra historia.

Previamente a Charlie, otros personajes célebres revelaron padecer el mismo mal, empezando por el actor Rock Hudson, hace ya muchos años, cuando estaba en la fase terminal del síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida), que a su vez también llevó a la tumba al famoso Anthony Perkins. El notable bailarín que fue Rudolf Nureyev, al igual que el cantante Freddie Mercury, también fueron víctimas de esta enfermedad. El filósofo Michel Foucault desafortunadamente asimismo está entre los muchos que murieron a consecuencia del VIH/sida.

Con el paso de los años, las diversas fases de  investigación en torno a una cura han avanzado considerablemente. Desde los días iniciales en que fuera descubierto e identificado el virus por Luc Montagnier en 1983, y que le valiera compartir el Nobel de Medicina en 2008 con François Barré-Sinoussi, por este descubrimiento (tras la polémica si fueron ellos los verdaderos descubridores o el biomédico Robert Gallo, quien disputó el hallazgo médico más devastador del siglo XX). En su origen la región más afectada, el África subsahariana, ha dejado de cargar con este protagonismo. La expansión del padecimiento, que al desembocar en el sida cobró la vida de más de 25 millones de personas en todo el mundo entre 1981 y 2007, ha tenido en los últimos años un decrecimiento si no considerable, al menos estable para la necesaria contención y control de la enfermedad, puesto que según cifras de ONUSIDA el número de infectados se ha reducido, aunque África sigue concentrando la mayor cantidad.

La historia del VIH es la de una enfermedad infecciosa emergente (EIE) que pasó a los humanos por vía animal. Es claro que en este caso fue el chimpancé común (pan troglodytes), puesto que ellos empezaron a padecer el VIS (o sea, el virus de inmunodeficiencia de los simios). Como muchas de las EIE, el VIH corresponde a una de esas que al menos hace tres decenios se desconocían. La novedad de su mortal incidencia tomó por sorpresa a la comunidad médica. A pesar de la rápida reacción, la enfermedad se diseminó ampliamente.

Desafortunadamente el VIH tiene varias especies y éstas han mutado, lo que ha sido un obstáculo constante para obtener una cura definitiva, puesto que la infección primaria puede asentarse y diseminarse en los órganos linfoides en un periodo que abarca entre tres y doce semanas tras la exposición al mismo. Luego la latencia clínica puede ir de uno hasta los diez años. Un lapso demasiado largo de incubación para que posteriormente se desarrollen los síntomas o enfermedades que causarán la muerte, etapa en realidad breve, sobre todo cuando ya se manifestaron por completo los síntomas generales que acaban convertidos en sida y que son mortales en forma de candidiasis, infección por citomegalovirus, tuberculosis y sarcoma de Kaposi, entre otras.

Robert Gallo, en realidad, descubrió el HTLV, único retrovirus humano, que llamó human T lymphotropic virus type III (o virus linfotrópico T humano). Así permitió establecer una relación entre el cáncer y este retrovirus. Ello fue un avance sustancial y un logro para la investigación médica, porque se afianzaron los protocolos para el tratamiento del VIH al permitir la creación de antirretrovirales.

La confusión en los inicios de la enfermedad, en su momento llamada “cáncer gay”, logró una estigmatización en torno a las actividades sexuales. Aunque, por supuesto y como dramáticamente quedó demostrado después, no es exclusiva de relaciones homosexuales ni los afecta a ellos nada más, puesto que de igual forma ha afectado a heterosexuales, madres e hijos nonatos o recién nacidos y gente que ha sido expuesta a agujas ya sea por cuestiones médicas, transfusiones, drogas o tatuajes.

A pesar de todo, esta enfermedad carga el sambenito de ser identificada prácticamente con actividades sexuales de riesgo. Algunos estudios han establecido que infectarse de VIH tiene por cada diez mil exposiciones, una posibilidad de nueve mil por transfusión, dos mil 500 por parto y apenas 67 por inyección de droga. Entre todas las prácticas sexuales consideradas de riesgo sin usar condón, cincuenta en diez mil casos se debieron a coito anal pasivo y 6.5 a coito anal activo, diez mujeres en coito vaginal pasivo y cinco más en coito vaginal activo y apenas un uno por ciento fue de felación receptiva y 0.5 para la felación insertiva. Según estas cifras, el riesgo mayor está en las transfusiones y en el uso descuidado de agujas de laboratorio. Esto último puede alcanzar una incidencia de 30 por cada diez mil. Pero no hay que echar las campanas al vuelo ya que toda práctica sexual sin protección incrementa considerablemente el riesgo. Desafortunadamente la enfermedad, por sus mutaciones y lo mortal que es, no puede tomarse a la ligera en ninguna circunstancia.

603903_charlie_sheenEl caso del actor Sheen poco ayuda, ya que ha confesado públicamente haber tenido más de cinco mil parejas sexuales, muchas de las cuales mantuvieron relaciones con él sin protección de ningún tipo. Debido al periodo de incubación del virus, que según su propio testimonio se le manifestó en 2011, prácticamente puede decirse que a lo largo de cuando menos los diez años previos, cualquiera de sus parejas pudo exponerlo o él a ellas a este lentivirus. En ese sentido resulta una lotería mortal y muy difícil de discernir el punto de origen del contagio.

En su momento Michel Foucault (1926-1984), la primer personalidad francesa en morir por VIH/sida en Francia, reconoció que su punto de contagio fueron los baños públicos de San Francisco, California, los que frecuentaba y donde participó ampliamente en prácticas de riesgo multitudinarias con absolutos desconocidos. En su momento, la reacción hacia sus actividades y la forma en que se contagió fueron criticadas, más por el estilo de vida que representaban, que por la muerte que sufrió.

Foucault habló entonces de si la enfermedad podría ser un castigo, puesto que mucha de la crítica en su contra y ante el pánico fomentado en su momento por el padecimiento, pareciera que se hizo con la intención de doblegar su voluntad o censurar sus ideas, muchas de las cuales las había desarrollado en contra de las estructuras de poder, en especial instituciones como la cárcel o el manicomio.

El tema, sin embargo, fue ampliamente abordado por Susan Sontag en su libro El sida y sus metáforas. Debido a que el sida se convirtió en estigma para un sector de la población, particularmente la sexualmente activa. En efecto: empezó a ser una metáfora punitiva cargada de intimidaciones.

La metáfora del VIH/sida concentrada en lo exclusivamente sexual, se volvió una suerte de realidad indeseada. La promiscuidad mostrada por un actor como Sheen, se contrapone, por ejemplo, con lo sucedido con Rock Hudson, que llevó una discreta doble vida, como galán de la pantalla profundamente heterosexual y luego como homosexual que salió a la luz ya enfermo. La promiscuidad parece revelar más que nada el estado de impunidad en el que parecería moverse un astro televisivo que puede pagar miles de dólares en sesiones de sexo recreativo, y a la vez sustentar una arrogancia basada en que nada le pasaría a él al llevar su vida como ajena a la amenaza de la enfermedad. En ello radica su caída, a diferencia de lo sucedido a Hudson que, durante años, obligado a esconder sus preferencias, vivió entre las sombras, practicando una sexualidad riesgosa y clandestina, lo que sin duda trajo consigo una caída acaso más dolorosa, por la pátina de humillación con la que se le exhibió públicamente en la etapa inicial del miedo hacia la enfermedad. Algo muy diferente a lo que le pasó a su compañero actor, aunque similar a lo vivida por Foucault.

De los años iniciales, cuando sucedió el descubrimiento de la enfermedad, y su posterior evolución e impacto social, hasta la actualidad en la que los avances existentes permiten un control de la misma, aunque no una cura, y en la que también existe una mayor aceptación social y tal vez, una “normalización” en el hecho de que ya no se estigmatiza ampliamente a las personas que la padecen, se han dado pasos firmes para resolver la pandemia y también para evitar la condena hacia las personalidades y la gente en general que vive con ella. Aunque la aceptación y la comprensión que puede expresarse en los tiempos actuales hacia un enfermo de VIH/sida ayudan a nivel de imagen para profundizar en el padecimiento y su cura, dista mucho de alejarse de ese uso metafórico en el que mantiene su código punitivo, en este caso contra una personalidad promiscua, que convivió con actrices pornográficas, prostitutas profesionales y sus propias mujeres con las que se casó y divorció, en casi una orgía perpetua. La diferencia sustancial no está tanto en el descabellado y excesivo estilo de vida sino en la forma en que se aborda la enfermedad y su probable profilaxis.

Al final, si declaraciones como la de Sheen sirven para que el tratamiento de la enfermedad avance o para que se le vea a él como caso extremo en un mundo donde ni el sexo ni la enfermedad deberían estigmatizarse, pues bienvenidas. Esto sería el avance sustancial.

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