¿Quién diablos escribió la novela?

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José F. Coria

Cuando uno lee, en la tranquilidad de su café predilecto, la novela que tuvo a bien llevarse para pasar el momento, poco piensa en el proceso de creación. Menos aun si la obra resulta entretenida y abundante. Hay lectores que no obtienen satisfacción de su lectura si ésta no es de algún libro voluminoso. Es que, la verdad, mucho quieren vivir dentro de las páginas de la novela y adentrarse por el mundo propuesto por el escritor para olvidar la carga del día o, simplemente, para tener un momento de solaz.

Así que, mientras más voluminosa, mejor la novela. Los lectores aficionados a estas novelas, por supuesto que quieren más y más. En consecuencia compran otro título del mismo autor u otro tipo de novela que los entretenga una vez más. Es raro aquel que siente curiosidad por el autor. Cuando esto sucede, muchos lectores por supuesto comienzan a admirar a su autor y a seguirlo de cerca. Más ahora que con las redes sociales se puede hacer un seguimiento puntual de todo tipo de actividades de nuestro escritor favorito. Y aquí es donde las cosas comienzan a llamar la atención, sobre todo si el lector manifiesta una curiosidad más allá de la simple admiración y algo no cuadra.

¿A qué hora escribe mi autor favorito si cada que lo veo en Twitter está de paseo, nadando con tiburones, en cenas de gala, firmando libros, de gira por varios países, apareciendo en periódicos, revistas, televisión; protagonizando escándalos y un largo etcétera de actividades que se contradicen con las supuestas 14 horas diarias que dice dedica a escribir sus gustadas novelas de al menos 500 páginas? ¿A qué hora escribe?, se pregunta el atribulado lector ante la que considera multitudinaria vida del escritor que puntualmente entrega sagas monumentales; novelas tan bien elaboradas que él, el lector, lee con extremo gusto.

Lo cierto es que muchas veces el autor puede tener una activa vida pública y escribir sus novelas porque cuenta con lo que se conoce como ghostwriter; “escritor fantasma” en traducción literal o, como se dice en español, un negro literario.

La operación consiste en que el estilo del autor pueda ser copiado con solvencia por quien se encargará del trabajo arduo de armar la obra mientras quien sólo estampa su firma hace promoción o se divierte públicamente. Así, el fantasma o negro, se dedica por completo a escribir y, se supone, el resultado se lo presenta a nuestro autor. Claro, éste sabe de qué va su negocio así que puede corregir ampliamente lo escrito, agregar o quitar personajes y sugerir la trama para que el fantasma la desarrolle.

Célebres fueron, al decir de muchos, los negros literarios que empleó el mismísimo Alexandre Dumas padre, quienes a mano le escribieron varias novelas hasta dejarlas a completa satisfacción del autor. En tiempos recientes mucho se habló de que el célebre novelista de best sellers Irving Wallace, ante las peticiones de su editorial de tener más y más novelas, empleó a su propio hijo, David Wallechinsky, como su negro literario. Las sospechas de contar con fantasmas haciendo su obra también recayeron sobre el prolífico James Michener, autor de más de 50 títulos, algunos de los cuales resultaron extremadamente voluminosos. Lo mismo se sospechó del popular Tom Clancy, creador del llamado techno-thriller, quien al parecer escribía muy lentamente y la demanda de sus libros era enorme por lo que el editor contrató fantasmas para resolver el problema.

Esto no es nada ético pero al menos se supone que el resultado cuenta con el aval del autor. Sólo que, ¿qué pasa cuando el autor ya murió? ¿Es posible continuar su obra?

Muchas dudas éticas levantaron las apariciones póstumas de varios libros de Ernest Hemingway. Casi siempre se cuestionaba si lo publicado hubiera soportado el filtro del autor; si, en realidad, no serían borradores o proyectos abandonados que ya sin la presencia de Hemingway se comercializaban un tanto mercenariamente. El hecho es que al menos Hemingway intervino en su creación.

Caso más llamativo ha sido el de David Lagercrantz, autor de Lo que no te mata te hace más fuerte. ¿Por qué? Porque bajo la patente de Millenium/Stieg Larsson, Lagercrantz recupera los personajes de esa famosa saga escrita por el finado Stieg Larsson y que, ante el inusitado éxito mundial que tuvo su gustada trilogía protagonizada por Lisbeth Salander, se ha optado por convertir a ese ghostwriter, Lagercrantz, quien le diera voz al futbolista Zlatan Ibrahimovic en su autobiografía Yo soy Zlatan, en el autor que ahora aparentemente puede darle vida al universo Millenium y recuperar la voz, los sentimientos y más aún: el trazado de la trama, la profundidad sicológica de los personajes y la complejidad narrativa que fue un éxito tanto para la trilogía literaria como para las versiones fílmicas.

Aunque no es nueva la operación de recuperar personajes y hacerlos protagonistas de nuevas novelas (sucedió con James Bond y con Sherlock Holmes), ahora se trata de una operación muy comercial para crear una nueva novela que resulta la perfecta imitación de lo hecho por Larsson y aunque no se ha pretendido que Lagercrantz la escribiera para poner la firma del autor original, lo cierto es que en el mundo de los ghostwriters, ahora muy profesionalizado y que le dan voz a políticos, artistas y músicos para sus autobiografías principalmente, hay reglas estrictas que en este caso no sabemos si responden al interés de la editorial Norstedts. Estas reglas son: 1) sus ideas y sus palabras, 2) sus ideas, tus palabras, 3) tus ideas y tus palabras, o 4) lo impersonal casi equivalente a una carta comercial.

Ya en una película de Roman Polanski, basada en una novela de Robert Harris, ambas sencillamente tituladas Ghost Writer, quedaba de manifiesto que el fantasma no debe tener siquiera nombre. Mucho menos presencia. Así que cuando salen a la palestra de forma tan notoria como lo ha hecho Lagercrantz, surgen las dudas de si se nos ha olvidado la ética ante el hecho de que no fue una novela pedida por Larsson. En consecuencia ignoramos cómo será esta nueva etapa en la que, al parecer, se pretende hacer otra trilogía. En este caso la novela es por completo de Lagercrantz: sus palabras, sus ideas (junto con las ideas de la Norstedts sin duda). Y en ese sentido, la operación parece una forma de acabar con la literatura de Larsson para dejar tan sólo el simple negocio al que le apuesta la dupla Norstedts/Lagercrantz. Del que se beneficiarán los herederos de Larsson. Él ya no. Y al parecer los lectores tampoco ante una mayoría que ha rechazado el resultado. La exhibición de Lagercrantz como negro literario no ha sido óptima aunque algunos creen que sí. La duda se mantendrá hasta la siguiente entrega de la nueva trilogía Millenium. En caso de haberla, claro.

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