Es que… bueno… el asunto es… simple y sencillamente…

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Por Juan José Domenech.-

 

 

La manera de relacionarnos verbalmente habla mucho de nuestra cultura. No me refiero a los lenguajes que se crean en los grupos como una forma de lograr identidad, hablo de sociedades enteras. Los mexicanos del centro del país tenemos identificados a los norteños como muy “sincerotes”, los norteños a su vez juzgan que “los del centro damos demasiadas vueltas para al final no decir nada; los costeños son dicharacheros, los del sur más bien reservados y los del sureste tienen una forma muy particular de hablar.

Personas de otros países que han visitado por algún tiempo México, se dan cuenta muy pronto de que, al menos los habitantes del centro, somos muy inexactos y efectivamente, no somos directos, de hecho, consideramos a quienes sí lo son como un poco “bruscos”. Expresiones como “ahorita”, “el otro día”, “nos hablamos”, “ya mero” no dicen nada, pero nos ayudan a salir del paso. Un amigo extranjero me comentaba que no entendía cuándo es ahorita (porque puede ser dentro de tres horas, tres días o cinco minutos), cuándo fue el otro día (porque pudo ser hace 3 años, dos meses o una semana), cuándo nos hablamos (porque pueden pasar meses sin recibir la llamada, si es que ésta llega) y qué tanto tiempo implica ya mero.

Y como parte de esta cultura nuestra, tampoco somos muy directos al responder, de hecho, la mayoría de nosotros nunca contesta lo que se le pregunta. Algunos ejemplos: Por la mañana del domingo una madre le pregunta a su hijo adolescente, que salió de fiesta la noche anterior: “¿A qué hora llegaste?” Y él responde, “es que fuimos a dejar al Flaco a su casa y de ahí nos pasamos a unos tacos y…”, en vez de la respuesta correcta: “A las tres de la mañana”. Un jefe le pregunta a su secretaria: “Patricia ¿hizo usted la reservación para la comida del jueves?” Y ella contesta: “Fíjese que me llegó un mail del Lic. Torres, avisándome…” cuando la respuesta adecuada es “No, no la hice”. Pero si somos concisos, precisos y macizos, como dice un viejo amigo mío, entonces seguramente estamos enojados, cansados, deprimidos o algo, algo grave nos está pasando. Ejemplo:

La esposa pregunta: “Amor, ¿comiste?” Y él responde: “no”. La siguiente pregunta de ella es: “¿tienes hambre?” y la respuesta de él es: “sí”. Ése es el momento en que ella cuestiona: “¿estás enojado?”, él afirma: “no”. “Ay, qué sangrón” le dice ella, “me contestas con puro monosílabo, seguro te fue fatal en la oficina y estás cansado”. Veamos la misma historia con otras respuestas:

Amor, ¿comiste? Y el responde la junta de las 12 empezó a la 1 y se alargo hasta las tres, ya sabes mi jefe, saliendo “luego luego” nos convocó a su oficina y ahí nos tuvo otras dos horas. La siguiente pregunta de ella debería ser: ¿pero comiste sí o no? pero es ¿tienes hambre? y la respuesta de él es pues ya se me pasó la hora de la comida Ahí es donde ella entra al rescate, no mi amor, no te “malpases” ahorita te caliento algo vas a ver que se te va a antojar lo que hice.

 Y así se nos va la vida. En la relación paciente-médico suele pasar lo mismo, la mayoría de las veces el paciente le da vueltas a las respuestas directas que está esperando el médico sobre sus hábitos alimenticios, de esparcimiento, de trabajo, etc. El punto es no mentir, sino mejor decir cualquier cosa que sea verdad menos lo que se nos pregunta. Otras veces, las menos, es el médico que deja las cosas en una zona pantanosa para evitar alarmar “innecesariamente” al paciente. ¿Es algo inherente al ser humano? No. Es parte de nuestra cultura. ¿Es lo correcto? A nosotros nos ha funcionado pero sólo entre nosotros, cuando nos relacionamos con personas de otras regiones o países donde están acostumbrados a decir las cosas de frente causamos conflicto, nos proyectamos como inseguros y poco confiables. Por eso, mejor optemos por ser directos, le guste a quien le guste y si alguien se molesta, allá él.

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