¿De qué color es James Bond?

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Por José F. Coria

 

Poco se habrá imaginado Ian Fleming (1908-1964), cuando reposaba en su propiedad de Jamaica, donde creó las novelas de James Bond, que éste, su personaje, cobraría vida propia más allá de las doce novelas y las dos colecciones de relatos publicados entre 1954 y 1966, los cuales escribiera basándose en sus experiencias en la Armada Naval Británica durante la Segunda Guerra Mundial.

James Bond representa un mito cultural importante, como espía al Servicio de su Majestad, al darle sabor a la Guerra Fría. La coyuntura en la que Fleming lo creó fue más que ideal: le otorgó una serie de virtudes que convierten al héroe/antihéroe del espionaje en uno singular.

Lo entretenido que fue la primera novela, Casino Royale (1954), y el éxito que tuvo su carácter pulp (o sea, un policial que fundaba sus propias leyes internas para convertirse en objeto de culto), por supuesto que llamó la atención del cine. Pasando a convertirse en una lucrativa “franquicia”, ahora le llaman así, desde en 1962, cuando cobró rasgos humanos por vez primera.

Esos rasgos con los que Bond fue pensado por Fleming, se inspiran en la imagen del compositor Hoagy Carmichael (1899-1981), atildado y pulcro, de mirada penetrante, cejas pronunciadas y una sonrisa siempre sensual, atributos a los que el autor agregó: era “de pelo oscuro, con unos rasgos más bien crueles”. Físicamente sin duda siempre ha sido caucásico (en especial porque algo del propio Fleming se trasminó al personaje; no hay que olvidar las evidencias que él mismo dejó: características de su personalidad y detalles físicos que lo confirman como blanco, anglosajón y protestante). No muchos saben que el nombre fue una mera puntada: es el del ornitólogo estadounidense que escribió Birds of the West Indies, libro que Fleming atesoraba y que reposaba frente a su máquina de escribir.

Los actores que han representado a Bond en el cine son variantes sobre la misma descripción anotada en las novelas. Y, en esencia, son muy parecidos entre sí. Sean Connery, el primer Bond del cine, es sin duda el más parecido a lo descrito por Fleming en sus novelas. Buscando un remplazo se optó por el australiano George Lazenby, por parecerse más a Connery. Pero su falta de personalidad en pantalla hizo a Lazenby actor de efímera fama que sobrevive por haberle dado vida una sola vez al personaje. Tras él, Bond fue interpretado por un actor menos próximo a lo descrito por Fleming pero con mayor personalidad, seguridad en su trato, y con ese toque tan británico entre la ironía y el desdén que fue el estilo de Roger Moore.

Mucho se discutió en su momento cuánto Timothy Dalton se acercaba a la descripción de Fleming. Es probable que fuera el más fiel a la idea de Fleming ya que su rostro es una versión actualizada y más ruda que el de Hoagy Carmichael. Sin embargo, de nuevo, su falta de personalidad tiró por tierra la idea del personaje. Que en sus recientes encarnaciones-resurrecciones, primero con los agradables y elegantes rasgos de Pierce Brosnan y luego con los del más duro pero vital Daniel Craig, quien realmente nada tiene que ver físicamente con el personaje al ser rubio, le dieron nueva vida hacia el siglo XXI.

El reciente estreno de Spectre (2015, Sam Mendes) y las especulaciones que surgieron por las declaraciones de Craig, sobre que esta será la última cinta donde encarnará al personaje, comenzó una intensa discusión sobre su probable reemplazo. La franquicia, que cumplirá 55 años de existencia en 2017 y con 24 films producidos, se ha renovado con considerable éxito: la cinta previa, Skyfall, obtuvo mil millones de dólares en ganancias: prueba fehaciente de la vitalidad del personaje y su mitología recurrente.

La especulación del reemplazo ha generado enorme expectativa sobre si el siguiente Bond debe ser un actor de color o uno gay. Asunto que pretende actualizar al personaje con rasgos y personalidad que hoy pueden considerarse políticamente correctos, pero contrarios a lo literariamente asentado.

Bond renunció paulatinamente a su promiscuidad y machismo, como guiño de ojo al espectador, atento en cómo se renovaba ese “dinosaurio de la Guerra Fría”, como en su momento lo definió M (Judi Dench; personaje que cambió sus tradicionales rasgos masculinos en homenaje a la mujer que dirigió el servicio secreto británico en los 90, la ahora novelista Stella Rimington). Su cambio radical sería algo más que un intento por ponerlo al día: una muestra de barato oportunismo. Porque si algo mantiene el interés en Bond es su carácter pasado de moda y su defensa de valores que, tal vez, ya son anacrónicos, aunque sustanciales para esta mitología que no debería cambiar tan brutalmente nada más por complacer a las voces de la corrección política. Si Bond tiene características especiales y fue descrito con una idea que ha pasado al cine casi intacta, ¿por qué habría de cambiárselas buscando una adecuación política de la que el personaje carece?

El reemplazo de Bond pretende actualizar al personaje, con rasgos que se consideren correctos actualmente

 

La operación no es nueva ya que previamente se han publicado cuentos infantiles en los que se extirpa su sustrato de crueldad (los tres cochinitos no matan al lobo, las hermanastras de la Cenicienta no se cortan los pies para que les calce la zapatilla) o se les otorga una densidad ajena al relato original (las princesas aceptan en igualdad de circunstancias a los príncipes). Esta “higienización” ideológica apunta hacia la desproporción de reescribir la historia. Esto también ya ha sucedido en el cine: de súbito se empezaron a borrar digitalmente secuencias enteras; se limpiaron films viejos de esa ahora fea e incorrecta imagen del fumador.

Este replanteamiento, obligado por circunstancias previamente inexistentes, es sin duda erróneo: sugiere uniformar unilateralmente la vida con una sola visión. A este paso, eventualmente los horrores de una guerra, como la Segunda Mundial, serán extirpados para que la Historia sea lo más “correcta” posible.

En el caso de Bond, la presión hecha para modificar su forma de ser (que concluiría con una velada aceptación de una bisexualidad o de una homosexualidad latente en el personaje, según ciertas opiniones) e incluso sus rasgos, tiene por lo pronto la abierta oposición de la productora Barbara Broccoli, asimismo dueña de toda la obra de Fleming. Si el éxito de Spectre le da aire al personaje para seguir un tiempo más bajo la protección de la heredera del productor original, Albert R. Broccoli, su padre, el personaje de Bond seguirá como hasta ahora, haciendo de las suyas con toda la saludable incorrección política que le infundió Fleming. Lo que, en estos tiempos, vuelve más atractivo a Bond otorgándole una característica olvidada: su esencia profundamente humana. Ojalá que se mantenga así en un mundo donde lo uniforme comienza a empalagar.

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