Malaria, paludismo o zika

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Por J. Curtis Estes

FUE EN 2013 QUE SURGIÓ UN BROTE LLAMATIVO DEL VIRUS DEL ZIKA EN LA POLINESIA FRANCESA. TRAS SU APARENTE CONTROL, SE ESPERABA QUE NO RESURGIERA. PERO LO HIZO PELIGROSAMENTE DURANTE 2015 EN BRASIL, DONDE RESULTÓ MÁS VIOLENTO. SE CONOCE SU EXISTENCIA DESDE 1947, CUANDO FUE AISLADO POR VEZ PRIMERA EN UN MACACO EN LA REGIÓN ECUATORIAL DEL BOSQUE DE ZIKA, EN UGANDA. DESDE 1951 EXISTE EVIDENCIA DE INFECCIÓN EN HUMANOS. EL VIRUS DEL ZIKA LO TRANSMITE EL MOSQUITO AEDES AEGYPTI, QUE TAMBIÉN TRANSMITE DENGUE, FIEBRE AMARILLA Y CHIKUNGUNYA. ELLO HIZO SONAR LAS ALARMAS DE LAS AUTORIDADES SANITARIAS, PERMITIENDO QUE VARIAS INVESTIGACIONES SE ACELEREN, PRINCIPALMENTE AQUELLAS DEDICADAS A LA ERRADICACIÓN DE ENFERMEDADES PREVIAS, COMO LA MALARIA. SE CREE QUE AL COMBATIR AL MOSQUITO, DESAPARECERÁN ESTOS PADECIMIENTOS.

El tema es esterilizar a las hembras, al menos durante una generación. Al decir de una noticia publicada en The Wall Street Journal el 8 de diciembre de 2015, un grupo de científicos británicos del Imperial College de Londres había logrado modificar el genoma, en principio, de los mosquitos Anopheles para conseguir hembras estériles, lo que permitiría, al menos durante una generación, producir una población completa de mosquitos con los que se abatiría la malaria. Este estudio se sumó a otro presentado por la Universidad de California, también por las mismas fechas, donde los investigadores estadounidenses lograron bloquear el parásito de la malaria alterando el ADN de los mosquitos para evitar así su propagación.

8125229_lAmbas iniciativas están próximas a hacerse realidad. Se cree que en 2016 pueden liberarse los mosquitos genéticamente modificados. En principio parece demasiado sencillo, pero existen dudas de otros científicos que creen que esto alteraría el ecosistema de manera irreversible, ya que la manipulación genética presentada no prevé posibles consecuencias. Si las hembras quedan estériles, ¿existe el riesgo de que se extingan poblaciones considerables de mosquitos, aunque sean billones de billones los que pueblan la Tierra, produciendo un desequilibrio ecológico de impensadas consecuencias? Esta duda retrasa la liberación de mosquitos estériles.

Por las mismas fechas en que se hizo este anuncio, la Organización Mundial de la Salud (OMS) documentó que Costa Rica está próximo a erradicar la malaria ya que en un año, 2014, sólo tuvo seis casos y todos fueron de personas que se contagiaron fuera del país. Tan sólo en 2006, tuvo cerca de tres mil casos locales.

Las medidas que Costa Rica está tomando funcionan como cordón sanitario en contra del mosquito y hasta el momento no implican alterar el ecosistema, aunque sí prevendrían que haya lugares donde se concentre el mosquito para evitar que transmita el parásito plasmodium que genera paludismo o malaria.

La malaria aún cobra un considerable número de víctimas cada año. A ello se suman los brotes de chikungunya y zika. Las cifras están cerca del medio millón de personas que enferman, de ahí que se piense que la solución es reducir la población de mosquitos al mínimo y que a su vez, no tengan capacidad para infectar a los humanos.

Los científicos son optimistas porque creen que no se alterará el ecosistema ni otras funciones necesarias de los mosquitos modificando uno de sus genes. Esto debido a que se utilizó en los especímenes una nueva tecnología denominada CRISPR/Cas9, que permite copiar y pegar genes de manera precisa, como nunca antes se había hecho. Esto levanta preguntas éticas como qué tanto es válido alterar genéticamente un organismo y si esto no es en el fondo una tecnología que crearía un Frankenstein biológico, o sea un mal mayor a las enfermedades que transmite.

UnicefA pesar de los buenos resultados aportados por naciones como Costa Rica, la preocupación sigue presente. Como parte de las acciones de contención sanitaria, el elemento fundamental para lograrlo consiste en usar insecticidas, cuyo elemento activo en la mayoría de ellos son los piretroides, a los que el mosquito ha desarrollado gran resistencia y a la larga es inmune a los mismos. Una de las opciones que se presentan para combatir dicha inmunidad consiste en rotar insecticidas y, también, crear sustancias activas nuevas, porque los mosquitos también resisten la artemisina, incluso otros medicamentos de nueva generación que se utilizan contra el mal.

Es así que se ha llegado a encontrar una solución intermedia que consiste en producir mosquiteros con los que si no se evita el contacto humano al ciento por ciento, si ayuda a que al menos los contagios queden aislados y ya no sucedan pandemias mortales. Falta mucho por avanzar a este respecto.

La mosquiteraLa esperanza respecto a la malaria es que podría erradicarse para 2030. Desde el 2000 las tasas de incidencia y mortalidad han disminuido entre un 37 y un 60 por ciento. En África, país altamente golpeado por la enfermedad se redujo la incidencia en un 88 por ciento a lo largo de quince años y, en el mismo lapso, más de 57 de 106 países lograron reducir esta incidencia en más de 75 por ciento. Esto, en términos reales, significa que si en el año 2000 se producían alrededor de 839 mil muertes anuales, tres lustros más tarde se registran 438 mil.

Los mosquiteros son una herramienta eficaz y muy ahorrativa ya que para los países del África subsahariana representa un ahorro de 900 millones de dólares, al decir de Margaret Chan, directora de la OMS. Este ahorro, y las medidas de prevención son las que permiten que las poblaciones presenten menos casos de contagio y una ayuda para los sistemas de salud locales, la mayoría de los cuales tienen un mantenimiento precario y no son capaces de atender pandemias.

No obstante lo anterior, hay alrededor de 3 millones 200 mil personas en riesgo de contraer malaria y enfermedades similares cada año, ya sea porque carecen de los servicios elementales de prevención o no tienen acceso a medicamentos. Lo peor: viven en condiciones de extrema pobreza donde las acciones preventivas resultan insuficientes.

La posibilidad de erradicar una enfermedad que lleva al menos 50 mil años de existencia en la faz de la Tierra, parece posible a estas alturas. Lejos están los tiempos en los que el ganador del Premio Nobel de Medicina 1907, el médico francés Charles Laveran, identificó parásitos dentro de los glóbulos rojos de pacientes con malaria, enfermedad que en italiano significa “mal aire”. Estos parásitos fueron luego catalogados por Ettore Marchiafava y Angelo Celli como plasmodium, del que hay diferentes especies: plasmodium falciparum, plasmodium vivax, plasmodium malariae (el primero de ellos el más mortal), plasmodium ovale y plasmodium knowlesi (variante reciente transmitida por monos en zonas boscosas de Asia Sudoriental). Todas propagadas por las hembras del mosquito anopheles que, como se sabe, son las únicas que la transmiten. De ahí la propuesta de esterilizarlas para evitar se alimenten de sangre humana, con la que maduran sus huevecillos.

Sir Ronald RossEl hallazgo de Laveran, hecho en 1880, estuvo lejos de identificar el proceso de infección y maduración de la malaria. Para ello fueron fundamentales las observaciones del médico Carlos Finlay, que al estudiar pacientes con fiebre amarilla en La Habana, Cuba, en 1881 sugirió que los mosquitos transmitían la enfermedad entre humanos. Esta hipótesis fue demostrada hasta 1898 por el médico británico Sir Ronald Ross, también Premio Nobel de Medicina, en 1902, quien identificó ampliamente el ciclo del contagio en la India, donde descubrió que los mosquitos transmitían el padecimiento al alimentarse de pájaros infectados, o a los que contagiaban, para luego pasar a alimentarse de sangre humana. Ross fue de los pioneros en crear cordones sanitarios y protocolos para evitar contagios en zonas donde tradicionalmente la enfermedad hacía estragos como Egipto y Panamá. En este país, por ejemplo, los hallazgos de Ross fueron considerados por el médico Walter Reed para establecer un protocolo en 1900 y evitar que el mal diezmara a los trabajadores que en ese entonces construían el Canal.

El tratamiento inicial no era nuevo. Los jesuitas lo exportaron a Europa alrededor de 1640. Consistía en usar corteza de cinchona, planta de grandes arbustos y pequeños árboles que produce quinina, alcaloide rico en propiedades analgésicas y, por supuesto, antipalúdicas. La usaban profilácticamente los incas para evitar el paludismo. Sus propiedades fueron estudiadas con más detalle hasta 1820, cuando los químicos franceses Pierre Pelletier y Jean Caventou extrajeron de la corteza la sustancia de sabor amargo que nombraron quinina, en honor del árbol que es de la misma familia de la cinchona (de hecho su nombre es cinchona calisaya). Actualmente hay versiones sintéticas de la quinina que son tanto o igual de efectivas, como la quinacrina y la cloroquina. Sin embargo, el uso de la quinina pura sigue siendo clave para tratar casos agresivos de malaria.

Uno de los problemas fundamentales de la malaria es que desde que comenzó a estudiarse, su ciclo de vida resultó bastante elusivo. En principio se creía que al desaparecer del flujo sanguíneo se podría considerar curado al paciente, pero las recaídas de muchos de ellos años después revelaron que continúa latente en el hígado. Este descubrimiento se basó en que el plasmodium vivax y el plasmodium ovale van directamente al hígado.

Así que en los tiempos actuales todo parece indicar que de respetar las medidas sanitarias se evitaría el contagio y se contendría la expansión de la enfermedad. Tal vez, muy tal vez, se evitaría de esta forma que la ingeniería genética acabe con el paludismo y sus derivados, por más virulentos que sean, como el zika, alterando el ADN de la especie que durante siglos la ha propagado.

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