Dadá: 100 años de anti arte

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Por Rolando Baca Martínez

SE CUMPLE EL CENTENARIO DEL MOVIMIENTO CONTRACULTURAL POR EXCELENCIA: EL DADAÍSMO. TRES FUERON SUS NACIMIENTOS RECONOCIDOS EN 1916: LA INAUGURACIÓN DEL CABARET VOLTAIRE, LA ELECCIÓN DEL NOMBRE POR TRISTAN TZARA Y LA APARICIÓN DE LA REVISTA DADÁ EN JUNIO DE ESE AÑO.

Collage dadaísta alemán.
Collage dadaísta alemán.
El violín de Ingres por Man Ray.
El violín de Ingres por Man Ray.

 

 

 

 

 

 

 

Han pasado ya cien años desde el día en que, alrededor de las seis de la tarde, Tristan Tzara tomó un diccionario Larousse, hojeó sus páginas y con el índice señaló al azar la primera palabra que tuvo a su alcance. Dadá fue el término resultante, que en francés designa a un caballito de madera y a veces, por extensión, a una niñera.

Otros aseguran que da-dá era una onomatopeya que parodiaba el balbuceo de los bebés, viéndolo como la primera forma de expresión humana en estado puro, aparentemente sin ningún significado para los adultos pero impregnada con toda la intención comunicativa del infante que, aún sin la capacidad de poder articular el lenguaje hablado, quiere abarcar el universo en tan sólo dos sílabas. Cualquiera de las dos versiones que haya sido, en una entrevista muy posterior, concedida en los años 70 por el dadaísta Marcel Janco, éste explicaba: “nos pareció que expresaba de cierta manera nuestra concepción de regreso a la infancia, el primitivismo, una idea de renovación y de pureza”.

En sí, el dadaísmo fue un cuestionamiento que se lanzó directo a las raíces del asunto estético y el control de las academias sobre todas las formas de arte. Los dadaístas negaron el arte y la literatura que se hubiera hecho hasta ese momento, declarándolo sin valor, y proponían hacer un borrón y cuenta nueva para democratizar la cultura, arrebatarla de las élites que la monopolizaban y entregarla al pueblo. Su idea era abolir los cánones y decretar la libertad total en el arte. Se trataba de la máxima ruptura en el arte y del más grande cisma cultural desde que el hombre comenzó a decorar paredes de cuevas.

Hacía frente a todos los academicismos, dogmas, métodos y estilos artísticos vigentes hasta su tiempo y que habían adoptado rígidas fórmulas de ejecución e interpretación. Su punto de partida era considerar a toda obra humana como arte.

En uno de sus manifiestos, se aseguraba que el Dadá había nacido de “una necesidad de independencia. O aquella que desciende a las minas de flores de cadáveres y de espasmos fértiles”.

Por sus características intrínsecas, el Dadá anticipó y prefiguró al surrealismo y de hecho, constituyó su preludio. En el primero, rigen el absurdo y el azar; en el segundo, el lenguaje onírico marca la pauta que ha de seguir el arte. En ambos casos, importa la capacidad de la mente de divagar o de no tener control sobre el flujo del pensamiento, tal como sucede con el absurdo o en los sueños. El dadaísmo es, pues, un movimiento que revalora la locura y la eleva al nivel de poesía, pues la demencia, igual que la más temprana infancia, es un estado mental puro, en el que desaparece (o, en el caso del bebé, está ausente) todo concepto, noción, estructura, juicio y prejuicio sobre el mundo.

Aldo Pellegrini definió –los auténticos dadaístas detestarían eso, ser definidos- al movimiento como una mística de la revuelta, ardiente protesta contra el sistema de valores que aspiraba a transformar la vida, un periodo que buscó ser un movimiento de rebelión contra la institución del arte y una afirmación del Eros, de la vida.

 

El hombre del monóculo

Como haya sido, el vocablo dadá resultó lo que tenía como objetivo ser: un sinsentido. Su creador mismo aspiraba a serlo: Tzara en realidad era un seudónimo –ni siquiera un alter ego– pues su nombre real, Samuel Rosenstock, le parecía demasiado normal e insípido para ir con él por la vida. En su lugar, se creó un personaje, al que bautizó como Tristan Tzara a partir de las palabras triste y ţară (campo, país o patria, en rumano), cuya conjunción al entonces veinteañero instalado en el simbolismo de Baudelaire, Rimbaud y Verlaine, le pareció que definía a la perfección el ánimo que se sentía cuando habitaba su país de origen.

Samuel Rosenstock.
Samuel Rosenstock.

Poeta, crítico de arte y coleccionista, el vanguardista rumano que vivió entre los años 1896 y 1963, pasó a la historia por anteponer el caos y hacer una religión de éste, para romper con el orden de las cosas y del mundo hasta entonces conocido.

Su cabello peinado de raya al lado, su monóculo y una permanente parsimonia le daban un aspecto de un solemne pero inquietante y perturbador muñeco de ventrílocuo, aunque ya ante un público, se caracterizaba con disfraces o máscaras mientras declamaba a gritos poemas de su invención, versos que carecían de toda métrica pero en los que importaba lo que se decía —o lo que se quería interpretar— o el cómo se decía.

El grupo dadaísta en 1920.
El grupo dadaísta en 1920.

En un momento en que Europa hervía en el conflicto bélico de la Primera Guerrra Mundial, huyendo para evitar ser reclutado por el ejército rumano, Tzara había llegado a Zúrich apenas un año antes, en 1915, y al siguiente ya estaba involucrado en la creación del Cabaret Voltaire al lado de su fundador Hugo Ball, así como de Marcel Janco (paisano suyo) y de los refugiados alemanes Emmy Hennings, Hans Richter y Richard Huelsenbeck.

Para Estelle Pietrzyk, curadura de una exposición de 450 piezas montada con el fin de celebrar el centenario dadaísta en el Museo de Arte Contemporáneo de Estrasburgo, “Tzara fue el poeta surrealista de su tiempo. Un hombre complejo y épico que se aproximó a su historia y vivió los grandes momentos del siglo XX en su tragedia”.

 

Interior del Cabaret Voltaire en 1920.
Interior del Cabaret Voltaire en 1920.

Tiempo de cabaret

Ubicado en el centro de la ciudad suiza de Zúrich, el célebre Cabaret Voltaire, aquel donde nació todo, a un siglo de distancia y a 14 años de su reapertura —ilegal, en correspondencia a su tradición— en 2002, acaba de ofrecer y como era de esperarse, un happening para celebrarlo. Se dice que el día de su inauguración, hace un siglo, su creador, Hugo Ball, dirigió este mensaje a la concurrencia: “Señoras y señores, el Cabaret Voltaire no es un ‘club’ cualquiera. No nos hemos reunido aquí para ver frufrús y piernas, ni para escuchar cancioncillas populares. El Cabaret Voltaire es un lugar de cultura…” En realidad, ellos gustaban de decirle Taberna de Artistas Voltaire, y el lugar se convirtió en un centro de experimentación artística y caldo de cultivo para prácticamente todas las vanguardias contraculturales que surgieron a partir de entonces. Y es que aunque era un espacio para el baile, la comedia, la representación dramática, la música y la declamación, lo cierto es que incluso otras manifestaciones artísticas como literatura, pintura o escultura encontraron también ahí un hueco para germinar.

A principios de 1916, Ball había publicado en un diario local un anuncio que hacía invitación abierta a los jóvenes artistas de Zúrich que desearan exponer algún talento suyo, sin restricción de técnica, temática o ideología. A la convocatoria respondieron dos rumanos: el pintor Marcel Janco y el poeta Tristan Tzara; el primero colgó algunos de sus cuadros en el local, mientras que el segundo declamaba a gritos los versos de La prèmiere aventure céléste de monsieur Antypirine.

Sobre este punto de la geografía suiza pronto gravitaron artistas, escritores, poetas, agitadores y apóstoles del escándalo, que lo mismo proclamaban el amor que la provocación y el desastre. Como lo describiría el propio Marcel Janco: “Se codeaban pintores, estudiantes, revolucionarios, turistas, estafadores internacionales, psiquiatras, gente medio mundana, escultores y espías amables faltos de información”.

Si bien la existencia de este cabaret (que en ningún sentido lo era) se fue tan rápido y con la misma fuerza con la que llegó –su vida duró apenas unos cuantos meses-, su efímero paso cimbró todas las estructuras de la cultura y el arte de su tiempo, convirtiéndose en una incubadora de propuestas innovadoras, a la par que abrió el camino en que se revaloró el salvajismo y el arte primitivo.

Su artífice, el alemán Hugo Ball (1886-1927), era un filósofo con tendencia al misticismo que hasta entonces se ganaba la vida como productor de espectáculos de cabaret. Muchos nombres se vieron asociados con la corriente dadaísta, como los de Jean Arp, Marcel Duchamp, Max Ernst, Paul Éluard, Francis Picabia, Man Ray, Hans Richter, Philippe Soupault, etcétera.

El francés Duchamp, que simpatizaba con el movimiento y por cuya influencia creó el ready-made, llevó el dadaísmo al otro lado del Atlántico, escandalizando a los estadounidenses especialmente con una de sus obras, La fuente (1917), que no era otra cosa que un viejo migitorio exhibido fuera de su contexto utilitario. Mitad broma y mitad provocación, Duchamp envió el urinal firmado con un seudónimo a la Sociedad de Artistas Independientes de la que era miembro de su comité de selección. Tal vez su intención inicial fue la de observar la reacción que su atrevimiento causaría, por lo que le sorprendió que, tras un acalorado debate de evaluación, la obra fuera admitida e incluso alabada por sus cualidades estéticas, además de los posibles y distintos significados que le atribuían.

Si bien Duchamp nunca se consideró a sí mismo como dadaísta –aseguraba que éstos en realidad tomaban por enemigo al público y no a la crítica o los círculos académicos—, en 1920 se reunió en París con algunos de los miembros del movimiento, aunque más tarde admitiría su decepción por tal encuentro, dando a entender que el dadaísmo era más importante por lo que daba a hablar que por su actividad en sí. Poco antes en ese año, una vez concluida la Primera Guerra Mundial, Tzara decidió mover al Dadá de Zúrich a París por considerar que la Ciudad Luz sería un mejor centro de operaciones para el dadaísmo, cuyos brazos ya se habían extendido a Berlín, Colonia y Nueva York.

Fue en la capital francesa que se unieron al movimiento artistas e intelectuales como Louis Aragon, Francis Picabia, Jacques Rigaut y André Breton. Con este último, Tzara sostendría un largo y desgastante periodo de confrontaciones (que comenzaron desde la redacción de sus manifiestos) por el rumbo que habría de tomar el movimiento. Sumamente harto, Tzara anunció el fin del Dadá en septiembre de 1922 al considerar que la cohesión a su interior se había perdido para siempre.

Casa de Tzara durante su estancia en París.
Casa de Tzara durante su estancia en París.

Acto seguido, Breton daría origen al surrealismo, al que se uniría fugazmente Tzara tras una reconciliación entre ambos que se suscitó hacia 1929, para volver a romper nuevamente en 1935, cuando el rumano acusó al francés de ser un “revolucionario de café” y un pseudocomunista que en el fondo temía a la lucha armada como la que se gestaba en ese momento con la guerra civil española.

Tzara se trasladó a la Península Ibérica, donde deploró el asesinato de Federico García Lorca. Poco después, se movió a Francia para unirse a la resistencia contra la ocupación alemana e inició su etapa de comunismo activo, dejando atrás sus pretensiones antiartísticas y contraculturales. Todavía en 1947, Breton y Tzara coincidieron en un evento donde volvieron a enfrentarse, ya que el rumano calificó al surrealismo como carente de sentido al no combatir al nazismo y el fascismo.

Si el Dadá había muerto en 1922 y Samuel Rosenstock lo hizo en 1963 en París, el día de Navidad, Tristán Tzara, en cambio, cobró inmortalidad por lo revolucionario de sus posiciones e ideas inspiradoras. Dicen que sin el dadaísmo, ni el Pop Art ni el movimiento beatnik, ni el estridentismo, el futurismo, el punk, Warhol, Zappa, Klaus Nomi o David Bowie hubieran existido.

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