LA CRISIS QUE VIENE Clima, escepticismo y soluciones

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Dos conceptos, una preocupación

El tema del calentamiento global se ha vuelto demasiado complejo. Empezando porque no están de acuerdo muchos de los científicos que estudian el fenómeno. Parece contaminado con política y militancia.

La preocupación constante está en los dos índices de contaminación más elevados que corresponden a India y, especialmente, a China. País, este último, donde, se asegura, mueren al año cerca de un millón 300 mil personas a causa de la mala calidad del aire. La cifra, que parece exagerada, la proporcionó Richard A. Muller, miembro del Instituto de la Tierra de Berkeley, de la Universidad de California, y autor de varios libros.

En una reunión llevada a cabo el año pasado en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica de St. Thomas, Muller insistió en que la parte sustancial del problema es el excesivo uso de carbono, al que considera “el mayor responsable de la contaminación” atmosférica. Propuso como solución recurrir a la energía nuclear. Aseguró que ésta tiene mala prensa, por ello ha sido injustamente satanizada, pero que es una respuesta a los problemas del actual calentamiento global.

Hay que precisar que el calentamiento global afecta a la temperatura promedio del sistema climático del planeta. Desde los 1950 se observan cambios sin precedente; a lo largo del siglo XX se acumularon en la atmósfera gases de efecto invernadero debido a la actividad humana. Un estudio del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (GIECC), establece que, a consecuencia de lo sucedido durante el siglo XX, al menos durante el XXI la temperatura se incrementará en un promedio de 0.3º a 1.7º centígrados. Este Grupo se dedica a controlar el incremento de los mares, y a evitar que sucedan cambios sustanciales en los patrones de las lluvias para que no se expandan los desiertos subtropicales. También busca preservar el Ártico; que no se deshiele. Esto tiene como finalidad impedir que disminuya el rendimiento de las cosechas; que exista una seguridad alimentaria sin pérdida de hábitat a consecuencia de inundaciones.

El tema, sin embargo, es peliagudo porque el calentamiento global es diferente al cambio climático. El primero afecta al segundo ya que la contaminación produce una serie de modificaciones en la temperatura, la presión atmosférica, la humedad, las lluvias y los vientos. Los patrones de contaminación actuales obligan a comprender el fenómeno con perspectiva global, puesto que lo que contamina un país, con las funciones tradicionales de la naturaleza, llega al vecino. O sea, la contaminación migra, afectando amplias zonas.

La naturaleza tiene la capacidad de transformar el entorno. Esta capacidad se define como caótica. Sus variaciones generan diversidad de patrones, ocultos o evidentes, que afectarían en principio sin dejar huella. Porque todo afecta a la naturaleza y ésta afecta a su vez la totalidad del entorno. Las variaciones solares, las orbitales y los impactos de meteoritos, por ejemplo, inciden directamente sobre el clima. Como la naturaleza está en constante movimiento, existen factores internos como las derivas de los continentes y la composición atmosférica; las corrientes oceánicas, el campo magnético terrestre y, en especial los efectos antropogénicos (deforestación de bosques, cambio del uso de suelo, emisión de gases), que crean ese caos en apariencia imperceptible. No puede medirse con exactitud. Por ello la incertidumbre.

El Niño / La Niña

El conflicto fundamental sobre cambio climático y calentamiento global es que hay demasiadas imprecisiones en torno a las mediciones y los pronósticos. Como la naturaleza es cambiante, no hay un criterio que unifique los protocolos. Está, por ejemplo, el tema de El Niño / La Niña, fenómenos cíclicos erráticos, que suceden más o menos cada tres u ocho años. El primero crea un calentamiento periódico de la superficie marina, sucede en invierno (de ahí su nombre, por Navidad) y afecta al océano Pacífico Central. El segundo fenómeno representa bajas temperaturas oceánicas en el Pacífico ecuatorial y sus efectos son contrarios a los producidos por El Niño. O sea, las temperaturas invernales son más cálidas que lo normal en el sur y más frías en el noroeste. El Niño es la fase cálida, La Niña la fase fría.

El primero en detectar este fenómeno que afecta en primera instancia a la zona sur del hemisferio terrestre con consecuencias en la agricultura y el incremento de las costas, principalmente en Sudamérica, fue el meteorólogo Jacob Bjerknes. Estudió este fenómeno en 1969 estableciendo su causa por la Oscilación del Sur, que eleva la presión en el Pacífico Occidental generando un calentamiento de las aguas y un debilitamiento de los vientos. Bjerknes, fundador del Departamento de Meteorología de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), que ahora es Departamento de Ciencias Atmosféricas y Oceánicas, ante las altas temperaturas registradas en los océanos y las intensas lluvias que trae consigo este fenómeno, estableció que la energía de la atmósfera es consecuencia de la hidrósfera. O sea, de los océanos y mares.

Sin embargo, El Niño / La Niña no son recientes. Hay testimonios de que existen como fenómeno conjunto cuando menos desde hace cuarenta mil años. Desde entonces han provocando diversos episodios que afectan en mayor o menor medida, según las regiones. En Perú se cree que el fenómeno podría haber generado hambrunas y pestes que ayudaron a la decadencia del imperio inca allá por el año 1460. También, en Perú, hay registro de que cada 200 años este fenómeno se ha manifestado con lluvias o sequías violentas. Se considera que ello llevó a la extinción de la cultura sicán en el siglo XIV de nuestra era. Hecho que mito-antropológicamente se adjudica a que los sicanes perdieron el favor de sus dioses. Sin duda, ¿qué mayor pérdida que recibir un destructor cambio de clima extremo? Por supuesto, la explicación histórica es que fue a causa de este fenómeno meteorológico.

Según los ciclos, cada cinco siglos puede manifestarse El Niño / La Niña igual que cuando desapareció la cultura sicán. Los ciclos son impredecibles con presencia de entre nueve y doce meses, y apariciones cada dos a siete años. Puede haber ciclos menores, por ejemplo exclusivamente de El Niño, que, en algunos casos, son considerados benéficos: aportan agua en muchas regiones para la agricultura y consumo humano. Este Niño más benévolo es el que aparece más o menos cada tres años, pero no es fácil considerar sus consecuencias. A este respecto, las mediciones son poco confiables. La información histórica carece de base tecnológica sólida; entra en contradicción con las actuales mediciones y pronósticos. Esto es un obstáculo metodológico para establecer un parámetro en la historia del cambio climático o en la del calentamiento global. Uno de los pronósticos más recientes, basado en análisis históricos de El Niño / La Niña, publicado en 2014 por la revista Nature, establece que el calentamiento global podría afectar la ocurrencia de este fenómeno y hacer más breves los lapsos de su aparición pero incrementando su virulencia antes del 2050.

El imperativo malthusiano

Tanto el cambio climático como el calentamiento global poseen aristas que involucran a diversas áreas científicas. Que no coinciden. En muchos casos se maneja sólo la información reciente sin estudiar la histórica. Las conclusiones que medianamente se basan en mediciones hechas en los últimos dos o tres siglos, representan una parte mínima en la evolución del clima desde que la Tierra generó vida humana.

El conflicto surgió con el llamado imperativo malthusiano, idea tomada de su autor, John Malthus (1766-1834). Consiste en una teoría económica: el crecimiento de la población será siempre geométrico pero los recursos para la sobrevivencia serán aritméticos, por lo que una parte sustancial de la población se mantendría en la pobreza al carecer de recursos suficientes para su subsistencia. Consecuentemente, situaciones represivas (guerras o pandemias) ayudan al equilibrio. Esta y otras ideas de Malthus inspiraron las de Charles Darwin sobre la selección natural y su teoría de la evolución. También críticas de Karl Marx, quien tildó de superficiales muchos de sus conceptos y defendió que el progreso implica la obligación de generar recursos suficientes para el desarrollo armónico de la sociedad sin necesidad de crisis extremas. Las ideas de Malthus también se aplicaron, por extensión, al medio ambiente: su propuesta de sobre-explotación de los recursos naturales implica que la naturaleza se deteriora. Consecuentemente la pobreza se incrementa.

Las tesis primordiales de Malthus en torno al medio ambiente y el progreso fueron cuestionadas, una vez que comenzó a hablarse de cambio climático, por Julian Lincoln Simon (1932-1998), economista que planteó lo contrario: la población permite incrementar el consumo y mejorar el ambiente. Esta idea fue refutada por el entomólogo Paul Ehrilch (n. en 1932) quien sostuvo que el medio ambiente se destruye en cuanto las condiciones de vida humana mejoran. Esto Simon lo criticó como una mentira total y lo explicó a detalle en sus libros The Ultimate Resource (1984) y The State of Humanity (1995). En ellos asegura que el libre mercado es lo mejor para un medio ambiente óptimo y el principal recurso para mejorar la calidad de vida.

La polémica idea de Simon fue retomada por otro especialista en el medio ambiente, Bjørn Lomborg (n. en 1965), autor de un libro y una teoría que invita a enormes discusiones: El ecologista escéptico (1998).

Ecologista, escéptico, crítico

Lomborg toma para su provocador libro las propuestas de Simon acerca de que el conocimiento del medio ambiente es bastante rudimentario y se sostiene con ideas preconcebidas y estadísticas poco confiables. Utilizando esto como cimiento, Lomborg trabajó con sus mejores estudiantes de estadística para analizar los datos propuestos por Simon. Propone que la sociedad en su conjunto decida sobre políticas ambientalistas y no las organizaciones dedicadas a ello ni los grupos de presión política, que lucran con el tema prácticamente desconociéndolo. Lomborg refuta los argumentos principales utilizados por las organizaciones ecologistas y los desmenuza a partir de cómo se afecta el bienestar y la prosperidad humana, mostrando los daños que generan mensajes pesimistas sin rigor científico, difundidos por diversas organizaciones ambientales. El impacto negativo viene con la repetición y difusión por los medios de comunicación. Creándose así un ambiente de pánico colectivo.

Sin duda, Lomborg es un opositor total al manejo actual sobre la ecología en los medios, a los que acusa de servir a una letanía que sólo produce miedo sin presentar soluciones viables: la idea de promocionar una catástrofe inminente vende más que preocuparse por la economía. El pánico, dice, frena el bienestar humano.

Lomborg sostiene que la salud y la esperanza de vida han aumentado y se han mantenido estables y que la lucha contra el hambre logra avances si se mantiene la producción. Retomando estadísticas publicadas por organismos internacionales, su argumento es que la frialdad de los números revela la simple verdad, sin manipulaciones políticas. Así que, por ejemplo, la sobrepoblación no es en esencia un problema. Sino que núcleos densamente poblados, frente a otros similares donde la única diferencia es el ingreso per cápita, son los que provocan desigualdad y pobreza. En efecto, a lo largo del siglo XX, a pesar de guerras y enfermedades, la humanidad gozó de prosperidad sin precedente, ante, claro, un desequilibrio en la distribución de la riqueza.

Esta distribución de la riqueza tiene que ver con la sustentabilidad de la vida y el progreso humanos. Por lo que los recursos renovables como los no renovables deben usarse racionalmente. Para Lomborg, el aumento de la productividad va unido al rendimiento de la tecnología empleada para la producción de alimentos, lo que ayuda sin duda al crecimiento económico de países en desarrollo. Aparentemente, se puede producir más comida para más gente ayudando a países y regiones enteras.

Energía y progreso

En otra de sus tesis Lomborg cuestiona que, a pesar de haberse perdido veinte por ciento de la cubierta forestal desde que se inició la agricultura, y de que en muchos casos se continúa con esta deforestación a consecuencia de una mala planeación de la agricultura, esto se debe a la pobreza. De planearse de otra forma o de aplicarse con mejores recursos, la agricultura prosperaría sin afectar al medio ambiente, el que Lomborg considera se ha mantenido estable desde fines de la Segunda Guerra Mundial. Sólo la mala gestión de los bosques es lo que provoca su deterioro. Sin embargo, se han estado tomando medidas y el consumo de madera y papel, según estadísticas oficiales, se cubre apenas con el cinco por ciento del área forestal actual.

La cuestión más polémica que maneja Lomborg tiene que ver con la energía. Entre sus principales tesis está que en la actualidad existen suficientes fuentes de energía fósiles para sostener el desarrollo humano hasta que las fuentes renovables sean más económicas. En la actualidad no lo son, antes al contrario, generan un excesivo gasto que provoca daños estructurales a las economías de los países. En la actualidad conseguir energía limpia resulta oneroso; sus resultados son magros. Paradójicamente, con los procesos actuales se produce más contaminación que la que se supone debe evitarse.

Las fuentes de energía renovables representan al día de hoy cerca del 15 por ciento de la producción mundial de energéticos. La conforman la hidroeléctrica, la de carbón vegetal, le geotérmica, la eólica, la solar y la biomasa. También está la nuclear, que Lomborg considera la más limpia porque no genera CO2. A pesar de la mala prensa que tiene, parece una salida viable. Su único pero es que exige enorme seguridad y que sus residuos son nocivos; quedan activos por cientos de años y, en las manos equivocadas, sirven para producir armas a base de plutonio. Entre otras fuentes que menciona como viables, están el gas metano, las arenas de alquitrán y el aceite de esquisto bituminoso que ahora se conoce por su denominación en inglés, shale.

El análisis que Lomborg hace de las fuentes de energía lo lleva a una serie de conclusiones que cuestionan los resultados del GIECC. Considera que los parámetros que maneja esta organización son limitados y tendenciosos, porque el clima es una materia por definición caótica, con múltiples variables. Incluso, basándose en los mismos resultados que critica, Lomborg establece que ni la salud humana ni la agricultura están en riesgo. Su conclusión políticamente incorrecta es que el llamado calentamiento global no debería ni de lejos preocuparnos.

Propugna por la utilización racional de los datos adecuados para crear una verdadera conciencia ecológica que no impida la mejora en la calidad de vida de las personas y beneficie a la economía de los países. Con ello se evitarían campañas de terror que confunden mucho a la población y en nada ayudan al calentamiento global ni al cambio climático. Muchas soluciones son hoy increíblemente onerosas y afectan al progreso, en especial el de los países con menores recursos.

Impuesto a las emisiones de carbono

En su libro Cool It (2007) Lomborg dice que para evitar el calentamiento global hay que dejar de lado los argumentos emocionales o asumir como ciertas muchas ideas que carecen de sustrato científico real; intentar detenerlo tendrá poco impacto sobre la temperatura en los siglos por venir. Propone, pues, que se establezca un impuesto a las emisiones de carbono.

La idea no es nueva ya que el carbono aparece en combustibles como el carbón vegetal, el petróleo y el gas natural que al consumirse queda en la atmósfera como dióxido de carbono (CO2), generando el conocido efecto de invernadero. Aunque las fuentes de energía que no exigen combustión (eólica, solar, hidroeléctrica y nuclear) no generan CO2, aún son imposibles de financiarse. Por eso el impuesto a las emisiones de carbono se considera viable: reduciría las emisiones de gases con efecto invernadero y limitaría la producción y comercialización de combustibles fósiles.

Este impuesto se basa en una teoría económica que sostiene que tasar al carbono de forma indirecta, no afecta al ingreso, como lo hace un impuesto directo. En consecuencia, se generaría una energía más limpia puesto que nadie querría pagar un impuesto sobre contaminantes de carbono, los que de acuerdo al protocolo de Kioto deben regularse.

La opción del impuesto es atractiva; su base teórica fue establecida por Arthur Pigou (1877-1959), quien propuso tasar los combustibles a base de hidrocarbonos a partir de determinar su efecto negativo manejando un costo real de producción, basándose en el efecto que genera ésta en el insumo. Este tipo de impuesto se llama pigoviano, obviamente en honor de Pigou, y equilibra los costos marginales de los daños producidos por esos elementos extra presentes en la producción de combustibles. Quiere esto decir que el impuesto se aplica sobre lo que económicamente se define como externalidades. O sea, que el costo de producción o consumo de algún bien, en este caso de combustibles fósiles, no se refleje en su precio al público. Las externalidades afectan a terceros sin que estos paguen o sean compensados por ello. En este sentido el impuesto al carbono podría funcionar aunque hay, por supuesto, resistencia y no todos los países están de acuerdo en aplicarlo.

Sin embargo, ésta es, para muchos, una de las mejores iniciativas para contener y modificar tanto el cambio climático como el calentamiento global. Existen, por supuesto, otras iniciativas, contempladas en el Protocolo de Kioto, que deberían cumplirse escrupulosamente. Sin embargo, lo fundamental es no sólo reducir las emisiones sino crear una energía limpia y renovable que ayude al crecimiento económico. Dado lo caótico que es la naturaleza, la apuesta sigue estando en el futuro.

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