UN SIGLO SIN EL DR. ESPERANTO

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por Rolando Baca Martínez

Hace exactamente 100 años, el 14 de abril de 1917 falleció el oftalmólogo y lingüista aficionado ruso Ludwik Lejzer Zamenhof, quien ha pasado a la posteridad como el padre del esperanto, la más difundida de las lenguas universales o internacionales.

Su invención fue resultado directo de las circunstancias que vivió su creador, ya que Zamenhof se crió en un zona que era punto de cruce y convivencia de diversos grupos humanos: polacos, judíos, alemanes y rusos, amén de zona de confrontación religiosa, en la que coincidían en un mismo lugar judíos, católicos y cristianos ortodoxos.

Hombre de su tiempo

Zamenhof nació el 15 de diciembre de 1859 en Bialystok, ciudad que entonces formaba parte del imperio ruso pero que desde 1920 pasó a ser territorio de Polonia, y en la que desde niño comenzó a aprender idiomas. Los habituales eran el ruso, el polaco y el yiddish, el cual se hablaba en la casa paterna puesto que la familia era de religión judía, tal característica también le permitió ser bastante fluido en su manejo del alemán —dado el parentesco entre estas dos lenguas—; además, como parte de su vida escolar aprendió latín, francés, griego clásico e inglés. Por otra parte, como complemento de su formación religiosa, estudió y manejó el hebreo. Se sabe que también se interesó en las lenguas romances como el español, el italiano y el portugués, pero sólo aprendió de ellas los aspectos básicos.

En 1873 la familia Zamenhof se trasladó a Varsovia, ciudad en la que Ludwik recibió la instrucción secundaria. Años después hubo de instalarse en Moscú para estudiar la carrera de medicina, titularse y posteriormente optar por la especialidad de oftalmología, para finalmente regresar a ejercer en 1898 a la hoy capital polaca.

El ideal sionista

Durante su etapa como universitario, Zamenhof comenzó a vincularse con el movimiento sionista de la comunidad judía a la que pertenecía, ante el creciente sentimiento antisemita en Europa. Como objetivo principal del sionismo se hablaba del retorno de los judíos a Palestina y la formación de una nación que recibiera y congregara a toda la diáspora hebrea. A este respecto, mientras los judíos se imaginaban a sí mismos reunidos de nuevo en un solo lugar para habitar una tierra común, él comenzó a preocuparse por los detalles de esa utopía en la que, de realizarse, habrían de convivir grupos humanos que ya no tenían entre sí más lazo que el religioso, aunado al hecho de que el territorio palestino estaba ocupado ya para ese momento por pueblos árabes con los que tendrían que aprender a compartir la ancestral tierra originaria.

Para lograrlo, Zamenhof consideró que era necesario contar con un idioma que sirviera como lingua franca entre todos los judíos y que no otorgara preponderancia ni favoreciera a ningún grupo sobre otro, pues se pretendía que en la nueva nación todos sus habitantes fueran iguales entre sí, sin privilegios históricos o económicos.

Si bien el hebreo era la lengua histórica del pueblo judío, para entonces se consideraba ya una lengua muerta, cuyo resucitamiento se veía como punto más allá que complicado, dado el uso de un alfabeto distinto a los que por entonces empleaban ya en la cotidianidad los ocupantes en ciernes de la futura nación judía. Y aunque el hebreo tenía numerosos defensores y simpatizantes que deseaban que se reviviera como lengua nacional de los judíos, Zamenhof era bastante realista y consciente de las dificultades, por lo que era más bien partidario de la adopción de un idioma neutral, que bien podría ser uno artificial, de los que por entonces comenzaban a desarrollarse.

Una lengua artificial

Desde niño, Zamenhof fantaseaba con la idea de que el mundo contara con un solo idioma y consideró inicialmente que lo mejor para ello sería revivir lenguas clásicas como el griego o el latín, pero uniéndolas en una versión simplificada que facilitara su acceso a toda la gente. Conforme avanzó, se dio cuenta que eso sería una tarea bastante ardua y decidió virar su objetivo hacia la creación de un idioma nuevo. Siendo ya un adolescente, se puso a trabajar en ello hasta pulir una primera versión de lo que llamó inicialmente lingwe uniwersala (“lengua universal”) y que tuvo terminado incluso un año antes de la presentación pública del volapük —otra lengua artificial— en 1879. No obstante, justo por esa época llegó el momento de optar por una carrera universitaria y tras elegir la medicina como su profesión, tuvo que prometer a su padre concentrarse en sus estudios profesionales hasta concluirlos. Sólo entonces retomaría su interés por las lenguas internacionales. Por razones que hasta hoy se desconocen, mientras Zamenhof se preparaba como médico, su padre quemó el manuscrito en el que tantos años había invertido su hijo, por lo que éste tuvo que comenzar desde cero a partir de 1881, luego de que su progenitor le confesara lo que había hecho.

En el ínter, el sacerdote alemán Johann Martin Schleyer publicó en una revista el texto seminal que constituyó la presentación del volapük, lengua artificial que reinterpretaba elementos del alemán y el inglés (pero deformándolos hasta hacerlos irreconocibles y dotándolos de una gramática diferente), Zamenhof de inmediato se inscribió en un círculo de estudio de tal lengua en el que, conforme avanzaba, encontraba múltiples imperfecciones, una de ellas la complejidad misma de sus reglas gramaticales y pronunciación. Por el contrario, según él eso debía ser lo más simple posible si lo que se deseaba era contar con una auténtica lengua universal.

Ante todo, las lenguas artificiales buscan ser una simplificación de las lenguas naturales, tanto en su fonética como en lo sintático. Sin embargo, Zamenhof consideraba que, a diferencia de sus predecesores y contemporáneos, el instrumento de comunicación que aspirara a tener carácter universal, debía ofrecer neutralidad en el origen de sus elementos: en ello estribaría su aceptación y difusión mundial. Y para garantizar su éxito, también se necesitaba dotarlo de belleza sonora, por lo que tuvo una fuerte inclinación hacia las lenguas romances, que por entonces se tenían como las más bellas por ser abiertamente vocales y no tan nasales o guturales como, por ejemplo, las nórdicas.

Decepcionado entonces con las limitaciones que encontró en el volapük del padre Schleyer —quien por cierto se negó a revisar su creación y a hacer los ajustes necesarios, pues según sostenía Dios mismo le había ayudado a crearla—, Zamenhof decidió revivir su proyecto de la lingwe uniwersala, valiéndose de lo que pudo rescatar, pese a la desaparición de sus notas, apoyándose tan sólo en su memoria. Así pues, utilizó hasta donde pudo su propuesta original pero aprovechó para dotarla de elementos nuevos en las partes en que los iniciales ya no le convencían o puliendo otros que fueron incorporándose durante el desarrollo del proyecto.

Dr. Esperanto

Así, en 1887 salió a la luz un texto escrito en ruso y publicado en la ciudad de Varsovia bajo el título Lengua universal. Prefacio y método completo, firmado por un tal Dr. Esperanto, que no era más que el seudónimo que L.L. Zamenhof utilizó y que significaba “Doctor Esperanzado”, el cual se convirtió casi de inmediato en el nombre asociado a la nueva lengua, llamada ahora Internacia lingvo. La propuesta era un idioma que mezclaba raíces y gramática de diversas lenguas indoeuropeas con algunas estructuras del griego y el latín clásicos.

Cabe señalar que para ver hecho realidad el sueño de publicar su libro, Zamenhof había invertido el dinero que estaba reservado como su dote de boda. Para su sorpresa, aquella primera edición en ruso tuvo una buena aceptación, lo que le llevó a ser alentado por sus conocidos a sacar a la luz versiones en polaco, alemán y francés, a las que poco después se agregaría una más en inglés. Para 1889, año en que por cierto se publicó la primera traducción al español, el esperanto ya había cumplido su primer objetivo de contar con mil hablantes. Una década después, el esperanto ya había dado el salto transcontinental y se habían establecido círculos de estudio en Estados Unidos, China y Japón.

Epílogo

El esperanto sufrió su primer cisma en 1907 —diez años antes de morir su creador— cuando el representante del círculo esperantista francés, Louis de Beaufront, propuso una serie de reformas al idioma, surgiendo una confrontación con aquellos que mantenían una postura ortodoxa o fundamentalista, al querer que se mantuviera apegado a la Declaración suscrita en el primer congreso realizado en Boulogne, Francia, en 1905. De esta escisión, nació el ido (Idiomo di Omni o “idioma de todos”) que era un esperanto reformado, aunque no contó con la misma aceptación que su predecesor.

Otro golpe fuerte vino con la Primera Guerra Mundial que hizo tomar fuerza a los nacionalismos y regionalismos, cancelando de súbito los esfuerzos universalistas y los sueños de un mundo sin fronteras. En el ínter y como ya se señaló, murió en 1917 el Dr. Esperanto, sin ver cumplido su anhelo: que la humanidad empleara una lengua común, sino por el contrario, atestiguó un planeta dividido y enfrentado por el odio.

Paradójicamente y pese a que Zamenhof había creado un instrumento de comunicación que procuraba ser universal cuyo objetivo esencial era acercar y unir a los pueblos, a sus hijos Adam, Sofía y Lidia les tocó sufrir en carne propia la incomprensión y la desunión de la humanidad pues en su calidad de judíos fueron víctimas del holocausto nazi tres décadas después.

Hoy, el esperanto cuenta hasta con 2 millones de hablantes distribuidos en todo el mundo, la mayor parte de ellos estudiantes, aunque se estima que podría haber unos dos mil hablantes genuinamente “nativos”, criados en hogares de esperantistas que procuraron hablar casi exclusivamente dicha lengua, a veces no tanto por difundir el esperanto, sino porque en un tiempo corrió la idea de que su aprendizaje potenciaba la creatividad y la comprensión de varios idiomas.

Asimismo y pese a que el esperanto es la lengua artificial que más aceptación generó y mayor número de hablantes tiene actualmente en el mundo, la realidad es que en los hechos ha sido el inglés la lengua que se emplea como vehículo de comunicación entre los pueblos no anglosajones, siendo hoy el verdadero idioma internacional.

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