Historia de los antibióticos (1a. parte)

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POR LA C.D. C.M.F. CATALINA MUÑOZ VELÁZQUEZ

El término antibiótico literalmente significa “contra la vida”, en este caso contra los microbios. Existen diferentes tipos de antibióticos, algunos son eficaces contra varios organismos y se conocen como antibióticos de amplio espectro; mientras que otros sólo sirven para matar unos cuantos microorganismos y se les llama antibióticos de espectro reducido. Miles de millones de bacterias microscópicas viven en la piel, sistema digestivo, cavidad bucal y garganta, así como en otras partes del cuerpo. En la era anterior a la aparición de los antibióticos 90 % de los niños que se contagiaban con meningitis bacteriana fallecían y si llegaban a sobrevivir quedaban con graves discapacidades. Las infecciones faríngeas eran a menudo mortales y las del oído podían pasarse al cerebro.

En los pueblos indígenas de los diversos continentes siempre se han curado las heridas o los procesos infecciosos con plantas medicinales de una gran diversidad de formas, tamaños, actividades y nombres. México no es la excepción y existen grandes tratados antiguos sobre estos temas, es más los antiguos conquistadores elaboraron gandiosos códices al respecto.

Cuando se revisa la historia de los padecimientos, es impresionante conocer que una enfermedad podía matar a una persona, aunque fue-ra fácilmente controlable, esto obviamente porque desde la aparición del hombre las enfermedades apa-
recen sin control. La lucha contra las mismas fue motivo de grandes investigaciones y trabajos al respecto, pero sin seguir un protocolo muy rígido. Los principios de esterilización, asepsia y antisepsia no se conocían, además era
muy fácil que un individuo se infectara y muriera a consecuencia de una sepsis. Los métodos para controlar el avance de las infecciones en ocasiones incluían la mutilación de un dedo, mano, brazo o pierna. Y aun así el mal infeccioso podía seguir progresando y matarlo. La calidad de vida era mala y un ser humano no llegaba más allá de los 40-50 años de edad. Como se lee en este artículo, es a fines del siglo XIX y principios del XX cuando esto logra controlarse, aunque no del todo.

Es difícil definir cuándo comienza la historia de los antibióticos, o mejor dicho, de los quimioterapéuticos; sin embargo, puede afirmarse que en los primeros años del siglo XX, cuando Paul Ehrlich anunció la eficacia del salvarsán para el tratamiento de la sífilis, muchos pensaron que la lucha contra las enfermedades infecciosas había sido ganada. Lo promisorio de este hallazgo, sin embargo, no sirvió para estimular la investigación y el descubrimiento, ya que, en 1914 al estallar la Primera Guerra Mundial y durante seis largos años, la atención de las urgencias impidió pensar en desarrollos futuros. Después de 1920, nuevamente se inicia el proceso creador y surgen novedades en el terreno de los protozoodicidas como la atebrina para el tratamiento del paludismo o de la triparsamida para combatir la enfermedad del sueño.

Los antibióticos son sustancias naturales, semisintéticas o sintéticas que a concentraciones bajas inhiben el crecimiento o provocan la muerte de las bacterias. Desde la antigüedad el ser humano ha utilizado compuestos orgánicos para el tratamiento de las enfermedades infecciosas, como el extracto de algunas plantas y hongos de algunos quesos. En el siglo XIX, el prestigioso francés Louis Pasteur descubrió que algunas bacterias saprofitas podían destruir la bacteria del ántrax.

En 1900, el bacteriólogo alemán Rudolf von Emmerich aisló una sustancia que podía destruir los microbios causantes de cólera y difteria en un tubo de ensayo, pero no pudo aplicarlo en el tratamiento de estas enfermedades. Puede afirmarse que la historia de los antibióticos comienza en 1928, cuando un científico británico llamado Alexander Fleming, descubrió la penicilina. Es importante no olvidar la aportación de Paul Ehrlich, quien estudió la relación entre composición química de los fármacos y su modo de acción sobre el organismo, así como sobre las células diana a la que iban dirigidos. Entre sus objetivos estaba encontrar productos específicos que tuvieran afinidad por los organismos patógenos y por ello, habló de “balas mágicas”, es decir, actuar sobre el agente que causa la enfermedad sin dañar al huésped. La idea de matar a los microorganismos mediante el uso de agentes químicos era anterior a Ehrlich.

En 1886, Unna utilizó el ictiol y la resorcina en dermatología; Koch, por su parte, empleó el cloruro mercúrico; Biebrich, en 1882 el rojo escarlata; Laveran, Koch y Shiga utilizaron el atoxil (obtenido en 1860 por Béchamp), para tratar la tripanosomiasis.

Tras muchos estudios, con decenas de sustancias químicas y el uso riguroso del método científico, Ehrlich comenzó la labor de convertir el atoxil en un tóxico para el microorganismo patógeno que tuviese escasa o nula repercusión sobre el organismo huésped (enfermo). De este trabajo surgió el compuesto 606, al que puso el nombre de salvarsán o “arsénico que salva”, el cual se utilizó para el tratamiento de la sífilis. Se observó, que éste producía ciertos efectos secundarios, por lo que Ehrlich fue muy criticado por sus adversarios. A pesar de que se trató de retener el producto hasta haberlo probado en centenares de pacientes, no se pudo evitar la demanda creciente del nuevo fármaco. El salvarsán tuvo otro tipo de enemigos: la iglesia ortodoxa rusa, por ejemplo, consideraba que las enfermedades venéreas no debían tratarse, porque eran un castigo de Dios a la inmoralidad. Por otro lado, la policía alemana tampoco apoyaba su comercialización para evitar la prostitución. Pasaron cuatro años para que Ehrlich sustituyera el 606 por el 914 o neosalvarsán, producto más soluble, fácil de usar y que no perdía eficacia.

Años más tarde un científico británico, Alexander Fleming, en septiembre de 1928, se encontraba realizando varios experimentos en su laboratorio cuando al vigésimo segundo día, tras inspeccionar sus cultivos antes de destruirlos observó fortuitamente que la colonia de un hongo había crecido espontáneamente, como un contaminante, en una de las placas de Petri sembradas con Staphylococcus aureus. Fleming se dio cuenta que las colonias bacterianas que se encontraban alrededor del hongo (Penicillium notatum) eran transparentes debido a que se había producido muerte bacteriana.

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