Afrontando la dismorfofobia

Por Jorge R. Guerra Vázquez Mellado Especialista en Psicología Clínica.

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El aislamiento social, depresión y ansiedad suelen ser consecuencia de un Trastorno Dismórfico Corporal.

Se caracteriza por una preocupación del aspecto físico respecto a un defecto que puede ser real o imaginario, lo que suele ocasionar malestar significativo a nivel emocional y social, por lo tanto el diagnóstico, así como el tratamiento médico y psicológico, revisten fundamental importancia.

La dismorfofobia se caracteriza por tener como sustrato una alteración en la apariencia o en el cuerpo en general, que puede llegar a ser identificada en alguna zona específica, como por ejemplo, la cara, el tronco, las extremidades, entre otras.

De acuerdo con el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-V), este padecimiento se encuentra dentro de los trastornos somatomorfos, y es llamado Trastorno Dismórfico Corporal. En términos de prevalencia, se ha  determinado, en centros dermatológicos y de cirugía cosmética, que puede estar entre 6 y 15 % a nivel mundial.

El trastorno puede desencadenarse durante la niñez, sin embargo es más frecuente en la adolescencia (debido a que es en esta etapa donde comienzan los cambios corporales), y no es de extrañar que se mantenga hasta la edad adulta gracias a que en ese periodo el individuo es más consciente de la relación que tiene con su entorno, además de ser objeto de los estereotipos sociales y los prejuicios de quienes lo rodean.

Sin lugar a duda las personas experimentan diferentes tipos de fobias respecto a su género, ya que se esperan cosas distintas de acuerdo con lo femenino y masculino dentro del rol que deben desempeñar. Aunado a esto, el impacto de los medios de comunicación y redes sociales hacen que las personas tiendan a buscar un ideal de belleza basado en lo que se observa a través de estos medios, generando así ideales distorsionados, ya que muchos de estos modelos se encuentran alterados o editados por programas de diseño, y muestran personas con proporciones totalmente diferentes a las reales.

No existe un modelo terapéutico específico para tratar un Trastorno Dismórfico, sin embargo si hay distintas técnicas, de acuerdo con diferentes corrientes psicológicas, para trabajar ante este padecimiento que cada vez es más frecuente.

En primer lugar es importante darnos cuenta si la persona tiene un problema real a diferencia de uno imaginario, como por ejemplo el acné en la adolescencia, el cual podría mejorar al acercarse a especialistas en dermatología, controlando las bases fisiopatológicas del padecimiento y los problemas derivados de éste. Por lo tanto aquí el trabajo psicológico estará enfocado en proporcionar orientación e información para que pueda empezar una terapia adecuada y deje de padecer dicha inconformidad.

En segundo término, es fundamental mantenerse con una actitud empática en todo momento; es decir, de observación, exploración constante y entendimiento de lo que al individuo le aqueja, ya que quien manifiesta esta alteración suele proceder de entornos en los cuales pudieron llegar a desarrollarse sentimientos de desventaja por el problema corporal, o de hostilidad en el ambiente en el cual se les ha rechazado o juzgado, no sólo por su apariencia, si no también por su conducta obsesiva secundaria a los rituales que ha desarrollado para mejorar la primera.

Es digno de destacar que también debemos tomar en cuenta la cultura en la que nos encontramos, es decir, la o las influencias en relación con la belleza, lo estético y la industria de la moda, para poder observar las tendencias referentes al cuerpo y lo que se espera de él; esto, como terapeutas, nos será de mucha utilidad al estar frente al paciente, ya que podremos entender mejor por qué la persona localiza su atención en esa parte de su cuerpo, qué influencia social tiene, y la manifestación sintomatológica del mismo.

Una vez en consulta es esencial elaborar una historia clínica, la cual nos permitirá explorar el origen del padecimiento, ayudándonos a responder cuestionamientos como: ¿desde cuándo surgió?, ¿qué área o áreas de su cuerpo se relacionan o están comprometidas con esto?; además de interrogar sobre la temporalidad, investigando si esta parte (o partes) del cuerpo ha causado preocupación reciente o a lo largo del tiempo, etc., todo lo anterior con el fin de poder comprender el inicio de la afectación y el foco de atención personal, para poder abordar el problema de manera objetiva e integral.

Un punto que no se debe dejar pasar por alto es el autoconcepto, o en otras palabras, la autoestima, ya que si fortalecemos esta área, el paciente podrá incrementar su seguridad y el desenvolvimiento en el ámbito social. A la vez, debemos impulsar la construcción de la belleza y lo estético desde un modo de vista personal con el fin de que la persona pueda diferenciar lo real de lo estereotipado, siendo capaz de crear modelos propios a diferencia de los modelos existentes, no sólo del cuerpo humano, si no también de todo aquello que lo ha limitado y que ha generado comportamientos determinados por creencias o ideas preestablecidas.

En conclusión, vale la pena remarcar que cuando identifiquemos que una persona no se siente cómoda con alguna parte de su cuerpo debe ser estimulado a buscar apoyo, ya sea de médicos o terapeutas especializados, con la finalidad de evitar que la inconformidad se convierta en una situación que repercuta ampliamente en su calidad de vida, siendo trascendental que todo profesional de la salud se mantenga atento y actualizado ante este tipo de casos para lograr despertar en todo momento en el paciente la conciencia de que la belleza esencial radica en el interior.

La identificación y abordaje oportuno, más el apoyo de quienes rodean al individuo afectado son pilares fundamentales del tratamiento.

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