Una mirada alrededor de la LEPRA

Por Cristina Mendoza

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A pesar de que los testimonios históricos no aludan claramente a los síntomas de este mal, no cabe duda que ya existía en Oriente desde la más remota Antigüedad. Los casos comprobados en momias egipcias que datan de dos mil años antes de nuestra era atestiguan las huellas de la lepra. 

En el Viejo Testamento, libro sagrado de los hebreos, existen repetidas menciones, sobre todo en el Levítico, de la impura enfermedad conocida como Tzaraat; sin embargo cuando los eruditos de Alejandría tradujeron este documento al griego, Tzaraat fue traducida como “lepra”.

Cabe señalar que la medicina griega llegó al occidente por medio de manuscritos arábigos que se tradujeron al latín; la palabra arábiga que fue interpretada como lepra no fue otra sino Juzam, que era el término para definir la elefantiasis de los griegos. Esto propició que se estableciera una relación que nunca debió haber existido entre la lepra de los latinos, el juzam de los árabes, la lepra de los griegos y el tzaraat de los hebreos.

Por otra parte, al decaer el Imperio romano, el cristianismo se apoderó de un mundo influenciable y débil que necesitaba desesperadamente creer en algo. Las ideas cristianas de salvación y perdón echaron raíces en este nuevo mundo, y llegaron a él en los textos de la Biblia. Vale decir que las ideas medievales sobre la lepra surgieron de los erróneos preceptos bíblicos. La Biblia es, sin duda alguna, el libro en el que la enfermedad adquiere alta importancia histórica y social, es probable que la mayoría de los casos de lepra que se refieren en ella no sean como la conocemos hoy, sino otros padecimientos dermatológicos.

Es interesante destacar que en los Evangelios, para aludir al acto en el que Jesús sana a los leprosos de sus males, el término que se utiliza no es “curar”, sino “limpiar”. Esto signifca, sin lugar a dudas, que la lepra no era considerada como una enfermedad, sino como un signo de impureza y suciedad.

Nacen los lazaretos

Existe suficiente testimonio para demostrar que la lepra estaba bien arraigada en Europa, mucho antes de la primera Cruzada (1096) y que en los siglos XII y XIII aparece una pandemia que se describe como “lepra” y, dado que no existía ningún remedio eficaz contra esta enfermedad, no quedaba otra solución que aislarlos de sus semejantes en lazaretos, nombre que se deriva del antiguo Hospital de San Lázaro, fundado por el Rey Balduino II en Jerusalén en el año 1118 de nuestra era, donde se acogían a pacientes leprosos de diversos lugares. Sin embargo, otras fuentes refieren que el nombre de Mal de San Lázaro se debió a que en la isla de San Lázaro, en Venecia, existió uno de los primeros leprosarios, surgidos por la necesidad de proteger a los enfermos de la población fanática y supersticiosa, que promovía intensas persecuciones sobre ellos, para prohibirles su entrada en las comunidades, pues era casi demencial su miedo al contagio.

Hoy día se sabe que la lepra no es un castigo divino, sino una enfermedad infecciosa difícil de transmitir, causada por el bacilo Mycobacterium leprae. De acuerdo con la Secretaría de Salud, es un problema de salud pública en muchas regiones del planeta y lo sigue siendo en algunas zonas geográficas de México. En el Estado de México se encuentra el Hospital Pedro López, último nosocomio para tratar la enfermedad también conocida en el nombre bacilo de Hansen. El tratamiento oportuno y adecuado de cada paciente, es una acción clave para disminuir el número de casos.

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