Síndrome de Fatiga Crónica, características e integración diagnóstica

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Por el Dr. Eduardo Calixto González
Neurofisiólogo. Jefe de Neurobiología del Instituto Nacional
de Psiquiatría “Ramón de la Fuente”.

Además de una anamnesis y evaluación del estado físico profundos, es recomendable implementar el análisis del estado mental, ya que al no contar con estudios específicos para la confirmación diagnóstica, se deben descartar otras patologías.

El término de síndrome de fatiga crónica (SFC) se refiere a un conjunto de signos y síntomas que se presentan de manera crónica con episodios agudos. Puede durar desde meses hasta años, si no se trata.

La fatiga se caracteriza por la presencia de una sensación de agotamiento precoz, intratable, persistente e inexplicable, acompañada de un sueño no restaurador, que ocasiona dificultad para realizar cualquier actividad física o intelectual.

Normalmente está ligada a un desgaste profesional y emocional, también se ha asociado con niveles altos de estrés, sin embargo se desconocen su etiología y patogenia.

Es un trastorno psiquiátrico en el que intervienen elementos biológicos, psicológicos y ambientales.

Es importante diferenciar el SFC de la astenia, disnea, debilidad muscular o trastornos del estado de ánimo.

Según su duración se puede clasificar en:

• Fatiga aguda, su duración es menor a una semana.

• Fatiga transitoria, con una duración mayor a siete días y menor a un mes.

• Fatiga prolongada, tiene una duración mayor a 30 días y menor a seis meses.

• Fatiga crónica, cuando sobrepasa los seis meses de duración.

La evolución clínica es muy variable, se pueden presentar periodos de mejoría espontánea seguidos de periodos de notorio empeoramiento, estas oscilaciones a menudo obligan al paciente a reducir sustancialmente sus actividades físicas e intelectuales cotidianas, incluso puede resultar una condición invalidante.

Los principales síntomas son:

• Deterioro sustancial de la memoria o la concentración a corto plazo.

• Nódulos linfáticos sensibles.

• Mialgias y artralgias múltiples (sin hinchazón o eritema).

• Cefaleas, insomnio o alteraciones del sueño (o ambos).

• Alteración en las funciones cognitivas.

• Malestar general que persiste después de realizar cualquier esfuerzo.

Muchos individuos suelen presentar depresión, ansiedad, enojo, irritabilidad, cambios en el peso corporal, alteraciones en los hábitos alimenticios, sentimiento de poca realización personal, distanciamiento afectivo, sudor nocturno, ataques de pánico o sentimientos fatalistas, rendimiento siempre a la baja, ahogo, sensación de hormigueo u otras alteraciones de sensibilidad.

Para el diagnóstico se debe realizar una anamnesis exhaustiva y un examen físico completo, en el que se incluya un análisis del estado mental. No existe ningún marcador diagnóstico específico, las pruebas de laboratorio e imagen ayudan en el diagnóstico diferencial a descartar otras posibles enfermedades.

Los síntomas deben presentarse por un periodo mínimo de seis meses de forma continua o recurrente, sin que exista un motivo específico de fatiga y sin que haya mejora respecto al reposo.

El SFC no presenta un empeoramiento progresivo que llegue hasta la invalidez funcional como sucede en otras distrofias musculares o en las enfermedades neurodegenerativas.

Los ámbitos intelectual y físico están afectados severamente, ya que se refiere agotamiento precoz intratable, persistente e inexplicable, acompañado de un sueño no restaurador

Existen otras patologías que comparten algunos de estos síntomas, lo que puede ocasionar confusión y retraso en el diagnóstico, entre las que destacan: fibromialgia, encefalomielitis miálgica, neurastenia, alta sensibilidad a sustancias químicas específicas, mononucleosis crónica, hipotiroidismo, la apnea del sueño y la narcolepsia, los trastornos depresivos graves, trastornos bipolares, esquizofrenia, trastornos del apetito, cáncer, enfermedades autoinmunes, trastornos hormonales, obesidad o infecciones como VIH. Incluso puede estar relacionado con el consumo de alcohol, drogas o algunos fármacos.

A la larga puede condicionar a padecer otras enfermedades como son los problemas cardiacos, diabetes o hipertensión, al igual que el empeoramiento de enfermedades
concomitantes.

En la actualidad no se cuenta con ningún tratamiento farmacológico para su manejo o para modificar su curso.

Las opciones terapéuticas con que se cuenta van dirigidas a paliar los síntomas, reducir los niveles de fatiga y el grado de dolor. Se pueden utilizar antiinflamatorios no esteroides, mineralocorticoides, antidepresivos y ansiolíticos.

Los nootrópicos, ya sea naturales o farmacológicos, pueden ayudar a elevar los niveles de concentración y memoria.

En algunos pacientes la terapia cognitiva conductual permite mejorar el grado de adaptación y la calidad de vida.

Es importante que los médicos expliquen al paciente lo que le sucede, ya que la mayoría señalan que su enfermedad les ocasiona incapacidad para cumplir con las responsabilidades familiares, sociales y laborales; al mismo tiempo existe en ellos una disociación entre una apariencia física saludable y un estado de fatiga constante, lo que repercute de manera negativa dentro de su entorno.

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