Autismo, novedades en su clasificación

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Por el Dr. Leonardo de Benito Avendaño
Especialista en Psiquiatría Infantil y de la Adolescencia.
Instituto de Neurociencias, Investigación y Desarrollo Emocional (INCIDE).

Aunque es difícil detectarlo desde el nacimiento se pueden tomar en cuenta factores que favorecen que un niño o niña sea susceptible de presentarlo.

Se debe utilizar el término de trastorno del espectro autista (TEA), y forma parte de los problemas del desarrollo neuronal. Bajo esta categorización se englobaron todos los trastornos catalogados como desórdenes generalizados de desarrollo, según la nueva clasificación diagnóstica del DSM-5. Agrupa desde el autismo clásico de Kanner, el síndrome de Asperger, el trastorno desintegrativo infantil, el trastorno generalizado del desarrollo no especificado y el trastorno de Rett.

Cada caso de autismo presenta características independientes y únicas, no pertenecen a un cuadro clínico uniforme, por eso, el concepto de TEA trata de hacer justicia a esta diversidad, reflejando la realidad clínica y social que facilite la comprensión de éstos e impulse programas de apoyo para las personas afectadas y sus familiares.

A partir de los 12 o 18 meses de vida, los padres pueden informar de ciertas anomalías del comportamiento, desarrollo del lenguaje, ausencia de contacto visual, falta de juego simbólico o presencia de retraso significativo.

Existen diferentes grados del TEA, que van desde un cuadro profundo de autismo con discapacidad intelectual y comorbilidad neurológica grave (como epilepsias), hasta el síndrome de Asperger, que son considerados los extremos del espectro autista claramente identificados, pero actualmente no es adecuado nombrarlos así, sino que tienen que englobarlos en el espectro autista. Existen subtipos, por ejemplo se dice que un paciente tiene TEA con o sin déficit intelectual; con o sin deterioro del lenguaje; si está asociado con una condición médica; o enfermedades genéticas; si existe la presencia de catatonía, y por supuesto, los niveles de gravedad que van del I al III.

Antecedentes familiares de autismo, factores desfavorables en la etapa prenatal, amenazas de aborto, sufrimiento fetal, bajo peso al nacer, entre otros, deben tomarse en cuenta para la identificación oportuna.

La dificultad tiene que ver con la comunicación y en el comportamiento; se puede diagnosticar un paciente con TEA pero sin déficit intelectual, con deterioro en la comunicación grado I en el comportamiento restringido grado III, esto habla de lo que antes era un síndrome de Asperger. Con esta forma de clasificación es posible atender las necesidades de cada caso.

El TEA se diagnostica de modo clínico, es decir, a través de la entrevista y basándose en la historia clínica. Se apoya en la observación del paciente por parte del especialista, familiares y educadores en centros escolares.

En relación con la aplicación de una prueba específica que determine que se trata de un TEA, como tal no existen, hasta el momento la tecnología no ha permitido eso. Pero en caso de existir otras comorbilidades, se recomienda realizar estudios como electroencefalograma para descartar epilepsia, ya que no es raro que también padezcan este problema. Además se pueden efectuar tomografías o RM si se sospecha de un daño neurológico, o pruebas genéticas, pero estas herramientas son utilizadas para descartar o encontrar otras enfermedades y no tanto para identificar al autismo.

La frecuencia del TEA es 3-4 veces mayor en hombres que en mujeres. La relación es dependiente del grado asociado de discapacidad intelectual. En el síndrome de Asperger, la relación hombre-mujer es de 8 a 1. Por su parte el síndrome de Rett afecta en su mayoría a mujeres.

Respecto a las opciones para abordar esta condición, y la razón por la cual se optó por cambiar el nombre por TEA, es precisamente para evitar caer en esquemas “tipo receta”. La intención es implementar terapias individualizadas; que el tratamiento sea un traje hecho a la medida de cada paciente, por lo que hay un abordaje específico para cada individuo que manifiesta cierto tipo de autismo. Cabe destacar que existe un consenso internacional que indica que la educación y el apoyo social son vitales para el tratamiento, complementarios de la medicación, y además hay programas terapéuticos como los desarrollados para los problemas específicos de conducta o la terapia cognitivo conductual para los trastornos psicológicos.

Lo que se recomienda es realizar entrenamiento psicosocial a los padres para cualquiera de los casos. Explicarles claramente a los educadores y responsables del menor, qué es el autismo, cómo se manifiesta, qué es lo que van a esperar, siempre tomando en cuenta la gravedad del problema del niño. Mientras la atención al paciente consiste en preparar en lo que respecta a las diferentes actividades sociales y terapia conductual con el fin de disminuir comportamientos que lo pongan en riesgo, o que causen problemas en su forma de relacionarse con otros. La educación debe ser intensiva para lograr que el menor aprenda nuevas competencias sociales, de comunicación, adaptación y de juego, al tiempo en que se disminuyen, en la medida de lo posible, los síntomas del autismo.

De igual forma se deben de atender todas las comorbilidades que se encuentren, por ejemplo, si existe déficit de atención e hiperactividad, ansiedad, o insomnio; al hacer esto, se puede mejorar considerablemente la calidad de vida del paciente.

El medicamento que se utiliza en pacientes con TEA en realidad no es para tratar el autismo, sino para disminuir los síntomas que le estén causando problemas. Pero como tal no existe un tratamiento, por lo que la evaluación e implementación constante de estrategias, que como fin último buscan el mayor beneficio, suelen ser fundamentales, sin dejar de lado que deben incluir abordajes multidisciplinarios.

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