Depresión y ansiedad en el anciano

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Por la Dra. Jacqueline Cortés Morelos
Miembro de la Asociación Mexicana de Psiquiatría
y de la Asociación Psiquiátrica Americana.

Tanto el trastorno depresivo mayor (TDM) como los de ansiedad podrían unirse en lo que se conoce como síndrome ansioso depresivo, el cual es bastante común en la población de adultos mayores (más de 60 años), segmento que en nuestro país incluye cerca de 11.7 millones de personas, lo que representa el 9.7 por ciento de la población total, según datos del Consejo Nacional de Población (Conapo) en 2014. De acuerdo con algunas estimaciones, se acepta que la prevalencia del trastorno ansioso depresivo en México es de 15-20 por ciento. Las mujeres se deprimen más que los hombres en una proporción de 2 a 1. Al parecer esta relación puede deberse a los cambios hormonales, ya que las mujeres empiezan con el problema durante la menopausia, caracterizada por las alteraciones en los cambios de ánimo.

Es importante destacar que el TDM tiene diferentes etapas y signos. Las personas que están deprimidas presentan tristeza la mayor parte del tiempo (duración de 15 días o más), dificultades en la capacidad de disfrutar, alteraciones en el ciclo sueño-vigilia, limitaciones para conciliar o mantener el sueño, alteraciones en el apetito (comen menos o más de lo habitual), problemas en la concentración, así como fallas en la memoria, entre otras.

Una característica importante por la gravedad que conlleva es la presencia de ideas relacionadas con fallecimiento, es decir, pueden compartir con otros, pensamientos de que les gustaría estar muertos.

En los cuadros ansiosos, los adultos mayores están muy preocupados la mayor parte del tiempo, tienen pensamientos catastróficos de la vida y muestran inquietud ante múltiples aspectos, como son: su enfermedad, la pareja, hijos, de lo que ven en otras personas, etcétera.

La ansiedad constituye un estado emocional de malestar y aprehensión que se desencadena ante una amenaza potencial (real o imaginaria) hacia la integridad física o psíquica del individuo. Hay una ansiedad normal relacionada con el estímulo, pero ésta se exacerba de un modo patológico, es decir, desproporcionada en intensidad y duración, lo que repercute en la funcionalidad global. El resultado del trastorno es la importante disminución en la calidad de vida, el agravamiento de cuadros depresivos y el incremento en el riesgo de suicidio.

Las alteraciones en la conducta de estos pacientes (tristeza, enojo, etc.) no deben ser consideradas como algo propio de su edad, ya que pueden ser signos de un padecimiento que debe ser tratado.

Algunos síntomas críticos que estos pacientes pueden presentar son dolores musculares, tensiones en espalda y cuello, dificultades para poder relajarse, sensación de falta de aire, opresión en el pecho, síntomas y signos gastrointestinales (como colitis nerviosa, acompañado de inflamación, periodos de estreñimiento y diarrea), nerviosismo, irritabilidad, de-sesperación y poca tolerancia ante otras personas, la cual frecuentemente genera que expresen enojo, altos niveles de frustración y respuestas groseras.

Como es sabido, no todos los pacientes de la tercera edad van a manifestar depresión o ansiedad, el que lo hagan o no depende de múltiples factores, entre los que también se ha visto interviene la carga genética, ya que se ha demostrado que la herencia es un factor de alta importancia, pues si existen antecedentes de familiares que tuvieron trastornos depresivos o de ansiedad, entonces se eleva la posibilidad de que la persona pueda manifestar el problema a lo largo de la vida. Cuando se tiene la sospecha de alteraciones de este tipo es importante acudir con un especialista, como un psiquiatra o en el caso de los adultos mayores, con un psicogeriatra, para que se tomen las medidas adecuadas en cuanto al manejo y diagnóstico del cuadro ansioso-depresivo.

El tratamiento con antidepresivos es una opción que en manos expertas ofrece amplios beneficios sin causar dependencia y con buena tolerabilidad. La evidencia científica sustenta el apoyo que esta terapia ofrece al mejorar los síntomas de tristeza, anhedonia y desmotivación, además también ayudan a recuperar las habilidades de memoria y concentración. De igual forma la psicoterapia y las terapias cognitivo conductuales están plenamente indicadas, y lo ideal es incluir a la familia, ya que con esto se favorecerá la comunicación, integración y empatía, con el consiguiente beneficio en la calidad de vida del enfermo.

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