Paciente geriátrico y hospitalización.

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Los criterios para hospitalizarlos pueden ser: duda diagnóstica con necesidad de recurrir a pruebas complementarias, necesidad de tratamiento de ámbito hospitalario e imposibilidad de controlar al paciente en el domicilio.

Existen diferentes tipos de urgencias geriátricas que conllevan actuaciones específicas. En el primer tipo de urgencias se incluyen aquellas que son idénticas a las del adulto joven pero que cursan con semiología distinta, haciendo más difícil el diagnóstico y que se demore la instauración del tratamiento. Ciertos síntomas inespecíficos (agitación, trastornos digestivos) pueden ser los únicos signos clínicos de enfermedades graves. Otros síntomas, como la fiebre o el dolor, pueden estar ausentes en cuadros infecciosos o quirúrgicos. Por otra parte, también se deben considerar urgencias geriátricas algunas enfermedades que no son graves en el adulto joven pero que pueden tener importantes consecuencias en el anciano, por lo que deben tratarse de manera urgente.

El segundo tipo de urgencias comprende aquellas más específicas del anciano, debido a su particular frecuencia en este tipo de pacientes y a sus consecuencias funcionales. Tanto las caídas y los trastornos del comportamiento como la pérdida de autonomía son enfermedades que se suelen considerar banales o achacarse a la edad, aunque en realidad requieren tratamiento específico para evitar al máximo la aparición de complicaciones.

El tercer tipo consiste en el fallo del sistema de ayuda a domicilio del paciente anciano dependiente, en especial aquellos problemas médicos o sociales que afecten al cuidador principal. En este caso es indispensable el tratamiento urgente del paciente.

Los casos de hipoglucemia deben sospecharse ante toda alteración del comportamiento o de la conciencia, cualquier alteración neurológica tanto deficitaria como comicial y ante cualquier desestabilización de la insuficiencia coronaria. En el anciano, los principales signos adrenérgicos de alarma (palidez, sudoración, taquicardia) son inconstantes. En la inmensa mayoría de los casos, la causa es iatrogénica (sulfamidas, glinidas o insulina). Las biguanidas o los inhibidores de la alfa glucosilasa no inducen estados hipoglucémicos. Las hipoglucemias producidas por sulfamidas hipoglucemiantes son graves debido a su duración de acción prolongada y requieren perfusión con suero glucosado durante al menos 24 horas. Se debe investigar siempre la causa del cuadro (insuficiencia renal, interacción medicamentosa, interrupción de la alimentación). Las hipoglucemias insulínicas son más rápidamente reversibles. Si el paciente se niega a recibir glucosa por vía oral o presenta trastornos de la conciencia, puede administrarse suero glucosado al 30 % (2 ampollas) por vía intravenosa o glucagón por vía intramuscular.

La descompensación hiperglucémica o coma hiperosmolar es una urgencia frecuente y grave. Puede aparecer tanto en el diabético conocido como en el desconocido que sufra hiperglucemia desencadenada por el estrés. Por tanto, el control de la glucemia debe ser más estricto en los contextos de agresión (cirugía, infecciones, etc.). El tratamiento se basa en la rehidratación y la insulinoterapia. También debe iniciarse la insulinoterapia ante hiperglucemias que cursen con cetonuria.

Se debe considerar el diagnóstico de deshidratación ante alteraciones del estado general, anorexia, malestar (por hipotensión ortostática), alteraciones del comportamiento, etc. Es preciso vigilar estrechamente a los pacientes con afecciones febriles, trastornos digestivos, dietas sin sal o restricción hídrica, tratamientos diuréticos, encamados y durante los períodos de intenso calor. Este trastorno constituye un diagnóstico de urgencia porque la presencia de deshidratación aumenta el riesgo de caídas y fracturas, isquemia o trombosis, formación de escaras y trastornos neuropsiquiátricos, que pueden agravar aún más la deshidratación.

Las infecciones bacterianas deben diagnosticarse lo antes posible en los pacientes con insuficiencia cardíaca o respiratoria, inmunosupresión o edad muy avanzada, para poder iniciar el tratamiento antibiótico lo más precozmente posible. Uno de los signos más sugestivos es la fiebre de reciente aparición. Sin embargo, la ausencia de fiebre no excluye en absoluto el inicio de una infección bacteriana.

Cada paciente requiere una amannesis profunda y tratamiento individualizado, teniendo como objetivo la identificación temprana del desencadenante de la pérdida de homeostasis, y en caso de ser necesario, actuar de manera oportuna para proceder a la hospitalización.

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