De México, el Patolli

Por: Rolando Baca Martínez

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Patolli es una palabra náhuatl que hace referencia a unos frijoles grandes con los cuales se tiene que jugar

Se desconoce la antigüedad exacta de este juego mesoamericano pero ya estaba presente en la cultura teotihuacana dos siglos antes de la era cristiana, y se sabe que también lo jugaron civilizaciones posteriores como la tolteca, maya y mexica o azteca. Es mencionado por fray Bernardino de Sahagún en su Historia General de las cosas de la Nueva España, específicamente en su apartado sobre “pasatiempos y recreaciones de los señores naturales”, cuando lo compara con juegos como los dados, el Alquerque y el Castro.

Fray Diego de Durán también hace referencia a él y si bien lo veía con malos ojos al tildarlo de práctica nociva por involucrar apuestas, en su Historia de las Indias de la Nueva España hace esta interesante descripción: “Sobre esta estera (petate) tenían dibujada un aspa grande de que tomaba el petate de esquina a esquina y dentro del hueco de esta aspa había atravesadas unas rayas que servían de casas”. Aún más, relata el proceso involucrado para fabricar la pintura necesaria para marcar el tablero sobre el petate, que comprendía una mezcla de tizne de ocótl o madera de ocote, hollín derretido, yerba molida de chichicpatli y a veces pulque como aglutinante.

Los arqueólogos han encontrado en la ciudad prehispánica de Teotihuacán representaciones primitivas del tablero consistentes en una cruz lineal de 52 orificios (26 por línea) labrados en pisos de roca, enmarcado por dos círculos concéntricos hacia su parte externa.

Por otra parte, la palabra patolli es una palabra náhuatl que hace referencia a unos frijoles grandes con los cuales se tiene que jugar. A dichos frijoles, como señala Francisco Javier Clavijero, en su Historia Antigua de México, los indígenas —al conocer juegos europeos como el ajedrez o la baraja durante los años posteriores a la conquista—, dieron los nombres de cuauhpatolli (patolli de madera) y amapatolli (patolli de papel), respectivamente, por lo que  se deduce que la forma “patolli” había derivado en su lengua como un sinónimo de “juego”.

Este entretenimiento tiene su lado cosmogónico, ya que es la reinterpretación de los cuatro rumbos del universo, en una cruz compuesta de un número de casillas que resulta altamente simbólico: 52, correspondiente al mismo número de años que componían el ciclo del tiempo entre los grupos prehispánicos y que los aztecas llamaban Xiuhmolpolli, y al cual dedicaban la ceremonia del Fuego Nuevo. Según lo describe el Códice Magliabechiano, las partidas del juego debían ser dedicadas a los dioses Xochipilli y Ometochtli, deidades de la música, la danza y las apuestas, los cuales se enfrentaban en la partida y se encargaban de dirigir invisiblemente el desarrollo del juego a favor de uno u otro contrincante, por lo que la partida tomaba un carácter divino. Incluso antes de arrancar, se hacía una pequeña invocación a ambos dioses solicitando su presencia, para lo cual quemaban copal y ofrecían alimentos. A los jugadores les estaba permitido hacer apuestas que casi siempre consistían en adornos de piedras preciosas u oro, plantas de maguey y mantas, llegando algunos incluso a ofrecer su libertad, es decir, a convertirse en esclavo del otro.

El patolli era parte la cultura teotihuacana dos siglos antes de la era cristiana. También lo jugaron toltecas y mayas

El tablero podía ser un petate pintado con colores azul y rojo, delimitados con líneas negras, o se dibujaba directamente sobre el piso y consistía en una cruz cuadriculada diagonal o “X”, en la que sus cuatro puntas representaban el cruce de caminos del mundo y en cuyo centro cuatro casillas resultaban ser las más importantes, pues en ellas se permitía “comer” o capturar las fichas del oponente.

Se jugaba con 12 piedras de colores (6 rojas y 6 azules) que servían como fichas, mientras que a manera de dados se empleaban frijoles marcados en uno de sus costados con un punto blanco. Para determinar el número de casillas a avanzar, las semillas se lanzaban en tiradas de cinco, en las que la cantidad de puntos blancos designaba la cifra a recorrer, con la excepción de que si todos caían mostrando el punto se podía avanzar directamente a la casilla 10 (en vez de a la cinco), como un premio o bonus especial. De igual modo, si en la tirada ninguno mostraba el punto —que en nuestra lógica equivaldría a cero puntos— se tenía derecho a avanzar cinco casillas.

Cada jugador disponía de seis fichas y se permitían hasta cuatro participantes a la vez, pero sólo uno de ellos podía tirar y los demás únicamente aconsejarle. Una variante del juego utilizaba en lugar de frijoles, cuatro pequeñas tablillas cóncavas hechas de caña, con una serie de marcas en su cara interna que combinadas con el hecho de caer boca arriba o boca abajo determinaban el número de casillas por avanzar. Por ejemplo, si todas caían hacia abajo, el contendiente tenía derecho a avanzar 10 posiciones y cinco si todas caían volteadas hacia arriba.

El objetivo del juego era recorrer las 52 casillas en el sentido de las agujas del reloj, ganando quien completara primero el recorrido. Dos fichas no podían estar en la misma casilla, por lo que se perdía la tirada si esto ocurría, con la única excepción de las cuatro casillas centrales en las que, como ya se indicó, estaba permitido apoderarse de la ficha del oponente de caer en el mismo espacio.

Durán refiere en su crónica un curioso hábito entre los jugadores del Patolli: mientras jugaban le hablaban al petate y a los frijoles antes de lanzarlos, lo que recuerda la costumbre romana de besar los dados antes de tirarlos. Asimismo, se dice que el emperador Moctezuma invitó a Hernán Cortés a jugar una partida de este juego, apostando joyas de oro como incentivo.

Por su sentido religioso y su fuerte carga simbólica, sería un juego prohibido por los españoles tras la conquista, por considerarlo una actividad pagana y viciosa.

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