ERIK SATIE las impresiones de lo mínimo a 150 años

Por Marcos Arizmendi

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El 1o. de julio de 1925 fue un día triste para la música. A los 59 años de edad, murió Eric Alfred Leslie Satie:  Erik Satie. La causa principal, cirrosis hepática.

Tenía años de consumir fuertes dosis de ajenjo, también conocido como absenta, y mejor aun, como Fée Verte, “hada verde”. Licor de fuerte concentración que podía alcanzar 74 por ciento de volumen de alcohol, originalmente fue utilizado por el ejército francés como preventivo contra la malaria. Su popularidad creció a mediados del siglo XIX, época en que todas las clases sociales lo consumían. Incluso llegó a establecerse que las cinco de la tarde era la “hora verde”.

La popularidad del ajenjo inspiró a diversos artistas. En 1876 Edgar Degas presentó su cuadro L’Absinthe, en el que retrata a una aficionada de la bebida y funciona como una imagen generacional de eso que en su momento fue considerado una adicción  que ponía en estado letárgico a muchos de sus consumidores; además se dijo que también producía violencia y comenzó a asociarse el exceso de su consumo con males como epilepsia y tuberculosis. Pero tenía un aura atractiva fundamental que desde entonces ha quedado asociada con la creatividad de los artistas. En este sentido fue crítico Émile Zola cuando publicó su novela L’Assommoir (1877), título que hace referencia al  “trancazo”, término que significa caer ebrio de golpe. En esta novela sólo una vez se menciona al ajenjo, pero los detalles de sus secuelas son evidentes en las minuciosas descripciones que hace Zola, como corresponde al atento y cuidadoso padre del naturalismo francés.

Entre las llamadas virtudes del ajenjo estaba el supuesto de que algunos de sus ingredientes poseían una adicción psicoactiva y alucinógena. Bebida denunciada como de efectos nocivos, en 1915 fue prohibida y satanizados tanto la bebida como sus consumidores. No importó que años más tarde se demostrara que las propiedades del ajenjo se habían exagerado. El hecho es que era una bebida extremadamente popular entre escritores y artistas que desafiaron la prohibición de su consumo. Así que ha estado desde siempre asociada a Charles Baudelaire, Paul Verlaine, Arthur Rimbaud, Henri de Toulouse-Lautrec, Vincent van Gogh, Oscar Wilde, Marcel Proust, Edgar Allan Poe, James Joyce, Ernest Hemingway, Lord Byron y, por supuesto, a Erik Satie.

Satie murió casi en secreto. O, más bien, como si fuera una de sus composiciones: sencillamente fue dejando de sonar hasta permitir que sólo el silencio reinara.

Vivía en Arcueil desde 1898. Considerado un excéntrico, ninguno de sus amigos jamás conoció el lugar que habitaba. A su muerte, y careciendo de herederos, los más cercanos a él ingresaron a su departamento para descubrir un mundo sorprendente donde había dos pianos encimados, una importante colección de paraguas e infinidad de composiciones regadas por los cajones y en el interior de uno de esos pianos, que a la larga demostraron que Satie no componía en su departamento. El resto del lugar poseía lo mínimo y confirmaba la frugal vida del compositor.

“He aprendido siempre mucho más de los pintores que de los músicos” ERIK SATIE

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