¡Viva Tamayo!

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El 24 de este mes se cumplen 25 años de la muerte de Tamayo, quien concluyó así una larga vida marcada por una obra deslumbrante, vital para el arte mexicano e internacional.

¿Por dónde empezar? ¿Hablar de su arte, de sus tantas veces nombrado color?, ¿o de la ruptura valerosa?, ¿de la subjetividad, sostén básico de todo arte que pretenda ser universal?; ¿o empezaríamos hablando de lo indígena, de las raíces que fueron base para las realizaciones que todos, independientemente de su cultura, pueden apreciar?

Por cualquier extremo de este nudo limpio y eficaz que fue la vida de Rufino Tamayo podríamos empezar para desmadejar una existencia plena de creatividad, búsqueda impenitente colmada del obsequio de lo conseguido.

El arte, como la magia, sólo posee una tendencia: la perfección, una perfección que se imposibilita a sí misma porque requiere de la continuidad, de la imposibilidad de detenerse, la mirada fija en el páramo, siempre despierta, siempre ajena a lo que no sea la consecución de los fines inalcanzables, carrera que no se detiene nunca, ni siquiera durante estos 25 años de ausencia, porque lo hecho hecho está, y el arte, como la magia, genera y se carga; como una carta en una botella, siempre transporta el mensaje que, aunque sea leído, cada vez se renueva, cada vez es distinto y otro.

¡Viva Tamayo!, porque su obra ahí está, más a nuestro alcance que nunca.

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