Permanencia de RUFINO TAMAYO

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Antes de trabajar, siempre hago un bosquejo del lienzo que quiero pintar. Imagino un sueño o una escena cualquiera. Tengo mis botes de pintura cerca de mí. Utilizo mucha vinílica; así, cuando algo no me gusta, lo puedo borrar.Entonces, comienzo a trazar curvas, una silueta. Las deformaciones no son voluntarias; son indispensables. La pasta se vuelve espesa y forma un tipo de ola. Los colores se desvanecen unos en otros.

El 26 de agosto de 1991, Rufino Tamayo hubiera cumplido 92 años de edad. En la ciudad de Oaxaca se preparaban los festejos de cumpleaños de uno de los más grandes pintores mexicanos, puesto que esta ciudad había sido su cuna y depositaria de su obra y filantropía: una gran variedad de piezas arqueológicas fueron donadas por Rufino y Olga Tamayo para la apertura del Museo de Arte Prehispánico.También, una casa de ancianos, “Los Tamayo”, hacía muy poco había abierto sus puertas gracias a la generosidad de ese oaxaqueño universal. Sin embargo, no llegó a recibir el homenaje que su tierra natal le preparaba: la mañana del 24 de junio, en el Hospital del Instituto Nacional de Nutrición Salvador Zubirán, un paro cardiaco “segó su vida pero no su obra, que permanece”, como afirmó en ese momento el escultor Juan Soriano.

Un mes antes, durante su ingreso al Colegio Nacional, Tamayo había señalado su preocupación por el trabajo de los jóvenes pintores y por el derrotero de las artes en general. Unos días más tarde, en Jalapa, la Universidad Veracruzana le había otorgado el doctorado Honoris Causa, y en la galería estatal Jalapeños Ilustres se exhibieron 55 de sus piezas gráficas. Ahí, el pintor había vuelto a sorprender por su vitalidad: las declaraciones vertidas entonces fueron recogidas como uno de los últimos actos públicos del maestro: “Sigo siendo socialista, a pesar de los cambios”. Pero los primeros días de junio, la alarmante noticia llegó a la redacción de los periódicos: Rufino Arellanes Tamayo había ingresado a la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de Nutrición debido, se dijo en un principio, a un resfriado provocado por haber nadado en la alberca de su casa en Cuernavaca.

Otras veces, casi de manera anónima, ya habían alertado sobre el estado de salud del pintor. Y así, en unos cuantos días la noticia vino a entristecer a la plástica mundial, porque Tamayo, hasta hacía unos pocos meses, seguía pintando en su estudio, ya no las ocho horas diarias del obrero —como declaraba orgulloso—, pero sí entregado a la preocupación de trabajar “para hacer de México una nación feliz”, como dijera el día de su ingreso al Colegio Nacional. Y también, como artista profundamente humano que fue, Tamayo, aquel día, puso el dedo en la llaga:

Ha terminado una era de cambios radicales y experimentos que con frecuencia derivaron hacia expresiones meramente intelectuales. Hoy estamos ante la necesidad de volver al humanismo, de combatir la deshumanización provocada por la técnica, la inflexibilidad de las ideologías y el exceso de racionalismo, fenómenos que han invadido las propias manifestaciones artísticas.

Y lo dicho por Rufino Tamayo no suena a falsa preocupación: de niño supo los rigores de la pobreza y ya como pintor vivió el enfrentamiento, decidido y decisivo para el arte mexicano, con la escuela de los muralistas. Esa tesonera lucha, ese afán por llevar adelante su pintura, incluso en situaciones difíciles como lo fue su primer viaje a Nueva York, donde compartió un modesto estudio con el músico Carlos Chávez, habla de un artista capaz de transformar el arte mexicano y de ser el maestro de nuevas generaciones de pintores. Tal vez por eso, hablaba incluso de la muerte sin temor: la consideraba algo inevitable y en su caso, demasiado cercana como para preocuparse.

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