LOS INICIOS DE UNA VIDA FECUNDA

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Rufino Arellanes Tamayo nació en la ciudad de Oaxaca, el 26 de agosto de 1899. En 1907, huérfano ya, vino a la Ciudad de México para vivir con unos tíos que tenían un puesto de frutas. Fueron años difíciles —reconocería el pintor en muchas entrevistas—, de pobreza.

Huérfano y adolescente —cuenta Xavier Villaurrutia— vino a México y trabajó con humildes parientes, en un mercado de la ciudad vendiendo frutos del trópico, de su trópico que, a manera de atmósfera, viajó con él hasta la altiplanicie. Los mismos frutos que habrán de aparecer en su pintura como motivos recurrentes, insistentes, con la geometría de sus formas y con la magia de su color. La vocación artística de Rufino Tamayo surgió a temprana edad pero, al mismo tiempo, sin la precocidad que deslumbra un instante para extinguirse luego y ya para siempre.

En 1917, el joven Rufino es alumno regular de la Escuela Nacional de Bellas Artes. Sus compañeros son, entre otros, Gabriel Fernández Ledesma, Julio Castellanos y Agustín Lazo. Se cuenta que es el propio Vasconcelos quien le consigue una beca y, posteriormente, le ayuda a obtener su primer trabajo oficial.

En 1921, Tamayo es nombrado jefe del Departamento de Dibujo Etnográfico del Museo Nacional de Arqueología, al tiempo que da clases de dibujo en algunas primarias de la ciudad. Ahí, en aquel espacio donde se resguardaba gran parte de las expresiones artísticas de nuestro pueblo, Rufino Tamayo va reconociéndose y penetra en muchos de los aspectos desconocidos de los pueblos indígenas. Entre 1921 y 1926, Tamayo vive esos años que Villaurrutia bautizó como los de crisis, de inconformidad con lo aprendido:

Años de búsqueda febril en que, solo o en compañía del pintor Agustín Lazo, se entregó a conocer y a estudiar, por todos los medios indirectos que tenía a su alcance, la pintura francesa moderna, desde los impresionistas y pos-impresionistas hasta los cubistas, la única pintura que tenía vitalidad y la savia que podía servirle de alimento y de estímulo, de referencia, de comprobación y de aventura.

Por esos años, Tamayo se liga con los Contemporáneos quienes, desde la literatura, se empeñaban por implantar lo que el pintor pretendía: hacer universal el arte de México, llevarlo a la modernidad cultural.

En 1926, en un local improvisado de la avenida Madero, en el centro de la ciudad, Rufino Tamayo presenta su primera exposición individual con óleos, acuarelas y xilografías. Volvemos a las declaraciones de Villaurrutia, testigo esencial de estas primeras tentativas del pintor oaxaqueño, y el primero que llama la atención acerca de la grandeza de su arte:

El dibujo firme y voluntariamente rígido de las figuras y, sobre todo, los colores atrevidos, primarios, anunciaban ya, desde entonces, al gran colorista que ha llegado a ser. Al mismo tiempo, la ausencia de cualquier elemento pintoresco, decorativo y aun folklórico, hacía visible la decisión del pintor Rufino Tamayo de apartarse de los caminos fáciles para entrar en los senderos inexplorados, estrechos, en los que es fuerza perderse para en verdad encontrarse.

Entre 1927 —fecha en que exhibe su obra en el Art Center de Nueva York— y 1932, Tamayo sigue en la búsqueda infatigable de los elementos que lo caracterizan. A su regreso de los Estados Unidos, es nombrado profesor de la Escuela Nacional de Bellas Artes, y en 1929 realiza una muestra de su trabajo en la Galería de Arte Moderno del Palacio de Bellas Artes, que fuera organizada por Carlos Mérida y Carlos Orozco.

Manhattan vuelve a abrirle las puertas y en 1931 realiza una exposición individual en la John Levy Galleries. Al siguiente año es nombrado jefe de la sección de dibujo del Departamento de Artes Plásticas de la SEP, y un año más tarde, en el edificio donde se encontraba el Conservatorio Nacional de Música (Moneda 16) pinta el mural El canto y la música. Durante esa labor conoce a la que será su esposa de toda la vida: Olga Flores Rivas, estudiante de la carrera de piano.

Mi pintura no sólo no es informal, sino lo que es más, es figurativa. En ella está reconocible la forma de las cosas, y muy en particular la del hombre, cuya presencia en mi trabajo es permanente. Y aquí viene al caso eso de la nueva fisonomía, la que se refiere a un realismo no descriptivo, y que está sometido a la conveniencia del cuadro, con todas sus restricciones específicas. Con ello quiero decir que ha de conformarse a la función pictórica pura, sirviéndose para ello de medios de expresión actuales.

Rufino Tamayo, “Aclaraciones al margen de un artículo de Raquel Tibol”. Excélsior, 25 de marzo de 1963.

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