Una historia de amor

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Resulta curioso pensar que Olga Tamayo, quien desde 1934 —fecha en la cual contrajeron matrimonio— hasta 1991 se convirtió en su apoderada y la mujer ideal para organizar la apacible vida del artista, comenzó por no comprender la pintura de su futuro esposo. A Rufino Tamayo no le gustaba hablar de los precios de sus cuadros ni del costo que sus obras adquirían en el extranjero, y Olga se convirtió en la persona que defendía su trabajo, fue la ayuda insustituible del artista, su representante sin sueldo.

Y el romance comenzó cuando la joven Olga, al ver aquellos “monos” que Tamayo pintaba en el cubo de la escalera, fue a quejarse con el director del Conservatorio, quien evidentemente se negó a tomar en serio la petición.

La joven concertista, que entonces —lo confesó muchas veces— no sabía nada de arte, iba a burlarse de aquel pintor cuyos trazos le resultaban espantosos. Y de la burla —uno bien puede imaginárselo— pasaron a las confidencias y de ahí, al poco tiempo, fueron marido y mujer.

Muchos periodistas sostenían que Olga Tamayo era el obstáculo con el que se topaban a la hora de querer entrevistar al artista; sin embargo, para él fue una mujer fundamental: le dio orden a su vida, lo alivió de las preocupaciones monetarias y le dejó hacer lo que quería, pintar.

De aquel primer mural que no sólo enmarca el inicio de la carrera de Tamayo como muralista, sino que esconde una historia de amor que forma parte ya de nuestra historia cultural, Antonio Rodríguez dijo:

…lo realizó Tamayo hacia el año de 1933 en la antigua Escuela Nacional de Música. Como la naturaleza del edificio lo requería, Tamayo pintó ahí, en el cubo de la escalera y en el arranque del muro del primer piso, algunos motivos musicales: sobre todo guitarras, y diversas mujeres en actitud de cantar, o de tocar sus respectivos instrumentos. Algunas de esas figuras, particularmente la de la mujer que canta, tienen un parentesco inconfundible con los cuadros de caballete de esta época. La mujer que toca la guitarra, toda de un bloque, evoca por su arquitectura, por la sucesión de planos que la conforman, y hasta por su expresión de azoramiento, la obra maestra del arte azteca: la Coatlicue. Por una curiosa coincidencia las dos obras exhiben, a la altura del pecho, una especie de collar ovalado: en la Coatlicue, formado por manos abiertas, corazones y una calavera; en la pintura de Tamayo, por una mandolina. No pretendemos insinuar que el pintor haya tomado la estatua de la diosa de la vida y de la muerte como modelo. Pero más que coincidencia, deberíamos considerarlo como una floración natural, producida al calor de las formas prehispánicas, tan vivas en todo el país, que rodean al artista.

Es en esta forma casi espontánea, y no por un cultivo artificial, intelectualizado —o no tan sólo por ello, puesto que ese “cultivo” existe—, que el arte prehispánico ha ejercido su poderosa influencia sobre la pintura contemporánea de México. La solidez de esta figura monolítica se afirma, por el contraste, con la imponderabilidad de otras dos figuras de mujeres que arriba y a los lados de la primera, flotan en el espacio, como la melodía que la línea de su cuerpo modula, o como el viento que al mecer las hojas es música primigenia.

el canto y la música, 1933.
el canto y la música, 1933.
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