Los primeros veinte años

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Retrato de Olga, 1935.

En 1935, Tamayo dio otro paso en su fructífera carrera al exhibir acuarelas y gouaches en la Galería Elder de San Francisco. Un año más tarde, el pintor, junto con Orozco y Siqueiros, es nombrado por la Asamblea Nacional de Productores de Artes Plásticas y la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, delegado en el American Artist’ Congress, celebrado en Nueva York.

Y precisamente de 1935 proviene uno de los cuadros más significativos de Tamayo, Retrato de Olga, en el que a decir de Justino Fernández, triunfan al fin todas las cualidades del pintor:

…morados, ocres y sepias se combinan con gran mesura en la sencillez de las formas, finamente construidas y sugeridas en parte por las económicas líneas e importantemente por el color cuyos tonos crean una atmósfera espiritual adecuada a la actitud y a la expresión del modelo; refrenada sensualidad y equilibrado intelectualismo que muestran al mejor Tamayo de otros años.

Entre 1937 y 1938, Tamayo expone en Nueva York y San Francisco y pinta en el Museo Nacional de las Culturas —entonces Museo de Antropología— el mural al fresco Revolución.

Cinco años más tarde —dice Antonio Rodríguez al hablar de este mural—, y como si traicionara su postura de esteta para quien interesa ante todo la plástica por sí misma, Tamayo pinta en el Museo Nacional de Antropología e Historia un mural con tema político: un soldado y un obrero que agreden violentamente con su fusil y con un martillo, a sendos capitalistas. En el mismo mural pintó también dos manos: una encadenada, otra libre. Este mural ofrece poco interés. El pintor, como ya lo hemos visto, nunca se ha sentido a sus anchas en el desarrollo de temas políticos. Además, lo que se hace más visible en esta pintura no es la intención revolucionaria, sino el movimiento en diagonal del fusil, el brazo alargado escorzo, que veremos en cuadros de épocas posteriores, como Mujer en la noche y Mujer alcanzando la luna; finalmente, los conos truncados de las columnas rotas, los cubos de los edificios destruidos, y los discos astrales que habrán de estar presentes en toda la obra de Tamayo.

Por esos años, Tamayo es nombrado instructor de arte en The Dalton School de Nueva York, donde fija su residencia, acompañado de su inseparable Olga, a quien —lo cuenta ella misma en una entrevista— lleva a la Avenida 53 y le dice que ahí se encuentran las mejores galerías y que un día sus cuadros estarán en ellas. En 1945 cumple su promesa al exponer en la Valentine Gallery, sitio en el que presentará varias veces su obra.

Es curioso pensar que los años que van de 1939 a 1946, nos entregan un pintor que ha creado su propio mundo personal e interno. Su pintura adquiere esa bidimensionalidad que el propio Rufino señala como una de las características de su obra:

Para mí, la perspectiva no tiene razón de ser, pudo ser muy importante en el siglo XVI pero ahora la preocupación de los pintores actuales es conservar las dos dimensiones del plano en que están trabajando y no romperlas por ningún motivo. El valor de cada color es casi igual; entonces mi pintura es muy mala para sacarle fotografías. No hay la tercera dimensión que tanto preocupa a otros pintores.

En estos años, los animales se convierten en símbolos dentro de la pintura de Tamayo con cuadros como Animales y Perro aullando, pintura en la cual, dice Justino Fernández:

El artista nos remite a esa eterna aspiración de infinitud que nuestra limitación nos hace desear tanto; compuesto con la estructura áurea tan frecuentemente empleada, original en el color y la forma, es todo un acierto que podría interpretarse como un homenaje a Maldoror.

En 1943 Tamayo pinta otro mural, La naturaleza y el artista. La obra de arte y el espectador, en The Hillyer Art Library del Smith College en Northampton, Massachusetts. El mural tiene una finalidad pedagógica: enseñar cuál debe ser la postura del artista ante el arte y la del público ante la obra de arte.

Para eso —de nuevo Rodríguez— pintó en un extremo del tablero cómo se presenta ante los ojos: la tierra, el agua, el viento y el fuego; y en otro extremo, cómo el artista transforma lo que ve en arte. Finalmente, en otro tablero pintó al espectador, azorado ante el resultado de la metamorfosis”.

El propio Tamayo, al explicar el mural, plantea su concepción estética:

… la naturaleza es la fuente que nos ofrece los elementos plásticos para la producción artística. Pero esos elementos no deben ser utilizados de una manera literal, sino rehaciéndolos a fin de que el resultado final sea creación y no imitación. La obra de arte no debe ser juzgada por su semejanza con la naturaleza, sino teniendo en cuenta su condición de entidad independiente, con vida y con problemas propios.

Entre 1945 y 1948, Tamayo expone tanto en Estados Unidos como en México. En The Arts Club de Chicago, exhibe sus obras del periodo correspondiente de 1929 a 1944. El Museo de Arte de Cincinnati le organiza una gran exposición retrospectiva y en The Brooklin Museum Art School se presenta, en 1946, el Tamayo Workshop. En 1947, en la Galería de Arte Mexicano se exhibe su Obra reciente y un año más tarde, con motivo de sus 20 años de labor artística, en el Palacio de Bellas Artes se presenta una gran retrospectiva de su obra.

De esa época es el retrato que Xavier Villaurrutia escribió acerca del pintor y de su obra en la revista México en el Arte número 2:

Alto y moreno. Ojos vivos y boca grande y frutal. Nariz ancha en que las ventanas muy abiertas parecen absorber el aire sin descanso, en una inspiración. Grandes manos de un dibujo fuerte y fino a la vez. El tiempo ha ido aclarando el color de la piel de Rufino Tamayo, del mismo modo que ha dejado caer en sus cabellos oscuros la fría ceniza de la edad.

Silencioso y huraño, reservado y recóndito. Explosivo también como un volcán que surgiera inesperado y cuya erupción se aquietara casi al mismo tiempo de su aparición, para volver a una soledad silenciosa.

Al comentar la exposición, Cardoza y Aragón señala en Cuadernos Americanos que Tamayo es un nuevo ciclo en la pintura mexicana; rechaza algunos de los ataques que se empezaban a hacer contra su pintura y afirma su nacionalismo en el hecho de que Tamayo:

Está pintando a México con lenguaje y metáforas y sentimientos hondos, populares y tradicionales, en donde lo europeo nutre con su lección su fuerza, para que ésta se realice con cabal plenitud.

Para Cardoza y Aragón, Tamayo era una voz que dice su verdad de acuerdo con la propia comprensión de la pintura,

una voz que ha surgido en el mejor momento para destacarse: su presencia se impone con la mayor sencillez y hasta como con un desgano, por sí misma y ajena a otro designio que ser y estar allí, viva y pujante, cantando por cada pulgada de su superficie, con acento y contenido que surge con legitimidad igual a la de la más mexicana y nativa obra de arte. No es una voz más en el coro, sino que canta aparte, por su cuenta y riesgo, y como se le da la gana. No había sitio para ella en el coro mural, en donde, en realidad, hay tres solistas aparentemente reunidos y con una misma intención igualmente aparente.

El ciclo de la pintura al fresco lo abrieron y lo están cerrando sus creadores, en el muro y fuera del muro, en sus óleos, grabados y acuarelas. Rufino Tamayo abre un nuevo ciclo.

 

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