La madurez creadora

306

1949 es un año decisivo para el pintor: viaja por primera vez a Europa y al año siguiente, acompañado de Rivera y Siqueiros, representa a nuestro país en la XXV Bienal de Venecia; realiza también su primera exposición individual en París en la Galerie Beaux-Arts, con obra que posteriormente se exhibirá en Bruselas. Aun más: comienza a ser representado en Nueva York por la Knoekler Gallery.

En esos años, Tamayo empieza a ser cuestionado e incluso atacado por algunos de los representantes de la llamada Escuela mexicana de pintura, es decir, la de los muralistas. Aún resonaba el eco de aquella declaración encendida y grito de guerra de Siqueiros: “No hay más ruta que la nuestra”. El peso de la corriente es tan fuerte, que no falta quienes lo señalan como un pintor antipatriota y poco comprometido. Esta visión, afortunadamente, no es compartida por aquellos críticos lúcidos que supieron encontrar en la obra de Tamayo la síntesis de nuestra cultura a la par que competía al tú por tú con la gran pintura europea.

Mucho tiempo después el propio Tamayo recordaría ese enfrentamiento:

Fui un descontento con la llamada escuela mexicana, porque en primer término considero que es un error considerar nacional a la cultura. No creo en esa teoría que se ha formado últimamente por ciertas personas, de que ser muy nacionalista sea la forma de ser universal; yo creo que para ser universal tenemos que alimentarnos de todas partes.

En 1952, para la exposición itinerante Arte mexicano de la antigüedad a nuestros días pinta el mural Homenaje a la raza india y en el Palacio de Bellas Artes, dos de sus más celebrados murales, Nacimiento de nuestra nacionalidad y México de hoy.

Al acercarse, en 1952 –dice Antonio Rodríguez–, a los dos muros que en el Palacio de Bellas Artes le destinan, Tamayo se halla en plena madurez. Desde que en 1926 presentó su primera exposición, hasta ese momento, Tamayo ha templado su personalidad y afinado su estilo a lo largo de múltiples y variadas experiencias. Después de haber pasado de un realismo poético no exento de folklorismo, a la conquista de la esencia, su forma ahora es libre como el viento. No ha pretendido, ni querido, romper el cordón umbilical con las fuentes nutricias, pero se mueve en una órbita en que la realidad y la fantasía se alternan. Más libre que nunca, su dibujo está en condiciones de sugerir las formas más osadas. Y el color, antes terroso como el almagre de la Mixteca oaxaqueña, o líquido como de zumo de fruta tropical, parece provenir de un mundo entrevisto en sueños por el artista. Algo queda en él de la cerámica popular, de los vasos antiguos, de los códices mixtecos y del trópico, pero destilado a lo largo de un proceso decantador en que la imaginación juega un importante papel. Adueñado de estos poderosos recursos, Tamayo puede enfrentarse, sin miedo, al tema audaz y erizado de escollos de lo que él llama Nacimiento de nuestra nacionalidad, por el fenómeno de la Conquista. Tema apasionante, había sido tratado numerosas veces por otros pintores pero siempre en forma polémica.

Tamayo es el primer gran pintor mexicano que presenta la Conquista del Anáhuac en forma objetiva, aparentemente sin pasión, como un historiador o un sociólogo. Constata el hecho histórico y lo representa en el momento exacto en que se produjo. Para él, la Conquista es el tremendo choque de dos razas, de dos civilizaciones, y de dos formas de interpretar la vida; choque del que nace una entidad nueva que es la nación mexicana.

Ese mismo año, en la Pan American Union de Washington, se celebra una exposición retrospectiva de su obra, y al año siguiente comparte con el francés Menessier el Gran Premio de Pintura de la II Bienal de São Paulo, Brasil. Obtiene también el tercer premio en el Carnegie International Show.

Asimismo, realiza otro mural, El hombre, para el Dallas Museum of Fine Arts de Texas.

EL hombre, de Tamayo —de nuevo apunta Rodríguez en su magnífica historia de la pintura mural mexicana—, es una obra digna de nuestro tiempo, de ambiciosos anhelos y de maravillosas conquistas humanas. Es la expresión de nuestra época, dada por una metáfora de nuestros días. Al criticar un día a aquellos pintores que todavía emplean en su lenguaje pictórico viejos lugares comunes como el gorro frigio, dijo Tamayo: “¿No sería el avión un símbolo mucho mejor y verdaderamente contemporáneo para expresar la libertad?”

Sin embargo, este impulso que Tamayo siente por el arte mural no desentona para nada con su trabajo de caballete, en el cual ven los críticos a un pintor totalmente autónomo que es, a la vez, la mayor personalidad que se enfrenta al muralismo y sus secuelas, y que encuentra en el hombre uno de sus temas fundamentales. Así lo dice Paul Westheim:

En la quinta década del siglo, terminada la serie de perros aullantes, Tamayo empieza a elaborar una nueva estructura plástica. Y desde entonces su tema será el hombre, el hombre que más allá de su condición de ser colectivo se descubre a sí mismo, ser individual e intransferible, tan intransferible como su vida, que no puede ser vivida por ninguna otra persona. La obra más importante de aquella época es Las músicas dormidas (1950), melancólica meditación en torno a la soledad del hombre que, siendo parte de la naturaleza, se halla irremediablemente separado de ella. Bajo la luna negra yacen en el paisaje las dos grandes figuras, como prominencias de ese otro cuerpo celeste que es la tierra, desplegando un ritmo ondulante que se repite en los colores, colores apagados, silenciosamente musicales.

En 1954, Tamayo pinta en el Sanborn’s Lafragua los murales La noche y el día y Naturaleza muerta, al mismo tiempo que el Salón de la plástica organiza una exposición en homenaje al reconocimiento obtenido en la Bienal de São Paulo.

Tres murales, en tres diferentes partes del mundo marcarán los siguientes años: en 1956 se inaugura el mural América en el Bank of the Southwest de Houston. En 1957 pinta el mural Prometeo para la biblioteca de la Universidad de Puerto Rico, y en 1958, en el nuevo edificio de la UNESCO en París, pinta el mural Prometeo dando el fuego a los hombres.

No sé si soy un gran pintor, no obstante,lo que si sé es que regularmente se descubren piezas enterradas en la tierra y que parece que las he copiado, yo Rufino Tamayo, pintor de 1964La tierra es siempre la misma, también el cielo, el hombre no cambia. No plagio a mis antepasados, los vuelvo a encontrar y para mí es un milagro.El milagro indio.

Compartir