De Sigmund Freud a Martha Bernays

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Viena, miércoles 21 de enero de 1885

Mi pequeña novia:

Han sucedido muchas cosas, por lo que debes perdonarme si esta carta te parece un poco confusa. Corrió el rumor de que había muerto el Kaiser alemán. Sin embargo sigue, al parecer, vivito y coleando. Estoy seguro de que nos enterrará a todos.

Ahora hablemos de tu carta. Hay en ella muchas cosas que merecen inmediata respuesta. En primer lugar, a la pregunta de si te dejo patinar, te contesto rotundamente que no. Soy demasiado celoso para permitir tal cosa. Yo no sé patinar y, aunque supiera, no tendría tiempo para acompañarte, y alguien habría de hacerlo, de modo que olvídalo.

También insisto en que te compres una buena alfombra, aunque tengas que gastar la totalidad de los veintiocho marcos que te enviaré con los beneficios de mi próxima conferencia. Por el momento, estoy sin un centavo. Si a ti te queda algo de dinero, inviértelo en lo que te digo y te mandaré algo apenas pueda.

En tercer lugar, no veo por qué has de tener frío. ¿Es que no hay estufa ni leña en Wandsbek? Exijo una explicación urgente. Espero que no lleguemos de nuevo a tus disculpas de que no me puedes escribir en una habitación porque hace demasiado frío, ni en la otra porque no te dejan hacerlo tranquila. Esta es la carta más terrible que jamás he recibido de ti, y no la olvidaré aunque llegue a cumplir ochenta y cinco años y tú sigas dándome un beso diario, lo que quizá sea pedir demasiado. Querida, ¿es posible que sólo seas afectuosa en verano y que en invierno te congeles? Siéntate y contéstame sobre esto inmediatamente, pues aún estoy a tiempo de salir y buscarme una novia para los inviernos.

¿Qué más? Que tu mala suerte tendrá que ser excepcional si pierdes esta vez la serpiente de oro. Quizá no sepas que las novias de los Dozents están obligadas a llevarlas para distinguirse de las prometidas de los médicos corrientes.

Otra cosa deseo decirte: No está bien que tachemos a una persona de “asquerosa” porque se interponga en nuestro camino. Pfunge, especialmente, está en su derecho, y sus intenciones distan de ser asquerosas. En cualquier caso por el momento se ha podido evitar lo peor.

Voy a encuadernar algunos libros. Desde mañana cenaré en mi habitación. En caso contrario perdería la costumbre de trabajar por las tardes.

Buenas noches, mujercita; sé muy buena y quiéreme un poco.

Tuyo,

Sigmund

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