De Rosa Luxemburgo a León Jogiches

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Berlín, 6 de mayo de 1899

¡Querido mío, mi amado! Te beso mil veces por tu carta, tan dulce, y por tu regalo que aún no he recibido. Qué pasa este año, es como si el cuerno de la abundancia se derramara sobre mí. ¡Imagínate que recibí de Schonlank los 14 tomos de Goethe en una encuadernación de lujo! ¡Con los tuyos, ya es agregar un nuevo estante a los dos que tengo! ¡Que feliz que estoy por su elección! Rodbertus es mi economista preferido y puedo leerlo cien veces seguidas para mi simple regocijo intelectual. En cuanto al diccionario de bolsillo, ¡ese regalo sobrepasa mis deseos más audaces! Me siento como si hubiera recibido no un libro sino una propiedad, una vez que todo esté reunido, tendremos una biblioteca linda y deberemos (cuando nos instalemos al fin humanamente los dos juntos), comprar una biblioteca con puertas de vidrio para guardar todos esos libros.

Querido mío, mi adorado, cómo me ha regocijado tu carta: la leí seis veces desde el comienzo hasta el fin. Entonces, ¡en verdad estás contento de mí! ¡Me escribes que quizá sólo en mi fuero interno sé que existe en algún sitio un hombre al que llamo querido mío y que me pertenece! ¿Acaso no sientes que todo lo que hago, lo hago siempre pensando únicamente en ti? Cuando escribo un artículo, mi primer pensamiento es que te va a alegrar, y cuando vivo jornadas en que dudo de mis propias fuerzas y no puedo trabajar, una sola idea me inquieta: qué efecto te producirá, si te voy a causar una decepción, si quedaré mal contigo. Cuando tengo pruebas de algún éxito, por ejemplo la carta de Kart Kautsky, entonces las considero simplemente como mi tributo moral hacia ti. Te doy mi palabra, por la salud de mi madre, que la carta de Kart Kaustsky personalmente me resulta indiferente: si me puse tan contenta fue sólo porque, después de haberla abierto, la leí con tus ojos y adiviné la alegría que te iba a causar. Espero impaciente tu respuesta sobre este tema. (Seguramente llegará mañana con los libros; la fiesta será doble). Una sola cosa falta para mi calma íntima: el arreglo exterior de tu vida y de nuestra relación. ¡Tú siente que pronto mi situación (moral) será tal que podremos vivir juntos abiertamente como marido y mujer! Tú mismo lo comprendes. Estoy feliz de que el asunto de tu ciudadanía por fin se encamine a término y que avances enérgicamente hacia el doctorado. Siento a través de tus últimas cartas que estás en muy buen estado de ánimo para trabajar; por otra parte, tus cartas durante la campaña con Schippel, cada día –literalmente– me han estimulado a pensar, y en la última había un pasaje entero que es la perla más hermosa de mis artículos (aquel sobre los efectos derivados de la superproducción para los obreros, que literalmente he deducido de tu carta).

¡Acaso crees que no veo y aprecio que, a la “señal de combate”, acudes inmediatamente en mi ayuda y me empujas al trabajo, olvidando todas tus griterías y todos mis “desfallecimientos”! No puedes saber con qué alegría y con qué impaciencia espero tus cartas: sé que en ellas encontraré mi fuerza y mi alegría, un sostén y un consuelo.

Lo que más gusto me dio, es el pasaje donde escribes que todavía somos jóvenes, que sabremos arreglar nuestra vida personal. ¡Ah, mi amor dorado, cómo deseo que mantengas esta promesa!… Un alojamiento pequeño para nosotros, nuestros muebles, nuestra biblioteca; un trabajo calmo y regular, paseos los dos juntos, de tanto en tanto la ópera, un pequeño círculo de amigos que a vece se invita a cenar, cada verano un mes en el campo sin trabajar en nada… (Y también ¿quizá un pequeño, un bebito pequeño? ¿Es que nunca podremos? ¿Nunca? Querido, ¿sabes lo que me sucedió cuando paseaba por el Tiergarten? ¡Sin ninguna exageración! Un chiquillo de 3 ó 4 años, con un trajecito adorable, y muy rubio, se detuvo frente a mí y comenzó a mirarme. De pronto sentí unas ganas locas de secuestrar al niñito, de huir rápido hasta casa y de guardarlo ahí. ¡Ah, querido, ¿es que nunca tendré un bebé?

Nunca nos pelearemos en casa, ¿no es cierto? Es necesario que la calma y la paz reinen entre nosotros, como entre los demás. Sabes lo que me atormenta; me siento vieja y ya soy fea; la mujer que llevarás del brazo cuando vayas a pasearte por el Tiergarten, no será linda. Nos mantendremos a distancia de los alemanes. A pesar de las invitaciones de Karl Kautsky para la reintegración, eso es lo que me hago, para que sean ellos los que insistan y para que sientan que no me ocupo de ellos absolutamente.

¡Querido, si 1°) terminas con el asunto de la ciudadanía 2°) terminas el doctorado, 3°) te instalas conmigo abiertamente en un departamento nuestro donde trabajemos juntos, entonces todo irá entre nosotros idealmente! Ninguna pareja en el mundo tiene, como nosotros, tantas condiciones para ser feliz. Y si en ello ponemos nada más que un poco de buena voluntad, seremos, debemos ser felices. ¿No hemos sido tantas veces felices, desde que vivimos juntos un poco más de tiempo y trabajamos más por eso? ¿Recuerdas a Weggis? ¿Melide? ¿Bougy? ¿Bionay? ¿Recuerdas cómo el mundo entero nos es indiferente desde que nos entendemos entre nosotros? Por el contrario, temo la menor irrupción de algún extraño. ¿Recuerdas a Weggis la última vez, cuando yo escribía paso a paso (¡siempre pienso con orgullo en ella, qué órbita maestra!)? Estaba enferma, escribía en la cama y me enervaba, y tú eras tan dulce, tan bueno, tan tierno, me calmabas diciéndome con una voz que aún escucho: “vamos, tranquilízate, todo irá bien”. Nunca lo olvidaré. ¿O te acuerdas, en Mélida, después del almuerzo? Te sentabas en el balcón, después del café, ese café tan espeso, como un chico, sudando bajo ese horrible sol, y yo bajaba al jardín con mi cuaderno de Ciencia administrativa. ¿O te acuerdas del domingo cuando vinieron músicos al jardín, que no nos podíamos quedar y nos fuimos a pie hasta Maroggia, y cuando volvíamos, la luna salía sobre el San Salvatore? Nos preguntábamos justamente si yo debía partir para Alemania; nos quedamos en la ruta, abrazados en la oscuridad y mirábamos el cuarto creciente por sobre la montaña. Todavía siento el sabor de esa noche. ¿O te acuerdas cuando volvías por la noche, a las 8,20, de Lugano con las provisiones? Yo bajaba con la lámpara y juntos abríamos los paquetes, luego ponía sobre la mesa las naranjas, los quesos, el salame, la tarteleta envuelta en papel; ah, ves, nunca comimos una comida más suntuosa que entonces, sobre esa mesita, en la pieza vacía, frente al balcón abierto, mientras que el olor del jardín subía hasta nosotros; como un artista freías en la sartén, mientras que a lo lejos en la oscuridad, se oía el ruido del tren de Milán cruzando el puente…

¡Ah, querido mío, querido mío! ven rápido, nos esconderemos del mundo entero en dos piecesitas, trabajaremos solos, nosotros mismos nos cocinaremos y estaremos tan bien, tan bien…!

Mi amor querido, te rodeo con mis brazos y te beso mil veces; quisiera, como a menudo tengo ganas, que me lleves en tus brazos. Pero siempre me contestas que soy muy pesada.

Hoy no quiero escribir nada sobre los asuntos. Mañana, después de mi visita a los Kautsky, iré sin artículo, porque espero tu carta.

Te abrazo y te beso y quiero absolutamente que me tomes en tus brazos.

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