PROSCENIO

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Shakespeare y Cervantes oficialmente murieron el 23 de abril de 1616. Se asegura que la fecha de Shakespeare está equivocada. En aquellos años la mayoría de los países europeos habían adoptado el calendario gregoriano, que es el que actualmente nos rige. Pero en Inglaterra rigió el calendario juliano hasta 1752. Así que se supone que  el dramaturgo murió a los 52 años de edad el 3 de mayo y no el 23 de abril. Para esos tiempos era considerado un hombre de edad avanzada. En su biografía existen huecos interesantes, como los llamados “años perdidos” que van de su egreso escolar hasta que casose con Anne Hathaway; y los que pasó entre el nacimiento de sus hijos y sus primeros éxitos como autor. También existen muchas dudas acerca de su nacimiento. La fecha exacta se ignora; lo único que existe es su fe de bautismo fechada el 26 de abril de 1564. Si se siguió la costumbre de la época y lo bautizaron días después del parto, significa que nació al menos un par de días antes.

Un dato cierto es su matrimonio con Anne, ocho años mayor, y que para la época fue controversial, por decir lo menos, ya que ella estaba embarazada de su primera hija, Susanna. Este matrimonio aparentemente se efectuó cuando él contaba con 18 años de edad, por ahí de 1580, tiempo en que, al decir del Shakespeare Birthplace Trust, trabajaba como maestro, desde los 14 años de edad, en su pueblo natal de Stratford-upon-Avon, donde también habría sido carnicero y asistente de un abogado. Como no hay nada certificable, la especulación gira en torno a que el autor empezó a ganarse la vida ahorrando para sus nupcias con Anne. En los años previos al nacimiento de Susanna, también fue supervisor de cervezas. Significa que las degustaba y les daba un sello de aprobación oficial.

Estos trabajos, que llenan los famosos “años perdidos”, permiten a Shakespeare mantener un pie en los negocios y otro en la escritura de las 37 obras que hizo. Al final de su vida dejó varias propiedades a su nombre y acciones de El Globo y el Blackfriars, teatros en los que montó sus obras.

Lo cierto es que a 400 años de su muerte persisten muchos misterios. Empezando por cómo era la grafía correcta de su nombre, ¿Shappere?, ¿Shaxberd?, ya que nunca lo escribió, al menos no de mano propia, como lo conocemos actualmente.

Cervantes, por su parte, contaba con 69 años de edad cuando murió y había celebrado la publicación de las Novelas ejemplares. Nada más salir de imprenta, tuvieron un éxito fuera de lo común: en España hubo cuatro ediciones en diez meses, a las que sucedieron 23 más al hilo; los lectores franceses le rindieron culto: traducidas en 1615 por Rosset y D’Audiguier, se reeditaron ocho veces durante el siglo XVII. Estas novelas fueron ampliamente preferidas por encima de El Quijote.

El 18 de abril de 1616, fecha en que recibió los últimos sacramentos, el escritor sabía que su final se acercaba. La sed permanente de la que él mismo da cuenta pareciera ser síntoma de diabetes —enfermedad sin tratamiento en aquella época—, más que de la hidropesía diagnosticada  por un dizque estudiante.

Cervantes murió el viernes 22 de abril. Al día siguiente, en los registros de la Parroquia de San Sebastián, se consigna que su muerte sucedió el sábado 23, de acuerdo con la costumbre de ese tiempo, que sólo mencionaba la fecha del entierro: es esta última la que se conoce hoy y en la cual se celebra el Día del Libro. Cervantes fue sepultado en el convento de las Trinitarias, pero sus restos fueron dispersados a fines del siglo XVII, durante la reconstrucción del convento.

En cuanto a su testamento, se extravió. Por ello ignoramos su última voluntad.

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