LAS INFANCIAS: INGLATERRA

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La primera documentación histórica sobre Shakespeare está en los registros parroquiales de la iglesia de la Santísima Trinidad de Stratford-upon-Avon. Señala que fue bautizado de acuerdo con el ritual de la Iglesia anglicana el 26 de abril de 1564, tres días después de la fiesta de san Jorge —patrono de Inglaterra—, fiesta nacional de Gran Bretaña desde 1222.

El dramaturgo vio la luz en el sexto año del reinado de Isabel, en una Inglaterra atormentada aún por la crisis de sucesión al trono, rebeliones en la nobleza contra la corona, revueltas agrarias y disputas religiosas. La reina Isabel tenía entonces 30 años y durante su reinado, en una sociedad que tenía, por una parte, católicos y, por la otra, descontentos puritanos según los cuales la Reforma no había avanzado lo suficiente, trató de establecer como religión oficial una forma moderada de protestantismo. Dos fueron las grandes guerras que forman al país: la de los Cien Años (1339-1453), entablada con Francia por el predominio sobre el continente, que concluyó con la expulsión de los ingleses y su retirada a la isla; y la de las Dos Rosas (1453-1485), entre dos linajes aspirantes a la corona, el de York (rosa blanca) y el de Lancaster (rosa roja). La sangrienta lucha concluyó con el matrimonio de Elizabeth, hija de Eduardo IV de York, con Enrique VII (Tudor), heredero de los Lancaster.

De acuerdo con sus biógrafos, Shakespeare debió ser inscrito en la Free Grammar School de Stratford, donde fue educado acorde con los principios de la Iglesia anglicana y donde aprendió el poco latín que sabía. En 1574-1575, cursó estudios más avanzados, de la escuela superior, en la que se enseñaba retórica basándose en los textos de Quintiliano, y lógica. Los autores más leídos eran Virgilio, Ovidio y Horacio, y a las composiciones en prosa seguían las escritas en verso. Típico de la época, no se enseñaban ciencias, ni matemáticas, ni lenguas extranjeras.   

Este periodo de estudio intenso y que abarca suficientemente lo mejor que la cultura humanística ofrecía, terminaba hacia los 15 años y proporcionaba una formación cultural que se consideraba completa. En la universidad se encaminaba a los jóvenes hacia disciplinas específicas: medicina, leyes, teología. Los que podían concluir su preparación en las universidades de Oxford y Cambridge aspiraban a servir al Estado o a ocupar puestos prestigiosos en el ámbito de las administraciones locales. Las personalidades próximas a la reina provenían de estas universidades, así como todos los artistas, intelectuales y creadores que se daban cita en Londres.

Equiparar universidades y clases dirigentes fue resultado del proceso de secularización de las instituciones hecho durante el reinado de Isabel; significó el tránsito de una organización típicamente medieval de la cultura, a una gestión más abierta y moderna de la misma. Las universidades de Oxford y Cambridge, las cuales normalmente dirigían eclesiásticos, entre 1530 y 1560, periodos de crisis religiosa y económica, decayeron en asistencia y riqueza. Con Isabel recobraron su esplendor. En una gestión laica, se adaptaron a una nueva función social, convirtiéndose en privilegiadas sedes en las que la cultura indispensable formaba a las clases dirigentes.

Sin embargo, la suerte no fue tan generosa con Shakespeare. No sólo no pudo acudir a la universidad —nunca se matricula en Oxford, ni en Cambridge—, sino quizá ni siquiera terminó sus estudios en la grammar school por su condición económica familiar: es casi seguro que ingresó en un taller como aprendiz de un arte o un oficio. Según John Aubrey, uno de sus primeros biógrafos, el escritor fue destinado al oficio de su padre: “…era carnicero, y sus vecinos me refirieron hace tiempo que de niño ejerció este oficio paterno, pero cuando mataba un ternero lo hacía con estilo y pronunciaba un discurso”.

Por su parte, Edgar I. Fripp, en su libro Shakespeare: hombre y artista (1938), observa que el poeta es capaz, en sus obras, de referirse a los numerosos tipos de piel con suma precisión y detalle: “sabía que el cuero bovino se utilizaba para los zapatos y el de oveja para las riendas. ‘¿No está hecho el pergamino de piel de oveja?’, pregunta Hamlet; y Horacio responde: ‘sí, señor; y también de piel de ternera’.”

Otras anécdotas pintan al escritor entregado a la contemplación de la naturaleza, recorriendo los prados circunvecinos, las riberas del Avon, el bosque de Arden, de donde extrae aquel inmenso vocabulario de hierbas, plantas y flores que esparce en sus obras; o bien, juntándose con bebedores y durmiendo en las arboledas.

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