LAS INFANCIAS: ESPAÑA

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Miguel de Cervantes Saavedra nace en la época en que se produce la transición fundamental de la España de Carlos I, abierta a una Europa humanista, a la de Felipe II, cerrada y plegada sobre sí misma. Aunque ha habido discusiones al respecto, hoy queda fuera de duda que Cervantes nació en Alcalá de Henares. La partida de su bautismo, procedente de la iglesia de Santa María la Mayor, fechada el domingo 7 de octubre de 1547, es inequívoca. Sin embargo, se desconoce el día exacto en que nace; se ha supuesto que pudo ser el 29 de septiembre, festividad de san Miguel Arcángel.

Miguel fue el cuarto hijo de Rodrigo de Cervantes  y Leonor Cortinas; Andrés, Andrea y Luisa le precedieron, le siguieron Rodrigo, Magdalena y Juan. En el año en que Cervantes nació y durante los primeros de su infancia, Alcalá era una espléndida ciudad animada por la bulliciosa vida estudiantil. Sin embargo, nada seguro se sabe de Cervantes hasta 1568, año en que muere la reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II; tiempo en que Cervantes ya era un incipiente escritor.

Su padre abandona Alcalá en busca de mejor fortuna; residió en Valladolid, Córdoba y Sevilla. Si la familia acompañó o no al padre es difícil saberlo, pues nada hay al respecto que lo aclare; es probable que la madre y los hijos permanecieran en Alcalá a la espera de buenas noticias. No obstante, algunos estudiosos, suponiendo que la familia siempre estuvo junta, creen que Cervantes fue inscrito en colegios jesuitas de dichas ciudades; no existen testimonios que lo prueben, a no ser el elogio que el escritor, ya maduro, dedicara a los métodos pedagógicos de la Compañía de Jesús, lo que no implica que ello sea fruto de una experiencia personal. Tampoco se sabe si el escritor cursó estudios en alguna universidad. Se han sugerido Valladolid y Salamanca, pero no hay ningún fundamento para tales afirmaciones. Es más veraz decir que no asistió a ninguna universidad (al igual que Shakespeare) y que su formación fue predominantemente autodidacta. No hay duda, en cambio, de su extraordinaria afición a la lectura y el conocimiento. Al respecto, es lugar común citar una frase extraída de la primera parte de El Quijote: “como yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles…”

En 1561, Felipe II estableció su corte en Madrid, centro geográfico de la península, que era, en esa segunda mitad del siglo XVI, un gran poblado que en tiempos del emperador adquirió cierta preponderancia; Carlos I acariciaba la idea de convertirlo en residencia de la corte, pero éste fue un monarca menos sedentario que su hijo, como para establecer una residencia, además de que sus responsabilidades europeas eran de mayor envergadura y le obligaban a continuos desplazamientos a diferentes partes del continente.

Al llegar la nueva corte, la villa se vio desbordada; fue ingente el número de personas que la siguieron: nobles, burgueses, funcionarios, pretendientes, hidalgos pobres, cortesanas, mendigos. Atraído por las posibilidades que la primera ofrecía, también Rodrigo de Cervantes se trasladó a ella; es probable que en 1566 ya estuviese ahí. Que Miguel vivió en Madrid por esos años es cosa segura, pues se tiene testimonio de que estudió bajo la dirección de Juan López de Hoyos en el Estudio de la Villa, momento en que entra en contacto con el rico tesoro de espiritualidad y cristianismo interior que floreció en los más selectos espíritus de la España previa al Concilio de Trento (1545-1563).

Tuvo que formarse con suma prudencia, pues por entonces toda la obra de Erasmo de Rotterdam (1466-1563) había sido condenada y estaba incluida en el infame Index. Por consiguiente, Cervantes no leería a Erasmo directamente, y sus conocimientos sobre el gran pensador se limitarían a las conversaciones y enseñanzas de su maestro López de Hoyos.

En 1598, a la muerte del príncipe Carlos y de la reina Isabel de Valois, el ayuntamiento de Madrid encargó a López de Hoyos la composición, entre otros textos, de una Historia y relación de la enfermedad, muerte y suntuosas exequias de la reina, en la que el humanista incluyó los sermones predicados en las honras fúnebres, y varios poemas latinos y castellanos, entre los que hay cuatro de Cervantes; uno dice:

Serenísima reina, en quien se halla
lo que Dios pudo dar a un ser humano;
amparo universal del ser cristiano,
de quien la santa fama nunca calla.
Arma feliz, de cuya fina malla
se viste el gran Felipe soberano,
ínclito rey del ancho suelo hispano,
a quien fortuna y mundo se avasalla.
¿Cuál ingenio podría aventurarse
a pregonar el bien que estás mostrando
si ya en divino viese convertirse?
Que, en ser mortal, habrá de acobardarse,
y así le va mejor sentir callado
aquello que es difícil de decirse.

Esta composición, así como las otras de la relación, es lo más antiguo que se conserva de la pluma de Cervantes.

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