Pérdidas y ganancias

Archibald J. Cronin Dunbartonshire, 19 de julio de 1896/ Montreux, 6 de enero de 1981 Médico cirujano

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El cerro de Langloan se encuentra al oeste de Levenford. Se trata de una colina fragosa, pelada y fea, con una faja de achaparrados árboles en su base, igual que una orla de pelo en derredor de la cabeza de un calvo. Pero el arbolado carece de importancia. El valor de Langloan lo constituyen sus canteras.

Las canteras, penetrando profundamente en la parte superior del monte, proporcionan una magnífica piedra arenisca, rica en colores y fácil de trabajar, que es la que ha hecho famoso el cerro.

Una vez por semana, generalmente los martes, si se subía el estrecho sendero que va desde la carretera de Ardfillan a la cima del cerro, el paseante encontraba cerrado el paso por una bandera roja y un cartel que decía en grandes letras encarnadas: “¡Peligro! Explosión de barrenos”

Realmente, el peligro no era considerable; y si, a pesar de la advertencia, uno se disponía a seguir adelante, desde el cinturón de raquíticos árboles podía contemplar detenidamente la explosión de los barrenos.

El martes que nos ocupa, exactamente el 12 de marzo, habían comenzado los trabajos.

Hacía una mañana fresca; soplaba el viento. Las nubes corrían veloces a través de un cielo bruñido. A unas doscientas yardas de distancia, se levantaba la escarpada mole de la rojiza cantera.

Trabajaban al pie de la roca unos cuantos barreneros. Vistos desde lejos, no parecían hombres, sino pigmeos de una época prehistórica en algún gigantesco acantilado paleolítico.

Dan Tainsh se encontraba al frente de la cuadrilla. Sin embargo, no es que fuera el jefe del equipo, pues era demasiado irresponsable y, al mismo tiempo, excesivamente informal. Pequeño, moreno, con un cuello de toro, inflamable como la yesca, con un puño que podría causar el efecto de la coz de un mulo, Dan era adusto y brutal para dar las órdenes. He aquí por qué, una vez en el tajo, se le admitía como encargado de la cuadrilla.

De hecho, Dan hubiese podido ser capataz efectivo, ganando tres veces más; pero a pesar de sus cuarenta años, daba la impresión de no tener ni pizca de juicio. Bebía demasiado; su genio iracundo y camorrista lo hacía turbulento. Le gustaban los escándalos, cuyo epílogo, el lunes por la mañana, había purgado varias veces en la cárcel de la ciudad.

Dan se encuentra de nuevo a buen recaudo.

Era una frase corriente, estereotipada, por decirlo así, entre sus camaradas de la cantera cuando Dan, después del día festivo, dejaba de incorporarse al trabajo.

¿Por qué? preguntaba alguien.

¡Oh, nada! Como de costumbre. Se peleó con un remachador en el bar Fitter. Casi mató al pobre diablo. Luego se volvió contra los guardias. Borracho como estaba, fueron necesarios tres para arrastrarlo a la cárcel.

Ese era Dan. Pronto para ofender y ligero para golpear. Es decir, un individuo colérico, intolerante e insoportable, que no sabía exprimir de la vida nada que pareciera satisfacerle.

El martes 12 de marzo, por la mañana, el mal temple de Dan era particularmente terrible. Trabajó con el barreno de una manera brutal y brutal también con un joven llamado Green, compañero de trabajo, nuevo en la cantera y en el oficio.

Tú no serás nunca barrenero decía burlándose del nervioso e inexperto mozo. Deberías irte a tu casa y entrar de aprendiz en una confitería. ¡Tira aquí agua! ¿Quieres hacerme tragar un cubo de polvo?

Green alzó el bidón rápidamente, e hizo lo que Dan le indicaba.

Ahora ve en busca de la caja de jabón gruñó Dan. Está cerca de la barraca.

Corrió el joven diligentemente a buscar la caja de jabón, nombre con el que Dan designaba el cajón de los cartuchos de dinamita. Y luego, junto con los demás trabajadores, se quedó presenciando la maestría con la cual Dan metía el explosivo en los agujeros, taponándolos a continuación.

Había en total unos veinte agujeros, pues la explosión iba a ser de importancia. Dan preparó el artificio de fuego, y terminado de fijar los cables, llevó todo el equipo en dirección de la barraca situada a un centenar de yardas.

¿Todo está preparado, Dan? preguntó Collins, el verdadero capataz, que se encontraba ocupado frente a una mesa haciendo números.

Collins era un hombre flaco, con un largo cuello y una pequeña barba. Cuando se asomaba a la ventanilla de la barraca tenía un cómico parecido con una tortuga saliendo de su caparazón.

Sí, todo está listo gruñó Dan. ¿Estaríamos aquí, si no?

¿Están despejados los alrededores, Joe? preguntó Collins a otro de los obreros del grupo.

Joe Frew movió la cabeza afirmativamente. Satisfecho Collins de su papel, tomó un silbato y dio tres fuertes y prolongados silbidos; luego miró a Dan. Éste estableció el contacto y se produjo la explosión, que fue enorme y profunda, acompañada de una serie de rápidas humaredas en la base del acantilado, seguidas de un grande y prolongado estruendo. No se produjo dispersión de piedras en el aire, como un inexperto hubiese podido aguardar. Nada espectacular, en suma.

Simplemente, una parte considerable de roca se desgajó de la mole formando una masa compacta, igual que se desliza la nieve del tejado de una casa cuando empieza el deshielo. La cosa era tan vulgar que parecía una bobada. No obstante, varios centenares de toneladas de piedra se desmigajaron y cayeron en presencia del grupo de observadores.

Se levantó una horrorosa polvareda, que seguía aún cuando el último eco de la explosión murió en la lejanía.

¡Una pésima explosión! refunfuñó Dan con impaciencia.

¡Miren aquel lado! dijo Frew. Está resquebrajándose.

¡Que se resquebraje el infierno! comentó Dan, volviéndose furioso contra Green. Tú tienes la culpa, torpe. Ha sido el agujero de la izquierda, el que te dejé barrenar a ti. Ahondaste demasiado y lo has echado todo a perder. Me están dando unas ganas locas de retorcerte el pescuezo.

Al ver la mirada de pocos amigos de Dan, Green se acobardó.

Lo hice lo mejor que pude murmuró; usted ya sabe que estoy aprendiendo el oficio.

¡Dios! La cosa ya se ve igual que tu puerca cara.

¡Silencio! ¡Basta ya, Dan! intervino Collins. Vamos a ver qué es lo que ha ocurrido.

Salió de la barraca y todos se pusieron en marcha hacia la cantera.

La verdad es que esto no está muy seguro observó Frew cuando llegaron cerca. Tenemos que colocar un par de barrenos en la parte superior para hacer caer de una vez ese morro resquebrajado que no acabó de desprenderse.

Ya fuese por la falta de pericia de Green como cantero, o por alguna particularidad de la piedra, lo cierto era que la explosión había hendido la peña, es decir, había hecho caer la masa inferior, pero sin desprender la parte superior. Así, pues, sobresalía un gran morro con una amplia oquedad debajo.

Dan y los obreros se detuvieron a una distancia de unas diez yardas, y desde allí, disgustados, contemplaban el resultado de la explosión. Debido a su amplia experiencia, Dan sabía que acababa de crearse una situación peligrosa. En cualquier instante tanto podía ser dentro de un segundo como al cabo de una hora toneladas y más toneladas de piedra mal sostenidas se derrumbarían.

¡Vaya un zafarrancho! murmuró Dan en voz baja, volviéndose hacia Collins.

En aquel momento, el joven Green, picado por lo que él creía una acusación injusta, deseando justificarse ante sí mismo, localizando la situación del barreno, se puso en marcha hacia el lugar donde la piedra había quedado resquebrajada.

Un grito unánime de todos los trabajadores hizo que Dan se diese cuenta de lo que pasaba.

¡Apártate, mocoso! vociferó.¿Tú sabes lo que estás haciendo? ¡Maldita sea!

Green dio media vuelta y miró a Dan desafiante. Parecía como clavado en el suelo.

¿No te digo? ¡Sal de ahí, idiota! gritó de nuevo Dan, que se precipitó hacia adelante y de un tirón sacó al aturdido joven del lugar del peligro, haciéndolo rodar por el suelo.

Fue entonces cuando una enorme roca se desprendió de la masa, y lanzada al aire voló como si apenas pesara. Dan la sintió y la vio venir. Dio otro nuevo empujón a Green y luego brincó a un lado tratando de escabullirse. Pero fue un segundo demasiado tarde. La piedra de tres o cuatro toneladas, cayó sobre su pierna derecha, haciéndosela papilla.

Dan, caído, empezó a vociferar. Intentó moverse, pero no pudo. Su pierna, mutilada e inútil, estaba cogida como por un cepo por el pedazo de roca.

Collins, Joe Frew y todos los demás corrieron hacia donde se encontraba Dan.

¡Márchense, diablos! rugía él. ¡Márchense, imbéciles! ¿No ven que va a desmoronarse más todavía?

¡Dan! ¡Dan! casi gemía Collins, agarrado con las dos manos a los hombros de Dan intentando, aunque en vano, liberarlo.

El hombre seguía gritando, echando espuma por la boca.

No pueden sacarme. Todo un maldito cementerio está encima de mí.

Joe Frew se arrodilló para ayudar a Collins. Era inútil. La pierna de Dan estaba inexorablemente aprisionada, como en un cepo de lobo. No existía ni la más remota posibilidad ni fuerza humana capaz de maniobrar y levantarla. Además, se estaba bajo la amenaza de un nuevo desprendimiento.

Por Dios, denme un trago de aguardiente dijo Dan, pasando su lengua por los resecos labios.

Inmediatamente trajeron una botella de la barraca, y al mismo tiempo Collins le decía a Green:

¡Corre! Corre tan de prisa como te sea posible y trae un médico, no importa cuál. Busca uno como sea, Cameron o Hyslop, si fuera posible.

Sin dejarlo terminar, el aterrorizado mozo echó a correr como un galgo.

Quiso la casualidad que aquella mañana, a las once, el doctor Finlay Hyslop volviese a Arden House, pues se había olvidado el estetoscopio. De no haber ocurrido este providencial olvido, Finlay hubiera estado fuera, haciendo su visita, cuando se presentó Green. El médico encontró al pálido y jadeante muchacho en las mismas escaleras de su casa. Un minuto después, ya se encontraba en el calesín corriendo a la máxima velocidad del caballo por la carretera de Langloan.

Cuando llegaron a la cantera, reinaba allí el extraño y desacostumbrado silencio que en la calle o en el hogar presagian siempre un serio desastre. Agarrando su maletín de instrumental, el médico saltó del coche y corrió hacia donde estaba tumbado Dan.

Dándose cuenta de la apurada situación, hizo un examen relámpago: la pierna había sido triturada debajo de la rodilla. Sólo quedaba un recurso: la amputación.

Miró a Dan, cuyo descolorido rostro estaba cubierto de sudor, y Dan lo miró a él. El dolor y el aguardiente pues la botella le estuvo dando ánimos hasta que Finlay llegara lo tenían trastornado.

¡Adelante, doctor! dijo. Usted sabe lo que hay que hacer. Corte por donde quiera. Pero tenga cuidado que mientras me esté mechando no le caiga otra buena piedra encima de la cabeza.

Finlay no perdió el tiempo en contestar. Se quitó la chaqueta, se subió las mangas de la camisa y abrió el maletín. Con un par de tijeras cortó el pantalón de Dan, que luego rasgó febrilmente.

Vertió medio frasco de tintura de yodo sobre el muslo, encima de la macerada rodilla.

Le voy a quitar esto murmuró y ahora respire profundamente. Cuando Dan estuvo bajo la influencia de la anestesia, Finlay cerró el frasco del anestésico, poniéndolo cerca, al alcance de su mano. Se puso un par de guantes de goma, tomó el bisturí y empezó. No quedaba tiempo para hacer prodigios de cirugía. Lo único urgente era cortar.

Tumbado sobre el vientre, bajo el peligroso techo de roca, Finlay trabajó como un demonio, cortando colgajos, vigilando las arterias y yendo después directamente al hueso. Cuando empezó a manejar el serrucho se desprendió de la roca un pequeño pedazo de tierra y piedra que fue a caer sobre el frasco del cloroformo, que se hizo añicos. Finlay, consternado, profirió una exclamación no demasiado suave, mas no era posible detenerse.

A una velocidad frenética siguió procediendo a las ligaduras.

Collins, con la vista fija en la piedra, lo incitaba para que se diera prisa. Deslizó dos tubos de drenaje, hizo las dos últimas suturas internas y empezó a coser los colgajos.

Cuando enhebró la aguja por última vez, vio las dilatadas pupilas de Dan clavadas en él.

Hermoso trabajo, doctor murmuró entre dientes, si bien no he podido presenciar más que el final de la operación. Los efectos de la anestesia se habían terminado hacía cinco minutos.

Cuando lo levantaron sacándolo de debajo de la roca, sus ojos seguían clavados en el doctor Finlay. Quiso hablar de nuevo. Pero se desmayó.

*    *    *

Como le iba diciendo continuó el vigilante nocturno, si hace seis meses alguien me hubiera dicho que no lamentaría haber perdido una pierna, le hubiese partido la mandíbula de un puñetazo; así era yo de insolente y pendenciero. Pero desde entonces considero las cosas de una manera muy distinta, doctor. No sé cómo, pero lo cierto es que ahora me siento y descanso, sin sentir la necesidad de alborotar. Puedo permanecer quieto y silencioso. Sí, puedo estar en paz conmigo mismo. Es raro, pero logro exprimir el jugo de la vida mejor con una sola pierna que cuando tenía dos.

Siguió un momento de silencio. Luego Finlay Hyslop dijo:

Supongo, Dan, que al final siempre es lo mismo. Lo que ocurre siempre es lo mejor. Aunque en los primeros momentos sea difícil comprenderlo. A fin de cuentas, se trata de pérdidas y ganancias. Lo que se pierde por un lado, se gana por el otro. Tengo que marcharme, Dan. Déjate ver mañana cuando pase por aquí.

Le tendió la mano y se alejó cuesta abajo, hacia la carretera.

Allí quedaba Dan Tainsh, el vigilante nocturno cojo, en su silenciosa comunión con las estrellas.

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