CANDILEJAS FENECIENTES

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Mucho ruido y pocas nueces, Como gustéis y Noche de epifanía forman una trilogía romántica que puede denominarse de madurez. Por último, hay que destacar que Shakespeare cierra su carrera dramática con otra trilogía: Cimbelino, El cuento de Invierno y La tempestad.

Referirse a estas obras permite mencionar la última novela de Cervantes. Una misma atmósfera de melancolía envuelve a las mencionadas comedias de Shakespeare, con los Trabajos de Persiles y Segismunda, ya que son creaciones de ensueño que se salen de los límites de la naturaleza. Ambos genios se complacen en moverse en un mundo imaginario, forjado para ellos solos. Shakespeare y Cervantes comparten diversas semejanzas. Se podría decir que sus caracteres viajan sin rumbo fijo propensos a perderse, a esfumarse, a circuirse de hielos perpetuos. Nada hay más espiritual, más fino y delicado, más misterioso. La alegría quita y reconcentrada, el dolor suave y resignado. Vagos recuerdos de la vida de sus autores, mezclados a visiones fantasmagóricas. Naufragios, peregrinaciones, aventuras en islas; el estilo se despoja de toda gala superflua. Las imágenes escasean. Un ascetismo rígido lo invade todo; sin embargo, la palabra es más justa y precisa y el pensamiento más hondo y elevado. Son obras en las que la vida del genio toca a su fin.

El 29 de junio de 1613, se incendia el teatro El Globo, del que Shakespeare era socio junto con William & John Combe, John Jackson y John Heminges, lo que fue de sumo dolor para las letras, ya que en él se perdieron todos los manuscritos originales del dramaturgo, junto con su comedia Cardenio.

Convertido El Globo en cenizas y perdida su inversión, los accionistas determinaron reconstruirlo con mayor magnificencia, a lo que destinaron mil 400 libras, de las cuales Shakespeare aportó 100, al igual que los otros nuevos socios que sumaban 14. Destruido el teatro, Shakespeare se retiró a Stratford a vigilar sus propiedades, en tanto sus compañeros emprendían la reedificación del nuevo Globo.

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Cervantes, el 19 de abril de 1616, le dirigió al conde Lemos —en el Persiles y Segismunda— una admirable dedicatoria llena de vida y sentimiento:

“aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: Puesto ya el pie en el estribo, quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras la puedo comenzar, diciendo: Puesto ya el pie en el estribo / Con las ansias de la muerte, / Gran Señor, ésta te escribo. Ayer me dieron la Extremaunción, y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies a vuesa Excelencia; que podría ser fuese tanto el contento de ver a vuesa Excelencia bueno en España, que me volviese a dar la vida. Pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos, por lo menos sepa vuesa Excelencia este mi deseo”.

El 20 de abril sólo pudo dictar el prólogo del Persiles, que concluye dirigiéndose al lector, despidiéndose de él:

“Mi vida se va acabando y al paso de las efemérides de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida […]. Adiós gracias, adiós donaires; adiós, regocijados amigos: que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida”.

Dijo el teórico Jean Cassou: “Cervantes muere, extenuado, agotando en Persiles su sueño supremo y su arte fantástico. Un año antes había hecho morir a don Quijote después de haberle despertado. Don Quijote muere decepcionado, vuelto a lo real, pero a lo real de su cura y de su sobrina… muere resignado”.

A su vez, el gran Jorge Luis Borges escribió: “conocemos a Hamlet y al Rey Lear, pero no a William Shakespeare. Sospecho que su extensa gloria póstuma lo habría sorprendido, pero no le habría interesado. Acaso para él, como para Próspero, todo está hecho de madera de sueños… Me permito exhumar el fin de una parábola que di a la imprenta hace años: La historia agrega que, antes o después de morir, se supo frente a Dios y le dijo: ‘Yo, que tantos hombres he sido en vano quiero ser uno y yo’. La voz de Dios le contestó desde un torbellino: ‘Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño, estás tú, que como yo eres muchos y nadie’”.

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