Primer estudio “oficial” del tatuaje

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Aunque en América había existido desde siglos atrás, el tatuaje sólo tuvo eco masivo durante la Guerra Civil de Estados Unidos. Por aquella época, las ferias y exhibiciones circenses mostraban como gran atracción personajes tatuados. Al igual que en Europa, este tipo de decoración corporal tuvo gran eco (moda, elitismo, excentricidad, ¿quién lo sabe?) entre los personajes de alcurnia.

Uno de los primeros tatuadores profesionales de Norteamérica fue C.H.Fellowes, aunque se considera que el primer estudio de dicha práctica fue abierto en 1870 en Nueva York por Martin Hildebrandt, inmigrante alemán. Su mayor competencia fue Samuel O´Reilly, quien inventó la máquina eléctrica de tatuar en 1891, la cual se difundió ampliamente, ya que la patentó y la ofreció a  la venta junto con los pigmentos, diseños y otros suministros necesarios; esta máquina se inspiró en una maquinaria inventada por Thomas Alva Edison.

Vale mencionar que la mayoría de las imágenes tradicionales de Estados Unidos de América se originaron en los diseños de Lew Alberts, que fueron los  predominantes en cuanto a temas patrióticos, sentimentales y religiosos durante más de medio siglo. Por su parte, Charles Wagner introdujo muchas innovaciones; entre otras, fue el primer americano que practicó con éxito el tatuaje cosmético, marcó perros y caballos como medio de identificación y experimentó con métodos químicos para remover los diseños.

Alrededor del año 1900 existían ya estudios de tatuaje en casi todas las ciudades importantes del planeta. Hoy en día, es famoso en el mundo de esta práctica el nombre de Sailor Jerry Collins (1911-1973), personaje del folclore estadounidense que, durante la década de 1920, organizaba excursiones de navegación por los Grandes Lagos y al mismo tiempo tatuaba. Durante un breve tiempo, Collins operó un establecimiento en la calle South State de Chicago y luego se fue a radicar a Honolulu, Hawai.

En la década de 1960, los dibujos en el cuerpo fueron denominador común de las bandas de motociclistas (al estilo de las que el cine inmortalizó en la película Nacidos para perder) de Estados Unidos. Este signo de rebeldía fue adoptado luego por los más jóvenes, particularmente los amantes del Rock and Roll.

Para finales de los años setenta y principios de los ochenta, el uso del tatuaje se difundió todavía más, con el nacimiento del movimiento hippie, una cultura alternativa que consideraba este arte como una forma de extravagancia. A partir de los años ochenta, bajo el impulso de los movimientos punk, heavy, rocker y de otras nuevas tendencias, los jóvenes empezaron de nuevo, con renovado brío, a interesarse por él.

Desde entonces, tanto el desarrollo tecnológico como la flexibilización de los criterios sociales fueron haciendo que esta práctica se convirtiera en algo cada vez más común. Así el tatuaje dejó de ser una forma marginal de identificación que se hacía en antros clandestinos para pasar a realizarse en establecimientos más o menos glamorosos de los centros de las grandes ciudades, a plena luz del día, sujeto a reglamentaciones legales y bajo estrictas normas de higiene y seguridad. Aunque de alguna forma sigue conservando parte de su carga ritual y simbólica, el tatuarse se ha convertido, en la actualidad en una nueva forma de seguir las reglas y vaivenes de la moda, de tal forma que no resulta extraño encontrar alguno pequeño (un simple corazoncito, una flor o mariposa, una inicial, algún muñequito cursi) en la anatomía de muchas jovencitas “de buena familia”. Ahora veamos en mayor detalle, por regiones, más de la historia del tatuaje.

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