Tatuajes: El lejano oriente

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Los chinos consideraban al cuerpo como algo precioso. Entre ellos la gente común no se tatuaba, pero sí quienes pertenecían a bandas criminales; por lo mismo, los tatuajes comenzaron a utilizarse para marcar a los delincuentes, asumiendo entonces la función de signo discriminatorio. En 1368, durante la última dinastía Ming, grupos étnicos cuyas localidades eran invadidas de manera constante adoptaron la costumbre de tatuar a sus mujeres en la cara a partir de los 12 años, con el fin de hacerlas menos atractivas para el enemigo. Con el tiempo dicha costumbre se transformó en tradición y se convirtió en un símbolo con el cual se mostraba haber alcanzado la madurez sexual. De tal manera, las mujeres Drug se marcaban entre las cejas y alrededor de la boca dibujos tribales, mientras que las Dai no sólo lo hacían entre las cejas, sino también en la espalda, brazos y manos; decoraban sobre su piel, de manera frecuente, una flor octogonal. Los hombres, por su parte, solían ponerse tigres y dragones, como símbolo de bravura y valentía.

En Japón el arte del tatuaje, en su variante ornamental, llegó a tal nivel de exquisita belleza que en el siglo VI fue adoptado por los mismos emperadores y a partir de ahí se popularizó. Las geishas se tatuaban el cuerpo para indicar su rango y adornaban sus manos con signos alusivos a su amante; si lo cambiaban, también tenían que cambiar estos signos. La técnica para realizar los tatuajes japoneses tradicionales ha sido, desde hace siglos, a mano alzada, es decir, las agujas se montan en un bastoncito de madera que el artista utiliza de forma transversal sobre la piel. Un dato curioso es que los bomberos tuvieron mucha importancia en la historia del tatuaje en aquel país. La anécdota va como sigue: alrededor de 1657, un gran incendio arrasó el distrito de Edo (que sobrevive en la actualidad con el nombre moderno de Tokio) y gran parte de los barrios bajos que lo circundaban. En la catástrofe murieron más de cien mil  personas y la ciudad tuvo que ser reconstruida casi por completo. A consecuencia de dicho siniestro, y para prevenir que se repitiera algo similar en el futuro, surgió un bien adiestrado cuerpo de bomberos, quienes dieron en vestir ropas de colores muy vivos y brillantes, decoradas con figuras de dragones para simbolizar poder y protección. Los más veteranos comenzaron a implantar la costumbre de tatuarse los dragones como medallas, representando poder, fuerza, valor y en honor del dios del trueno. En otra vertiente el Horinomi, técnica japonesa, fue usado para marcar a los esclavos y criminales (el tatuaje en sitios difíciles de ocultar, como la cara o brazos era un marcado símbolo de restricción social, pues con él se marcaba y humillaba a las personas), en tanto que grupos marginales lo usaban en la clandestinidad.

Para el siglo XVIII, el tatuaje tuvo gran auge y nueva popularidad como práctica en varias expresiones artísticas, entre las que destacó la literatura. Esto no duró mucho debido a la apertura del Japón hacia el mundo occidental, razón por la que el emperador Matsuhito, en 1842, no sólo prohibió que se llevara a cabo la práctica de “pintar” el cuerpo, sino que mandó destruir todos los laboratorios y maquinarias para ejercer dicho oficio, pues no quería que los extranjeros inversionistas consideraran a los nipones como unos “salvajes”; obvio, este emperador ignoraba que el tatuaje no era privativo de su cultura.

Pero ésta no fue la única razón por la que el tatuaje enfrentó el rechazo social, ya que la filosofía confucionista señalaba que el cuerpo debía mantenerse justo como fue recibido al nacer. Más tarde, paradójicamente, ciertos personajes, como los nietos de la Reina Victoria de Inglaterra, el heredero del trono ruso Nicolás II y algunos otros dignatarios europeos, viajaron hasta Japón para hacerse practicar estos peculiares adornos. Ante esta situación el emperador decidió entonces permitir la apertura de “laboratorios de piel”, con la condición de que en la puerta de los negocios debía colocarse un rótulo que dijera: “Sólo para extranjeros”. Por otro lado, los tatuadores nipones salieron al mundo y fueron maestros de maestros.

Poco después dicha práctica se convirtió en símbolo de temor, ya que los miembros de la Yakuza (mafia japonesa) se marcaban para reconocerse entre ellos, para señalar jerarquías dentro de su organización, demostrar valor (cubrirse de tatuajes es en verdad doloroso), ostentar su pertenencia y lealtad al grupo (ya que en esa época eran para siempre) y, en el aspecto mágico, para protegerse de sus enemigos. Este uso se fijó tanto en el grupo, que los conceptos de tatuaje y mafia nipona se han convertido en inseparables. Existen fotografías de yakuzas con casi todo el cuerpo tatuado, aunque es difícil ver los diseños que decoran sus pieles en público, ya que éstos les delatan. No obstante, suelen ir semidesnudos o desnudos en sus locales y sitios que consideran seguros, con el objetivo de mostrar su rango. Para terminar con Japón: en la época moderna hubo quienes vendieron su piel tatuada, o la de un pariente difunto, para que fuera exhibida como una muestra de la grandiosidad artística del tatuaje; hace unos cuantos años, la última piel de éstas fue vendida en alrededor de 50 mil dólares.

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