De tatuajes y algo más

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Retrato de una mujer India Rajasthan con tatuaje de henna y piercing en nariz.

Si bien el tatuaje y otras decoraciones corporales son entre las prácticas sociales y expresiones culturales más antiguas de la humanidad, en la época moderna, en particular en los espacios urbanos, cobran nuevos sentidos, sobre todo ligados a estrategias de identificación.

 

En la Biblia se mencionan las perforaciones de nariz y orejas: en Génesis 24:22, la sirvienta de Abraham dio un anillo nasal y brazaletes a Rebeca. En Deuteronomio 15:12-17, se habla de la perforación en las orejas como marca de esclavitud.  Por otra parte, la perforación en la nariz ha sido común en India desde el siglo XVI.

La perforación temporal en la lengua, practicada con púas de maguey, se utilizó como forma ritual por los aztecas y mayas, que así ofrecían su sangre a sus dioses. Cabe recordar que la imagen del dios Xochipilli está cubierta por tatuajes con motivos florales. La mayor parte de las civilizaciones de América llevaron joyería incrustada en las orejas, labios y narices, para lo cual se hacían las perforaciones y expansiones de orificios respectivos.

Otras prácticas de alteraciones anatómicas en el México Prehispánico constan en evidencias arqueológicas como sellos de cerámica, figurillas, cráneos, dientes y relatos de cronistas, los cuales nos hablan de cómo, porqué, cuando, quién y a quiénes se las realizaban. Así, se sabe que los guerreros acostumbraban hacerse escarificaciones sobre la piel de la cara, brazos o piernas al regreso de una batalla, y que quizá por motivos ornamentales practicaron la perforación o distensión del lóbulo de la oreja, del tabique de la nariz o del labio inferior, para hacer pasar por los orificios diversos tipos de adornos, entre los que se cuentan canutillos metálicos que sostenían plumas multicolores. La aplicación de pintura corporal,  tatuajes, escarificaciones, perforación o distensión del lóbulo de las orejas y de los labios, puede observarse en figurillas de arcilla procedentes de todas las culturas que en México nos precedieron en el tiempo.

Xochipilli, señor de las flores, muestra tatuajes alrededor de sus cuerpos.
Xochipilli, señor de las flores, muestra tatuajes alrededor de sus cuerpos.

Sobresalen las deformaciones corporales que practicaron los antiguos mayas, las cuales estaban revestidas de diversos significados y servían para separar lo ritual de lo pagano. En esta civilización fueron costumbre las conocidas deformaciones craneanas, las ornamentaciones dentales, a base limado e incrustaciones; tatuajes, escarificaciones y cicatrices, que en el llamado Periodo Clásico distinguían a los miembros de las altas jerarquías. Un dato relacionado con las modificaciones corporales como signo de identidad es el hecho de que entre los mayas se distinguen de forma básica dos tipos de deformación del cráneo: la tabular oblicua y la tabular erecta; la primera fue común entre las esferas de los altos dignatarios, pues producía un aplastamiento que hacía que el cráneo se asemejara al de los jaguares, considerados animales sagrados y distintivo de la nobleza. Para el resto de la sociedad, la forma craneal que se obtenía con las deformaciones intencionales practicadas desde la más tierna infancia estaba emparentada con la de las mazorcas, puesto que los mayas se concebían a sí mismos como los hombres de maíz. En jeroglíficos que datan del año 709 d.C., figura el Jaguar Protector durante un rito de sangre en el que su esposa principal, la señora Xoc, arrodillada ante él, tira de una cuerda que pasa por una perforación a través de su lengua, a la cual se le han insertado espinas.

Si pasamos a otras latitudes, sir James Frazer, en su célebre Rama dorada, relata cómo los habitantes del Punjab, al norte de la India, se tatuaban a sí mismos porque creían que al morir, el alma, “ese pequeño hombre o mujer” que habita el cuerpo, se iba al cielo ostentando los tatuajes que lo adornaron en vida, los cuales servían como una especie de salvoconductos para sobrepasar los peligros del tránsito del alma.

Respecto al anillado corporal o piercing, técnica que consiste en colocar pendientes u otro tipo de adornos en diferentes zonas del cuerpo como nariz, labios y cejas, por ejemplo, aunque su origen es difícil de establecer, diversas sociedades lo han practicado como parte de sus  costumbres. En Roma, los centuriones llevaban aros en los pezones como muestra de virilidad y coraje; entre las mujeres de la alta sociedad victoriana, el piercing era empleado para realzar el volumen de sus pezones; en la India, la nariz de las mujeres se perfora desde que son pequeñas; actualmente se debe a la tradición de que las abuelas deben anillar a sus nietas antes del matrimonio, aunque de origen este rito se hacía como signo de sumisión y devoción de la mujer hacia su marido. En algunas tribus de África las mujeres solteras, cuando se comprometen en matrimonio, agrandan su labio inferior perforándolo e insertando algún objeto en él. En la época de la Inquisición, algunas comunidades religiosas, como la Orden de los Carmelitas de la Santa Faz, usaron el anillado en los genitales como método para preservar la castidad y como instrumento de expiación de culpas.

Figura-silbato de mujer maya que muestra deformación del cráneo. Archivo digital de las colecciones del Museo Nacional de Antropología.
Figura-silbato de mujer maya que muestra deformación del cráneo. Archivo digital de las colecciones del Museo Nacional de Antropología.

De forma independiente a los usos religiosos, mágicos o rituales que vienen desde épocas ancestrales, la decoración corporal ha sido, y es más que nada hoy en día, una distinción que envuelve la piel como signo de identidad.

Entre las modificaciones corporales contemporáneas prevalecen las perforaciones y los tipos de tatuajes que proporcionan a quien los luce identidad, autonomía y libertad para expresar la exaltación de un ideal, de un afecto, o conllevan el espíritu de rebeldía y denuncia; y en muchas ocasiones crean en los individuos que forman parte de determinados grupos el sentido de pertenencia a los mismos y, al mismo tiempo, los diferencian en la sociedad. De tal manera, en el ámbito del tatuaje y las decoraciones corporales como signos de identidad se manifiesta el poder del cuerpo como espacio y coyuntura entre el ayer, el mañana y el siempre, revelándose como territorio íntimo o público. La piel se torna en un escenario privilegiado para la expresión individual o colectiva.

Los medios de comunicación juegan un papel fundamental en la promoción de este tipo de acciones. Ver a los artistas de la farándula llevando tatuajes o piercings acaba por hacer creer a la gente que esto es no sólo normal, sino símbolo de estatus. Desde la más tierna edad, los niños se familiarizan con esta costumbre; hay caramelos que incluyen un tatuaje que se borra a los pocos días; cuando estuvo en pleno la fiebre de los Pokemon y los Dragon Ball se vendían a los niños tatuajes con las figuras de dichos personajes. Que a nadie extrañe entonces que las niñas de doce años pugnen para que sus padres les permitan tatuarse o perforarse, o terminen haciéndolo a escondidas. Otras manifestaciones más extremas, como el piercing y las automutilaciones, además de permitir un ajuste de las estéticas antiguas y modernas, responden al deseo de romper con lo establecido.

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