Vivir tatuado

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Los tatuajes están estrechamente ligados a la transnacionalización de las culturas urbanas que se da en las principales ciudades del mundo; a partir de ellos se construyen significados locales que están relacionados con ciertas identidades de grupo, reivindicaciones de las culturas de resistencia, estilos de vida, y redefiniciones de la estética corporal y los usos del cuerpo por parte de algunos jóvenes contemporáneos. En un amplio artículo titulado Los usos públicos del cuerpo alterado en jóvenes urbanos mexicanos, publicado en la revista Polis (número 11) de la Universidad Bolivariana, Chile, Alfredo Nateras Domínguez, investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, plantel Iztapalapa, y coordinador general del diplomado Culturas Juveniles-Teoría e Investigación, refiere que:

“el uso social de espacios semipúblicos y públicos (estudios establecidos, exposiciones de tatuajes, tianguis callejeros) donde se hacen visibles estas expresiones culturales de la alteración corporal, también se resignifican como manifestación y práctica alterna o de ‘contracorriente’… el cuerpo es usado como espacio o territorio de la decisión de sí, en el entendido de que con él se puede hacer lo que venga en gana”. Pero, es curioso, señala, “las categorías de lo erótico, la sexualidad y sus prácticas asociadas a la alteración de los cuerpos juveniles urbanos, dieron poca información conforme a lo que se esperaba de ellas. Además son demasiado complejas y difíciles de trabajar, ya que aluden a aspectos que en lo social todavía se ven como un tabú y además están ancladas en la vida privada de los sujetos”.

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Según la investigación de Nateras Domínguez, la trayectoria del tatuaje en nuestro país comenzó en Tijuana, desplazándose a Monterrey, Guadalajara y de ahí a la Ciudad de México. Al principio

“la oferta cultural fue artesanal, es decir, aprendizaje por oficio, trasmitido de generación en generación de los más grandes a los más jóvenes, hasta que a través del transcurrir de los años se fue profesionalizando, lo cual ayudó a la creación de una incipiente industria cultural de la alteración y decoración de los cuerpos, dominada por la industria vigorosa e importante de Estados Unidos de América… siempre había otro que enseñaba, o dicho de otra forma, siempre había alguien con quién aprender. Esto propició el establecimiento de una red informal y subterránea de tatuadores, quienes empezaron a identificarse como tales al mismo tiempo que tatuaban a otras personas fuera de su grupo de pertenencia… se estaba creando la demanda y los públicos usuarios y así, de manera paulatina, a través de los años, se fue profesionalizando”.

Los primeros grupos juveniles urbanos que abiertamente y sin concesiones utilizaron el cuerpo tatuado y perforado en los espacios semipúblicos y públicos de las principales ciudades mexicanas, para interpelar y protestar contra la sociedad excluyente, fueron, según señala el investigador: los pachucos, los chicanos y los cholillos; después les siguieron los punks, los chavos banda y los heavy metaleros, hasta llegar a los darketos, góticos y vampiros, los hip-hoperos, los graffiteros, los skatos y los skey.

Respecto a las perforaciones corporales, dice Nateras Domínguez que

“la trayectoria es a la inversa, va de lo público a lo privado hasta instalarse en lo íntimo y de igual manera es una construcción sociocultural… A mediados de la década de los 80’s, en particular el movimiento anarcopunk, usa perforaciones en el rostro como una forma de protesta social… utilizando artefactos (como) navajas de rasurar, seguros, candados y puntas de metal”. Después —agrega— aparecen las perforaciones en la boca y debajo de los labios (el llamado bezote); enseguida, más en el caso de los hombres, se lleva en definitiva de lo público a lo privado, en tanto se ubica en los pezones. De ahí se mueve hacía el ombligo, más en el caso de las mujeres. El siguiente desplazamiento es de lo privado a lo íntimo, cuando aparecen las perforaciones en los genitales, tanto en hombres como en mujeres jóvenes.

Finalmente, señala que en nuestro país llama la atención la poca cantidad de mujeres en el ámbito de la expresión artística corporal (tanto en la oferta, es decir como tatuadoras o perforadoras, como en la demanda), en contraposición con la gran presencia de hombres.

“Esto no sucede en países como Estados Unidos o los europeos… Dicho lo anterior, tranquilamente se podría afirmar que la práctica de la alteración y decoración corporal en nuestro país, es un asunto muy de hombres y masculinizado, sin negar la presencia que han tenido y siguen teniendo (en los últimos años se ha incrementado la cantidad de mujeres que deciden tatuarse) las jóvenes en este ámbito de la oferta y la demanda cultural”.

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