Morir de sed junto a la fuente

Por Gabriela Onetto

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La distinción medieval incluíareyes, nobles, castillos y amores en prenda…

Sería muy exagerado decir que el amor no existió en la antigüedad; si así fuera, ¿para qué Ovidio el poeta se habrá tomado la molestia de redactar su enciclopédico manual El arte de amar y los aún vigentes El banquete y Cedro intentando resolver las incógnitas del caprichoso Eros? Y sin embargo, el mundo grecorromano no contó con una verdadera doctrina del amor, con una colección ideas, prácticas y conductas que reflejaran y se enraizaran en determinada colectividad. Para ellos, el amor se asemejaba a una enfermedad o rabia que asolaba a la persona; cuanto más alejada del placer y la voluptuosidad física, más extravagante era. Plutarco decía que a los que están enamorados hay que perdonarlos como si estuvieran enfermos. Y dando un rápido vistazo histórico, no es difícil reparar en que amores como los de Tristán e Isolda o Romeo y Julieta fueron casi desconocidos en la antigüedad. Aunque la pasión fatal y dolorosa existía, no era moneda corriente; a tal punto que de las grandes tragedias griegas —las treinta que nos quedaron— no hay una sola que trate el tema del amor. Sospechoso, ¿verdad?

Es que el amor como lo conocemos fue, en realidad, un invento de los poetas franceses del siglo XII . A partir de ellos ya no se le consideraría —como antes— una excentricidad individual o un delirio enfermizo, sino un ideal de vida superior, un camino positivo de evolución personal. A tantos siglos de distancia, muchos aspectos en teoría y praxis del llamado “amor cortés” siguen vigentes e influyendo sobre nuestras creaciones literarias, películas, tradiciones románticas y relaciones mismas. Lo sorprendente es que este fenómeno no provino de escuela filosófica o religión alguna; tampoco surgió de un imperio deslumbrante o civilización milenaria, sino en torno de la nobleza de un selecto grupo de señoríos feudales en el sur de Francia (Occitania). Claro que los poetas y trovadores no inventaron la idea del amor a partir de la nada: si lo pudieron hacer fue porque, en cierto modo, esa nueva forma de ver las cosas ya estaba latente en la sociedad de su tiempo. Un tiempo de exploraciones, de inestabilidad política, de comercio, de Cruzadas, de contacto con Oriente, de descubrimientos culturales, de feudos bastante ricos y autosuficientes, de cambios en la condición de la mujer, de guerras que se llevaban a los maridos lejos, de matrimonios arreglados, de refinamiento aristocrático, de profundidad espiritual, de grandes creaciones. El siglo XII fue como una primavera en la Edad Media, una brisa refrescante anunciando expansiones y nacimientos.

Existe una delicadeza amorosa dentro de los postulados del amor cortés, exaltada por el trovador medieval

La invención del amor

Decir amor cortés refiere a la distinción medieval entre corte y villa (amor villano, es decir rudo, meramente físico). El amor cortés, en cambio, no buscaba el puro placer carnal ni la procreación, sino un vínculo espiritual que rayara casi en lo sagrado. Por eso, la cortesía era un intrincado código de erotismo, un compendio de normas morales y prácticas que regulaban la conducta amorosa. También era un canon estético, ya que surgió a partir de la poesía trovadoresca —que eran canciones— y las primeras novelas de caballería. Lo curioso es que estos poetas occitanos jamás le llamaron “amor cortés”, como se conoce ahora a este fenómeno. Amor cortés es una expresión moderna popularizada a partir del siglo XIX; los trovadores preferían llamarle “buen amor”, “verdadero amor” y sobre todo, “fino amor” (fin’amors), en el sentido de refinado, depurado. El concepto de “cortesía” (cortezia), alrededor del cual gira todo este subversivo arte de amar, implica el trato elegante, la lealtad, la valentía, la diversión delicada, la finura en el trato, la buena educación, la generosidad. Se le veía como un requisito para hacerse digno del amor de la dama; fueran proezas de armas, proezas de amor, hermosura en el canto o una perfecta disciplina del deseo, de lo único que se trataba todo era de adquirir prestigio ante los ojos de ella e intentar ganar su favor, siempre incierto. Según la literatura caballeresca, incluso existía una especie de “escuela de cortesía” que perfeccionaba a los candidatos con pruebas. Claro, la mejor academia era la actitud arrogante y gélida de la dama; frente a su altivez, el caballero debía responder con humildad, reverencia, templanza y sumisión. No suena nada fácil.

Pero ¿de qué se trataba este flamante amor puesto de moda? (Amor que influyó en toda la literatura posterior, la mística y —desde el inconsciente colectivo— hasta en nuestras ideas contemporáneas). ¿Cuáles eran sus temas, sus obsesiones?, ¿cómo se desarrollaban sus vínculos? Empecemos por echar un vistazo a los lugares comunes del amor cortés.

La fresca emotividad de la relación de pareja fue un invento de la poesía medieval,  exaltada por la separación de los enamorados.
La fresca emotividad de la relación de pareja fue un invento de la poesía medieval,
exaltada por la separación de los enamorados.
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