179

El 30 de diciembre de 1916 murió asesinado el famoso “monje loco”, como se conocía a Grigori Rasputín. Se dice que miembros de la nobleza, celosos de cómo era recibido por el zar Nicolás II, y del influjo que sobre éste tenía, tramaron el complot para acabar con su vida e influencia

La historia dice que esa noche asistió al palacio del príncipe Félix Yusúpov. Le ofrecieron vino y unos pastelillos envenenados con cianuro. Al parecer no surtieron efecto, así que Yusúpov pasó a meterle un tiro. Dándolo por muerto, Yusúpov fue por uno de sus cómplices, Vladimir Purishkévich, líder del ala derecha de la Duma, la Asamblea Legislativa. Pero Rasputín no murió. Aún pudo levantarse y con toda la furia que pudo atacó a sus agresores, entre ellos también al Gran Duque Dimitri Pávlovich. Escapó hacia el patio de la residencia del príncipe. Purishkévich erró en dos ocasiones más al dispararle, pero pudo acertarle otras dos. Cuando Rasputín cayó al suelo, lo remató con un fuerte golpe en la sien y el balazo de rigor en la frente. Muerto, le colocaron unas cadenas para hundirlo en el río Neva, donde fue encontrado congelado días después, el 3 de enero de 1917. Aparentemente le cortaron los genitales. Durante mucho tiempo se creyó que los balazos no lo mataron, sino las aguas del Neva. Pero no había agua en sus pulmones: fue arrojado al río ya muerto. También se descubrió que sólo tenía los balazos —la irrebatible causa de muerte— pero ningún rastro de veneno. No comió ningún pastelillo; Rasputín los rechazaba al creer que disminuían el efecto de sus poderes de sanación.

Rasputín era un místico cuyo nombre no significa disoluto, nunca robó caballos, tampoco exhibió sus genitales públicamente en un restaurante, ni mucho menos fue el padre ilegítimo del heredero al trono, Alexei, que padecía hemofilia.

La leyenda de Rasputín, igual que los salaces dibujos que se distribuyeron en Rusia mostrándolo en actos obscenos con la zarina Alexandra, fue una total fabricación, auténtica noticia falsa hecha con fines políticos para desacreditar la imagen del zar y su familia. En su tiempo todo lo referente a Rasputín fue fantasía, como que controlaba la mente con solo mirar a su interlocutor. Ello no fue obstáculo para que políticamente se le utilizara contra el zar, al propagar su leyenda en infames pasquines. Tanto sucedió esto que incluso su muerte fue utilizada simbólicamente contra el zar y su régimen: asesinar tan exitosamente a su protegido significaba que el zar era frágil; que su debilidad por el monje era idéntica a su debilidad política. Tampoco ayudó mucho que se difundiera una de las declaraciones de Rasputín: de morir él, caería la dinastía Romanov. Cuando dos meses más tarde el zar abdicó, se cimentó la fama del monje como santo. Y como profeta.

Mucho de la vida de Rasputín se desconocía, hasta que aparecieron recientemente acuciosas biografías, precisas y rigurosas, como la del inglés Douglas Smith, quien desmiente la leyenda y se concentra en arrojar luz sobre hechos, que al ser prácticamente desconocidos o no tener fuentes confiables, fueron manipulados en su tiempo para convertirlos en mentiras, subrayar las partes oscuras de su leyenda y convertirlo en siniestro personaje. Lo que, por supuesto, no era.

Entre los datos publicados y ahora sí comprobados, están que Rasputín nació en Siberia en 1869. Destinado a una vida en el campo, tuvo una conversión religiosa al cumplir 28 años, en 1897, para superar su alcoholismo, aunque su justificación personal se mantiene: padecía insomnio y, adulto, seguía orinando la cama. Para superarlo se volvió peregrino: difundía las sagradas escrituras. En sus viajes atraía muchas personas, que se convirtieron en sus seguidores porque tenía eso que se llama “don de gentes”. Ayudó su enorme habilidad discursiva; era, pues, buen predicador. Cierto es que nunca fue ordenado como sacerdote, pero estuvo en un monasterio que entre sus peculiaridades, promovía un ritual primitivo que involucraba orgías, a las que se hizo afecto este demasiado carismático monje.

Varias mujeres conformaron su legión de admiradoras; fue muchas veces visto departiendo con ellas, entregado a besuqueos y caricias. Ayudó a su leyenda que su afición no se limitaba sólo a sus seguidoras o representantes de la realeza: también frecuentó prostitutas. Con éstas protagonizó uno que otro escándalo, que, por supuesto, fue magnificado hasta hacerlo una leyenda negra. Su apetito sexual fue clave en construir su mitología. Sus poderes mentales es lo inverosímil del mito; han estado sujetos a discusión, sobre todo porque en esos años los charlatanes proliferaban promoviendo sesiones espiritistas. Uno, francés, Philippe Nazier-Vachot, se dice que hizo creer a la zarina que Alexei, nacido en 1904, fue producto de su influencia en el más allá.

San Petersburgo por supuesto estuvo en el camino emprendido por Rasputín. Logró presentarse en la corte y decir que podría ayudar a Alexei con su mal. Nicolás lo recibió como hombre santo y esto lo aprovechó Rasputín para conseguir influencia no sólo en la corte sino en los asuntos del estado ruso.

Rasputín en la corte obtuvo influencia, sobre todo con la zarina, pero nunca mantuvo ningún tipo de intimidad con ella (Alexandra Fiódorovna era muy devota; le tenía auténtica fe a quien consideraba un santo que atendió varias crisis del pequeño zarévich). Eso sí, muchas damas de la corte no tuvieron pruritos con el monje y accedieron a sus caprichos, por supuesto, a espaldas de la zarina.

La vida escandalosa de Rasputín y su capacidad de influir en las decisiones del estado, fueron el ojo del huracán. Nicolás nunca escuchó las advertencias de propios y ajenos. Así que la conspiración creció para deshacerse de Rasputín, con tan malos resultados que el pueblo consideró su muerte una agresión sin sentido. Las protestas en contra de su asesinato se incrementaron, sobre todo por el papel de Rusia en la Primera Guerra Mundial, por completo repudiado entre las élites y el pueblo ruso ya que se culpaba a la zarina, de ascendencia alemana. Así que la muerte de Rasputín selló el destino de los Romanov y, sin duda, el de Rusia.

La parte escabrosa de su mitología es la supuesta emasculación post-mortem. Desde los años 1920 dicha “reliquia” da la vuelta al mundo anunciada como poseedora de poderes curativos para la fertilidad. Este hecho alternativo tendría un sustrato de verdad si se considera que la principal promotora del culto al miembro viril de Rasputín fue, ni más ni menos, que su propia hija, María Masha Rasputína. En 1977, trabajando en una hagiografía sobre su padre, heredó la reliquia a su colaborador, un tal Dr. Ripple, quien a su vez la vendió a un coleccionista californiano en 1994, Michael Agustino.

Agustino quiso subastar el miembro, con tan mala suerte que al hacerle pruebas se descubrió que tan sólo era un pepino de mar desecado. Esto no impidió que la leyenda continuará, ahora con ayuda del médico Igor Knyazkin, jefe del Centro de Próstata de la Academia Rusa de las Ciencias, quien en 2004 inauguró el primer Museo Nacional de Arte Erótico en su clínica de salud sexual. Entre los más de quince mil objetos coleccionados a lo largo de su vida, está, como pieza principal, el miembro de Rasputín, pulcramente exhibido en un frasco de formol, tras, según dijo, haberlo comprado en París a un anticuario desconocido por ocho mil dólares. ¿Cómo verificar la autenticidad de semejante objeto? Según Knyazkin, basta con la exacta descripción que dio del mismo Masha Rasputína (incluyendo centímetros y diámetro), las cartas de un aparente tono picante que venían junto con el objeto, dizque firmadas de puño y letra por Rasputín, y el “testimonio” de que el miembro fue cercenado post-mortem por una admiradora del monje y conservado por ella hasta que lo cedió al coleccionista que lo vendió al Dr. Knyazkin. Una historia rocambolesca que funciona como hecho alternativo.

Lo cierto es que todo esto entra en lo que ahora se define como “noticia falsa”, la que únicamente arroja un velo de intriga y misterio sobre la vida de Rasputín. Pero también explica cómo se destrozó su reputación. En más de un sentido es una posverdad elaborada ya que el control del objeto quedó en manos de los interesados en lucrar con él sin permitir una comprobación científica que disiparía cualquier duda; es, pues, algo que se construyó con mentiras, negando la realidad y, al menos según las biografías recientes, lleva un siglo difundiéndose; ahora es difícil de desmentir. Si ese pene asequible es imposible de ser estudiado para establecer la verdad, en consecuencia es igual de imposible hablar de la influencia política de Rasputín, notable curandero ciertamente cercano a la zarina y su hijo, pero de ninguna manera amante de ella ni partícipe de su intimidad.

A Rasputín se le sumaron “milagritos”; incluso su violenta muerte fue símbolo de un país en revuelta. Asimismo fue víctima de una nueva forma de hacer política que se sofisticó en la actualidad con el uso y abuso de las redes sociales, donde se construyen realidades alternas, en las que no importa la verdad. Rasputín, víctima de eso, pasará tiempo esperando ser totalmente reivindicado con todas sus virtudes y todos sus defectos.

Screen Shot 2017-05-04 at 10.01.24 AMMaría Rasputín escribió dos memorias sobre su padre, una sobre su relación con el zar y la zarina, otra sobre  el ataque de Khionia Guseva y el asesinato y un tercer libro, El hombre detrás del mito, publicado en 1977. En sus tres memorias, cuya veracidad ha sido cuestionada, pintó un cuadro casi santo de su padre, insistiendo en que la mayoría de las historias negativas se basaban en calumnias y en la mala interpretación de hechos por sus enemigos.

________________________________________________________________________

Rasputín VA AL CINE

Screen Shot 2017-05-04 at 9.59.45 AMLa vida de Rasputín, por sus peripecias novelescas, por supuesto fue motivo de varias películas. No muchas; tampoco de gran influencia estética o dramática. Pero que abundan en su mitología. Empezando por Rasputín y la zarina (1932, Richard Boleslawski), interpretada por el clan Barrymore, Lionel, Ethel & John, cada uno reservándose un papel estelar; pieza casi de cámara para tres actores que interpretan al monje, la zarina y Yusúpov, con tan mala fortuna que el film fue demandado por Yusúpov mismo: consideró que su retrato ficticio (como “Príncipe Chergodieff”), era inexacto y difamatorio.

Ese mismo 1932, el alemán Adolf Trotz, produjo Rasputín, el demonio de las mujeres, con Conrad Veidt en el estelar. Narraba la parte más sicalíptica de la leyenda y contaba como imán de taquilla con que el guionista, Ossip Dymow, supuestamente conoció al monje en persona. Por supuesto, antes que la verdad, se eligió la leyenda.    

El monje cayó en el olvido del cine hasta que la Hammer Films inglesa decidió que era hora de incluirlo en su nómina de monstruos, interpretado por su actor exclusivo, Christopher Lee, para la escalofriante Rasputín, el monje loco (1966, Don Sharp), película que rehúye cualquier atisbo de realidad y convierte la leyenda del monje en una de terroríficas consecuencias.

La historia de Rasputín fue más o menos reivindicada con un poco de realidad en un film histórico, donde queda en discreto segundo plano en la historia de Nicolás y Alejandra (1971, Franklin J. Schaffner).

Finalmente,  ninguna de las series de televisión de diverso tenor sobre Rasputín superó las mitologías iniciales que el cine hizo sobre este inasible personaje.

Compartir