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El año 1917 fue de gran confusión para la Rusia zarista. Desde 1916 se intentó desestabilizar al régimen con un golpe de estado que, se pretendía, impidiera la revuelta popular. Su único éxito: asesinar a Rasputín, visto como símbolo de la zarina, a quien se atacó brutalmente por todos los medios posibles. La zarina era considerada la mayor debilidad de Nicolás II

No todos los nobles y aristócratas estuvieron de acuerdo con atacar el zar, al menos en términos políticos. Muchos le advirtieron del enrarecido ambiente y si no quería perder el trono debía promover el cambio político.

A principios de 1917 las huelgas eran constantes en Rusia. La escasez de alimentos también fue un factor determinante. Las protestas crecían. Sobre todo por el costo que Rusia estaba pagando en la Primera Guerra Mundial. El descontento produjo enorme inestabilidad política, afectando el funcionamiento, principalmente, de la Duma. El zar tomó decisiones cada vez más costosas, como disolver las manifestaciones por la fuerza. Pronto perdió el control del ejército. El 8 de marzo de 1917 comenzó una espiral de deterioro que culminó el día 12, cuando abdicó a favor de su hermano, el duque Mijaíl, quien mantuvo un día el poder. Declinó a favor de la Duma y de Aleksandr Kérenski (1881-1970), clave en el derrocamiento del régimen zarista y segundo ministro provisional tras la Revolución de Febrero. Esto llevó a crear un gobierno dividido entre el Comité Provisional de la Duma y el Sóviet de Petrogrado, la entonces capital.

Este gobierno resultó inestable: llevó a la Revolución de Octubre y la llamada Guerra Civil Rusa (1917-1923) que para efectos prácticos concluyó con la fundación de la Unión Soviética en 1922.

El 7 de noviembre de 1917 triunfaron los bolcheviques. Fue un éxito de habilidad política. Para lograr la estabilidad, V. I. Lenin (1870-1924), creyó que no debía entregarse el poder directamente a los bolcheviques, sino seguir la estrategia propuesta por Lev Trotski (1879-1940), de entregar primero el poder al Sóviet de Petrogrado. “Sóviet” es el término ruso para asamblea. La de Petrogrado era la más sólida.

La madrugada del 25 de octubre, Lenin se infiltró, solo con un guardaespaldas, en la debilitada sede del gobierno provisional de Kérenski. Kérenski, gracias al apoyo popular contuvo con éxito el llamado Golpe de Estado de Kornílov, intento contrarrevolucionario llevado a cabo por el comandante en jefe del Ejército Ruso Lavr Kornílov (1870-1918). Pero no pudo con los bolcheviques y la Revolución de Octubre. Fue fácil para Lenin deponerlo y tomar Petrogrado. A las diez de la mañana del 25 de octubre, en el viejo calendario juliano, y 7 de noviembre, en el más preciso gregoriano, Kérenski huía de la ciudad mientras Lenin dirigía su primer mensaje por radio anunciando que el poder estaba en manos del Comité Militar Revolucionario del Sóviet de Petrogrado.

Ese mismo día comenzó el asedio al Palacio de Invierno. Concluyó un día después, en la madrugada, cuando los bolcheviques sometieron a quienes se resistían. Fue el triunfo definitivo de la revolución bolchevique. Pero aún faltaba un largo camino hasta la paz.

Poco antes, tras el triunfo de la Revolución de Febrero, Kérensky tuvo a la familia imperial bajo arresto domiciliario. La abdicación de Nicolás II concluyó  el dominio de los Romanov, establecido desde 1613. Kérensky quería exiliar a la familia a Inglaterra, puesto que la zarina, bautizada como Alix von Hessen-Darmstadt, era nieta de la reina Victoria. Kérensky no logró su propósito. Dada la inestable situación política y que Inglaterra dudó en aceptar a los Romanov, Kérenski los llevó a Tobolsk. Tras ser depuesto, la familia imperial quedó en manos de los bolcheviques. En junio de 1918, el jefe de policía local de Tobolsk, Gavril Másnikov, propuso asesinar a Mijaíl; Lenin aprobó la medida. Fue el primero de los Romanov en morir. Su cuerpo jamás se encontró.

El ejército rojo, bolchevique, enfrentó todavía durante bastante tiempo al ejército blanco, fiel al antiguo régimen. Así, de Tobolsk llevaron a la familia imperial a Yekaterimburgo, en los Urales. La madrugada del 18 de julio de 1918, los captores de la familia temían que el ejército blanco emprendiera una operación militar para liberarlos, por lo que decidieron fusilar a toda la familia y sus cuatro sirvientes. Para que no fueran reconocidos, mutilaron y escondieron los cuerpos. Esto cimentó la leyenda de que al menos el zarévich y una de sus hermanas escaparon.

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La especulación se mantuvo hasta que en 1991 se hizo público el hallazgo de una tumba. Los análisis genéticos, hechos por el Instituto de Medicina Legal de Innsbruck, demostraron que había en ella nueve cuerpos: Nicolás II, la zarina Alexandra, tres de sus hijas y los cuatro sirvientes. Al faltar una niña, tal vez la hija menor, Anastasia, y el zarévich, se insinuó que habrían sobrevivido. Una polaca de nombre Anna Anderson, en realidad bautizada como Franziska Schanzkowska, se hizo pasar durante años como heredera de los Romanov, generando la leyenda en torno al trono de los zares. La sucesión, por años la reclamaron los parientes legítimos de Nicolás II, primero su primo, el Gran Duque Cirilo Vladimirovich, luego su hijo, el príncipe Vladimir Kirílovich, y finalmente su nieta, María Vladimirovna Romanova.

En julio de 2007 se encontró otra fosa, casi a medio centenar de metros donde estaba la primera, la de 1991. Los resultados de ADN fueron incontrovertibles: dos niños, un varón de entre 12 y 15 años y una niña entre 17 y 19. Al morir, los hijos de Nicolás tenían: Olga, 22 años; Tatiana, 21; María, 19; Anastasia, 17; y el zarévich Alexei, 13. Científicamente quedó establecido que los restos de la segunda tumba pertenecían a Alexei y a una de sus hermanas, Anastasia o María. O sea, ningún miembro de la familia del zar sobrevivió a la salvaje ejecución. Pero demasiado tiempo se mantuvo la leyenda de que Anastasia y el zarévich escaparon a su destino. Anna Anderson fue la más famosa de las muchas impostoras que surgieron a lo largo del siglo XX (se calculan más de diez), desperdigadas por la geografía europea: dos, dizque Anastasia y su hermana María, acabaron como monjas en los Montes Urales. Otra, al decir de la propia hija de Rasputín, Masha, huyó a China. Otra más sobrevivió en Bulgaria. El imaginario colectivo quedó envuelto en la fascinación que por años despertó la trágica suerte sufrida por la familia del zar, en especial, la de Anastasia. No fue una noticia falsa su ejecución, sino su posterior renacimiento, más difundido que la verdad misma. Sin duda que el sino de los Romanov estuvo unido al de Rasputín. Su trágica historia tuvo más de mito que de realidad  y tal vez por eso persiste en la memoria popular.

En 2007 se hicieron las pruebas de ADN para finalmente terminar con el misterio. Abajo  cráneos de los miembros de la familia Romanov y su séquito.
En 2007 se hicieron las pruebas de ADN para finalmente terminar con el misterio. Abajo cráneos de los miembros de la familia Romanov y su séquito.

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Anastasia

En 1956, Hollywood hizo una interesante cinta, Anastasia, de Anatole Litvak. De origen ruso-judío, Litvak debutó en el cine alemán en 1930 bajo los auspicios de la UFA. Con el ascenso del nazismo buscó mejores aires, primero en Inglaterra y luego en Hollywood, a donde llegó en 1937 contratado por la entonces poderosa RKO. Dos decenios más tarde, ya muy prestigiado como director, le tocó, vía la 20th Century Fox, dirigir Anastasia, cinta que narra cómo el general Bounine (el también ruso Yul Brynner), descubre en París a una vagabunda con amnesia, Anna Koreff (Ingrid Bergman en la interpretación que le mereció un Óscar), y creyéndola la verdadera Anastasia Romanova, la convierte en aspirante al trono para lucrar con ella: quiere acceso a los fondos zaristas depositados en el Banco de Inglaterra. El único obstáculo es la abuela de Anastasia, también exiliada, la emperatriz viuda María Fedorovna (Helen Hays), quien ha visto desfilar diversas impostoras fingiendo ser su nieta. Pero duda: ¿es o no esa amnésica la verdadera Anastasia?

El guión de Arthur Laurents, basado en la obra teatral de Marcelle Maurette & Guy Bolton, construye una fábula sobre el peso de la historia, el exilio y una personalidad dividida. Es sorprendente el manejo de los actores y la forma en que logran hacerle creer al público no la trama sino su trasfondo. La cinta, por supuesto, confirma la mitología de Anastasia y su trágica suerte; su ambigüedad histórica, ¿murió o no? En aquellos años se creía firmemente que no. La película da una explicación plausible de por qué no apareció en su momento. Es una piedra sólida sobre la que se construyó la leyenda de Anastasia, precisamente porque es una cinta inspiradamente dirigida por Litvak, quien no descuidó detalle para hacer verosímil la leyenda de la trágica princesa.

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