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Entre las directrices principales de Pulitzer estuvo mezclar noticias duras junto con ligeras, diseñando las páginas de su diario para que el lector las recorriera de forma determinada y se informara y entretuviera a la vez

Los viejos titanes de la prensa estadounidense, William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer, se enfrentaron alrededor de 1895 a propósito de qué publicarían sus diarios respecto a la guerra hispano-estadounidense. Lo que finalmente hicieron fue cubrirla exagerando todos los elementos posibles, incluso inventando hechos, para llevarse la “exclusiva”, pero la más amarillista, escandalosa, sin fuentes, nada veraz, aunque atractiva para los lectores.

Históricamente esa guerra fue la independencia de Cuba del dominio español, pero se transformó en otra cosa gracias a una ideología. Desde 1845 caló hondo en el ánimo estadounidense lo que el periodista John L. O’Sullivan publicó en la revista Democratic Review:

“la finalidad de nuestro destino manifiesto es expandirnos por todo el continente que nos ha asignado la Providencia, para la evolución del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para la expansión absoluta de sus capacidades y de su constante fortalecimiento”.

En esta afirmación se sustenta la ideología fundamental del gobierno estadounidense que, hasta tiempos recientes, se concentraba en que las instituciones de los EU son virtuosas, por ello hay que rehacer el mundo a su semejanza; la razón: una encomienda divina. Con esto surgió el expansionismo que llevó a apoderarse de Texas en 1845, California en 1848, a la guerra con México para quedarse con Colorado, Arizona, Nuevo México, Nevada, Utah, que concluyó en 1848 con el tratado Guadalupe-Hidalgo.

La ideología del “destino manifiesto” se deriva de la famosa Doctrina Monroe, pronunciada por el quinto presidente de los Estados Unidos, James Monroe, resumida en la frase “América para los americanos” y que desde 1823 es una autorización, de facto, que el gobierno estadounidense se dio a sí mismo para intervenir a lo largo del continente cuando fuera pertinente. O cuando se afectaran sus intereses.

En su momento estas doctrinas fueron la manera de resistir las restauraciones monárquicas de Europa de aquellos años. Pero alentaron una política colonialista que tuvo de colofón, en el siglo XIX, la dicha guerra por la autonomía de Cuba. Y de Filipinas, Guam y Puerto Rico, naciones que pasaron a depender de Estados Unidos.

Esta guerra fue cubierta de forma tal que sobrevive más la leyenda que los hechos gracias al pleito entre el periódico de Hearst, el New York Journal, contra el de Pulitzer, el New York World.

Pulitzer (1847-1911), compró en 1883 el New York World, en declive; renovó la línea editorial hacia noticias sensacionalistas y, por supuesto, escandalosas. Entre sus aportaciones estuvo incluir una hoja dominical, el primer suplemento de hecho, y también la primera historieta a colores que, por supuesto, fue un éxito. La circulación de su diario pasó de quince mil ejemplares a 600 mil.

Hearst (1863-1951), por su parte, tenía 28 diarios de circulación local bajo su dirección y propiedad, así como diversas revistas. Su mayor éxito fue crear noticias falsas. Antes de la guerra hispano-estadounidense ya alteraba hechos. Su política era publicar primicias. Fueran o no ciertas. Su línea editorial: “yo hago la noticia”. Él decidía qué era y qué no. Por ejemplo, sin pudor alguno emprendió escandalosas campañas de manipulación contra la Revolución Mexicana: apoyó a Porfirio Díaz y luego a Victoriano Huerta (por su interés de preservar sus innumerables propiedades en México). Su legado: inspiró a Orson Welles en Ciudadano Kane / El cuarto poder (1941), film considerado cumbre del cine mundial a pesar de que Hearst intentó boicotearlo y destruirlo.

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En la guerra sostenida entre los diarios de Hearst y Pulitzer, justo en sus momentos álgidos, alrededor de 1897, un tercero en discordia, el New York Press, acuñó en una editorial el término “prensa amarilla” respecto al trabajo de sus competidores, dado que faltaban a la ética elemental del periodismo.

El término “prensa amarilla” proviene de un personaje, precisamente El chico amarillo, de Richard F. Outcault (1863-1928), considerada en la historia la primera tira cómica que utilizando globos de diálogo fue publicada a colores, en un primitivo tono amarillo, de ahí el nombre. Insólitamente apareció en los dos diarios en pugna. En 1895 debutó para Pulitzer. Hearst decidió comprarla en 1897. Pulitzer, en respuesta, contrató a otro dibujante, George Luke, para que continuara la historieta. Así, por un tiempo apareció alternativamente en ambos diarios.

Un tiempo después, el New York Press explicó por qué los llamó “prensa amarilla”. En inglés el término tiene un juego de palabras (yellow es el color; también sinónimo de cobarde). Así que el editorial fue elocuente: We called them Yellow because they are yellow, “los llamamos amarillos porque son cobardes”.

Sorprendentemente Pulitzer, desde 1892, quería financiar una facultad de periodismo en la Universidad de Columbia. El rector de entonces, Seth Low, rechazó la oferta por lo polémico que era Pulitzer. Sus temores por supuesto se confirmaron cuando sucedió la guerra hispano-estadounidense, llena de invenciones y de lo que ahora se llama posverdad, noticias falsas y “hechos alternativos”. Sin embargo, diez años después, al nuevo director, Nicholas Murray, le pareció atractiva la oferta, creándose la escuela en 1903. No se cumplió que Pulitzer fundara la primera escuela de periodismo en EU: la Universidad de Missouri lo hizo en 1901. Columbia, sin embargo, tendría entre sus funciones el premio que llevaría su nombre, Pulitzer. Fue instaurado hasta después de su muerte, en 1917 porque en su testamento legó a la Universidad dos millones de dólares.

La idea del premio, para Pulitzer, es que se otorgara a la excelencia periodística. Sensible como era a los cambios en la sociedad, consideró que deberían premiarse también ciertas artes. Propuso doce categorías, cuatro para periodismo, literatura y teatro respectivamente. Y una extra para educación. Asimismo, dejó que el Comité Consultivo de la Universidad de Columbia tuviera atribuciones para modificar, de acuerdo con los intereses del público, determinadas categorías. También que si decidía el Comité, junto con el Patronato que otorga el premio, que no había obras de calidad para ser premiadas, se declarara desierta la categoría. Esto, por ejemplo, en literatura, ha llevado a que en los años 1919, 1920, 1921, 1941, 1942, 1944, 1946, 1947, 1951, 1954, 1963, 1964, 1966, 1968, 1971, 1972, 1974, 1977, 1986, 1997, 2006 y 2012 no se concediera.

Su primera edición se llevó a cabo el día 4 de junio de 1917. Actualmente se entrega en el mes de abril. Las trece categorías propuestas por Pulitzer se fueron modificando, quitándose unas y creándose nuevas. En el presente son 21. Catorce de periodismo (reportaje de divulgación sobre temas complejos, reportaje de seguimiento sobre un tema concreto, reportaje sobre noticias de última hora, editorial, artículo de fondo, fotografía con noticias de última hora, periodismo nacional, periodismo internacional, periodismo de investigación individual o en equipo para una sola entrega o secuencia de artículos, fotografía para reportaje, crónica, crítica y caricatura editorial). A éstos se suma uno, “servicio público”, que se premia con medalla de oro. Las otras categorías reciben diez mil dólares. Misma cantidad para literatura (biografía o autobiografía, ficción, no ficción o ensayo, historia y poesía), teatro y música. Este último se estableció en 1943.

La herencia de Pulitzer es un ideal para el periodismo y la cultura escrita. Y aunque actualmente se incluyen algunas categorías para publicaciones en línea, hay reservas ante este empuje de la internet: la rapidez de publicación no necesariamente implica calidad. Menos ahora que surgen posverdades: toda esa neolengua sobre la que advirtió George Orwell en sus ensayos políticos y en su novela sobre el totalitarismo, 1984. Pulitzer estableció un parámetro, ganándole a Hearst; logró sacudirse su leyenda amarilla. Sin embargo, el info-entretenimiento, que también fundó, sobrevive justo un siglo después de que su nombre representa lo más prestigiado del periodismo estadounidense.

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