El universo del rito funerario

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“¿Qué respondía el oráculo de Delfos cuando se le preguntaba cuáles eran los ritos o cultos más aceptables para los dioses? Aquellos que están legalmente establecidos en cada ciudad”

David Hume

 

Los antropólogos han estudiado diferentes ceremonias para despedir el cadáver: el enterramiento, que se asocia con el culto a los antepasados y la creencia en la otra vida; la cremación ritual, cuya finalidad es liberar el alma del muerto; la exposición al aire libre, muy común entre los parsis (practicantes del zoroastrismo) o en pueblos de las regiones árticas, y por último la colocación del cuerpo en una barca que se deja a la deriva o que se lleva a algún lugar en aguas profundas para hundirlo.

En América entre los pueblos precolombinos la muerte era tal vez el acontecimiento principal de la existencia de las personas, y las ceremonias se realizaban acompañando al muerto con ofrendas de alimentos y con un buen número de utensilios, necesarios para llevar a cabo el largo viaje que se iniciaba en ese momento. Entre los aztecas ese viaje era considerado particularmente dificultoso, ya que lo concebían como una serie de obstáculos y peleas antes de llegar al final, donde debían ofrecer obsequios al Señor de los Muertos, que era quien decidía el destino definitivo del muerto.

El funeral o traslado del cadáver al lugar de enterramiento, cremación o exposición, frecuentemente era efectuado en forma de procesión: entre los hindúes un grupo de gente se llevaba el cuerpo al lugar de la cremación, y era precedida por el portador de la antorcha. Llegados al sitio elegido, el cortejo depositaba el cadáver en una pira, lo rodeaba en medio de oraciones y música, y en ocasiones la viuda se incineraba junto con su marido siguiendo el ritual llamado sutee. Por último, las cenizas eran arrojadas dentro de algún río sagrado.

En los antiguos reinos de Grecia, Egipto y China, muchas veces los esclavos eran enterrados junto con sus amos porque se creía que el muerto seguiría necesitando de sus servicios en la otra vida.

Las sociedades occidentales modernas dividen los ritos funerarios en varias etapas: velatorio del muerto, procesión, responso u otra clase de ceremonia religiosa, discursos y ofrendas florales, entierro o cremación. Si se realiza una cremación, se agrega una etapa más que es la de ubicación de las cenizas.

Estos ritos son acompañados por plañideras (mujeres cuya función es demostrar dolor por medio de llantos o gemidos), por tañidos de campañas, por determinadas comidas o bebidas, por salvas de armas de fuego, etc. Están muy desarrolladas las prácticas de obtención y preservación de reliquias, la construcción de tumbas especiales y mausoleos, la redacción de epitafios, la composición de elegías, etc., sin alcanzar por ello la categoría de conductas rituales.

El entierro es seguido por un periodo de reclusión por parte de los miembros de la familia: entre los judíos se le llama shivah y dura siete días. Un ejemplo notable en la España inmediatamente anterior a la Guerra Civil aparece en la obra La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca: al llegar a la casa luego de la ceremonia, Bernarda anuncia a sus hijas que el luto por la muerte de su padre significará ocho años de aislamiento. El autor se limita a testimoniar en esta parte de la tragedia una costumbre muy estricta todavía en vigencia en ese momento.

La obtención de reliquias a partir del cuerpo del muerto está muy extendida en diversas culturas. Esta práctica, en relación con las partes del cuerpo de hombres y mujeres considerados santos en vida, conserva un resto de la primitiva magia de contacto: tocar o besar la reliquia trasladará su bendición al que realice ese acto. Pero también era frecuente en la familia real de Tailandia que, al morir el soberano, la familia buscara entre los restos de la cremación algún hueso para conservar como reliquia.

En sociedades aparentemente tan distantes como la inglesa o la francesa del siglo XVIII o los shilluk de Sudán, la muerte de un monarca provocaba rituales funerarios referidos a la naturaleza de la monarquía y al proceso de transferencia de autoridad.

 

Dentro de la aparente diversidad de los ritos funerarios, los antropólogos han encontrado cuatro elementos simbólicos principales que se repiten con regularidad:

 

  1. El uso de determinado color para expresar el luto (el más difundido de los cuales es el negro, y en las distintas etapas del llamado “alivio de luto” el gris o el violáceo).
  2. El arreglo del cabello: en algunas sociedades es cortado o desordenado en señal de dolor.
  3. Actividades ruidosas: tañido de campanas o de otros instrumentos, golpes de tambor, etc.
  4. Procesión funeraria: en la que se respetan jerarquías sociales y otras prácticas mundanas.

 

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