JUEGOS ANCESTRALES. Historia de los juegos de Mesa

Por Rolando Baca Martínez

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No sería de asombrar que varios de los juegos de mesa que nos llegan de la antigüedad sean adaptaciones de lo que originalmente debió ser la planeación de estrategias de guerra, objetivo que en el ajedrez es más que evidente

Respecto a estos juegos, hay quienes sostienen que originalmente se trataba de ritos o bien, actos supersticiosos, en los que la representación de acciones y procedimientos podrían garantizar la participación de entes invisibles o divinos para la consecución de algunos fines, como por ejemplo, el éxito de una cosecha o una cacería.

Como sea, en cualquier momento de su evolución, el juego de mesa es la muestra a escala de una estrategia para ser aplicada en el mundo físico. Muchos tableros funcionan como la representación de un campo de batalla, otros como un mapa de una ruta a tomar partiendo de un inicio para llegar a un destino. En este sentido, se cree que los primeros juegos de mesa de los que se tiene noticia consistían en competencias de carreras durante las que había que salvar ciertos obstáculos.

Además de ser la muestra a escala de algún aspecto de la realidad, parte importante e indispensable para el juego de mesa son las reglas, sin las cuales cualquier acción se vuelve anárquica y quita legitimidad e interés al reto. Es de esperar que éstas tengan que ver con la ritualización de las ceremonias religiosas, en las que siempre hay un protocolo o conjunto de pasos o instrucciones precisas a seguir.

También es de gran importancia el tablero, que en su origen era tan sólo una porción de suelo delimitado tal vez con un surco o línea marcada sobre su superficie de tierra suelta o arena. Este minicampo de juego, que como recién se dijo, era la representación a escala de un terreno, en algún momento fue elevado a una posición que facilitara su manejo para que quedara a la altura de las manos, encontrando en la mesa su soporte ideal.

Un fin esotérico que se ha encontrado en los juegos de mesa de la antigüedad es la creencia de que los dioses podían hacerse presentes y aun comunicarse con los mortales a través de las fichas y partidas, al dirigir a alguno de los contrincantes o manejando a su antojo los elementos movibles del juego, como los dados, especialmente si se les consultaba algo o se ponía en juego algún asunto de importancia o trascendencia.

Los más antiguos

El más remoto antecedente lo constituye lo que parece ser un tablero hallado en el yacimiento arqueológico de Ain Ghazal, en Jordania, y al que se le atribuye una antigüedad de casi ocho mil años. Dicho hallazgo presenta similitudes con el juego denominado Mancala, que abordaremos más adelante. También destaca el denominado Juego Real de Ur, figurilla de origen mesopotámico con un tablero en forma de letra “I” latina con 20 casillas y que se complementaba con 14 fichas (siete por jugador, distinguidas con colores diferentes) y tres dados de forma piramidal, cuyas reglas de uso hasta la actualidad se desconocen, aunque se han hecho posibles reconstrucciones sobre su funcionamiento. Al igual que el Senet egipcio, cuando se le encontró formaba parte del tesoro funerario en tumbas reales de hace 4,600 años, por lo que suponemos que debieron ser muy apreciados como para llegar a estar presentes como tributo de ultratumba.

Otro juego igualmente ancestral podría ser el Backgammon, que al parecer procede del juego sumerio conocido como Tablas Reales, que a su vez compite en antigüedad con el Juego Real de Ur; aunque éste se considera el más antiguo, nuevos hallazgos arqueológicos podrían hacer del primero el más lejano en el tiempo, quizá con un siglo de anterioridad sobre el segundo, pero aún hacen falta más estudios que confirmen esta presunción. De momento se le concede a las Tablas Reales una antigüedad que ronda los cinco mil años y que según algunos expertos evolucionó en el Senet egipcio y el XII Scripta de los romanos.

Por haber sido la egipcia una civilización con alto grado de apreciación por lo estético, es que hoy contamos con representaciones gráficas y plásticas de la presencia de juegos de mesa en su vida cotidiana. Así, tenemos en la necrópolis de Sheij Abd el-Qurna, localizada en la orilla oeste de Tebas —en la región del Alto Nilo—, descubierta en 1857, pinturas murales en tumbas de la Dinastía XVIII (1550-1295 a.C.) en las cuales se ven tres distintos juegos que han sido identificados como el Quirkat (también llamado Alquerque), el Mancala y el Molino.

El lejano Oriente también ha sido notable por el desarrollo de juegos de mesa en la antigüedad. Por ejemplo, de Corea nos llega el Yut, un pasatiempo al que se le calculan hasta 3,000 años de antigüedad, mientras que de China el Weiqi, cuyo más remoto antecedente se encuentra mencionado en la Crónica de Zuo (o libros Zuo Zhuan), que son una compilación de historia china escrita hacia el año 546 a.C. Este juego pasaría a Corea hacia los siglos V o VI de nuestra era, y poco después a Japón, donde tomaría el nombre con que se le conoce en la actualidad: Go.

Hacia el año 100 a.C. los chinos también practicaban el Xiangqi, que se cree era la versión oriental del Chaturanga indio, mientras que para el siglo III se tiene constancia del T’shu-p, adaptación del Backgammon de origen mesopotámico. Para el año 500 se dice que el célebre filósofo Confucio inventó el Mah Jong, aunque en realidad persiste controversia sobre su origen exacto. Más tarde, hacia el año 1000 aparece el Dominó, como una evolución a partir de un juego de dados. Sin embargo, la primera referencia escrita proviene de la dinastía Yuan (siglo XIII) cuando en el tratado denominado Antiguos hechos de Wulin, se habla de las pupai o placas con las que se organizaba un entretenido juego de mesa. Adicionalmente, existe un manual con las reglas del dominó, escrito en el periodo Xuanhe, en el siglo XV.

La India también fue cuna de muchos juegos, a tal grado, que en un escrito cercano al año 500 a.C. se recogen las palabras de Buda en las que éste reprueba su práctica, refiriéndose en concreto a aquellos que se jueguen con dados o sobre tableros de ocho a 10 filas, así de preciso llega a ser al describir la mecánica de los mismos.

De esa región del mundo nos llega ni más ni menos que el Chaturanga, que no es sino otro que el antecedente que daría origen más tarde al ajedrez, y del cual se hace mención en el Majábharata, poema épico del siglo III a.C., así como en el muy posterior Jarsha-charita, biografía del emperador Jarsha Vardhana, escrita hacia el año 640 de nuestra era. También del subcontinente procede el Pachisi o Juego del 25, que en la actualidad se conoce bajo el nombre de Parchís, y que igualmente se encuentra referido en el Majábharata.

De la antigua Grecia se registra la presencia de la Petteia, juego de estrategia que podría haber influido en el nacimiento del ajedrez, al aportarle algunos de sus elementos. En el arte griego, se le representa practicado por los míticos héroes Aquiles y Ajax, quienes se enfrentan en una partida como una forma de dejar constancia de que además de fuerza y habilidad física, también contaban con una notable destreza intelectual que así era puesta a prueba. Este testimonio gráfico se encuentra contenido como decoración en un ánfora del siglo VI a.C.

Del imperio romano sabemos que hubo muchos juegos que eran practicados lo mismo por los nobles que por el pueblo llano, surgiendo aquí la costumbre de la apuesta como incentivo para obtener un beneficio material a partir de la destreza mental o incluso de la simple intervención del azar. El más notable era el Ludus latrunculorum (Juego de los ladrones), seguido del Ludus duodecim scriptorum, que llega a nuestros días como XII Scripta. Tal vez una de las referencias más icónicas de este periodo sea la mención hecha en el Nuevo Testamento en la que las ropas de Jesucristo fueron disputadas por los soldados romanos en una apuesta de dados.

Los pueblos nórdicos también destacan como grandes desarrolladores de juegos de mesa. En Escandinavia, se creó en el siglo IV el Tafl (mesa en noruego), cuya popularidad se extendió a casi todo el norte de Europa y dio origen a variantes locales como el Tawl-Bwrdd en Gales, el Hnefatafl o Juego de los Vikingos en Dinamarca, el Brandub y el Fidchell, ambos en Irlanda; el Alea Evangelii en la Sajonia inglesa y el Tablut en Laponia.

Otros grupos humanos también han dado interesantes juegos de estrategia, como Nepal, que desarrolló el Bagh-Chal; el Bassin, de Rusia; el Fanorona, de Madagascar; el Dara, de Nigeria; el africano Siga, el subsahariano Yote, el Surakarta, de Sumatra; el Mu Torere, de los aborígenes neozelandeses; los Awithlaknannai de la tribu zuni norteamericana y, por supuesto, el Patolli mexicano.

Recapitulando, se podría hacer hincapié en que es visto como un hecho arqueológico el que uno de los indicadores de civilización sea que un grupo humano desarrolla actividades lúdicas y, entre éstas, destacan especialmente los juegos de mesa ya que, al tratarse primordialmente de retos de estrategia, se corresponden con un alto nivel de simbolismo, necesario para manejar abstracciones, mismas que son la esencia de los juegos de mesa. A mayor grado de complejidad en reglas y elementos, más rica será la cultura que lo ha desarrollado.

A continuación, una descripción de algunos de los juegos más notables de la antigüedad. Comenzamos con la cultura egipcia, de la cual nos llegan tres muy famosos: Mehen, Perros y Chacales, y el Senet, el más conocido.

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